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Siempre me he preguntado hasta cuándo los profesores vamos a tolerar vivir del estigma de que no hay profesión más noble, pero más sacrificada que la nuestra. Con esa cantaleta, en este país se ha perpetuado el maltrato y se ha institucionalizado la desproporción entre nuestras obligaciones y nuestras retribuciones.

Durante décadas, el rol del profesor maltratado había sido el profesor de escuel fiscal. Aún no se mantiene esa idea. El pobre profesor que no tiene un aula, que no tiene bancas en esa aula, cuyos alumnos están malnutridos y a los cuales tiene que sentar en la misma aula a pesar de que unos están en primero, cuarto o séptimo de básica.

Sin embargo, a poca gente le parece que los profesores de colegio privado la pasan mal. Y es verdad que, tradicionalmente, el profesor de colegio privado la ha pasado muchísimo mejor que sus pares fiscales. Pero poco a poco, desde hace un par de años, y acentuados hoy, los profesores de los colegios privados la estamos pasando muy mal. Sí, en primera persona: soy un profesor de colegio particular, con varios años de experiencia y recorrido en varios colegios privados de Guayaquil. He sido profesor de inglés de primaria, secundaria y he dirigido los departamentos de inglés de varios de ellos. Alguna vez fui rector encargado.

No sé qué es lo que ha cambiado en la esencia de los alumnos (o los padres de familia) de ciertos colegios. Los chicos han pasado de ser unos entusiastas y desafiantes “eager minds of the future”, como solía decir un viejo colega, a, básicamente, unos maleducados aupados por sus papás.

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Sí, cierto es que no son todos los chicos, ni son todos los colegios. Pero son suficientes (y la tendencia crece y crece) como para que sea preocupante, especialmente si se considera que estos ciertos colegios han decidido dejarnos completamente desprotegidos, asustados de que los padres de familia retiren a sus hijos, dejen pagar las carísimas pensiones y los dueños ganen menos o empiecen a perder –un argumento que ha tomado fuerza en el año lectivo que acaba de empezar–.

Por eso tenemos que empezar a tolerar que los chicos vayan a la misa de las ocho y que, cuando llegan tarde a la clase nuestra, nos digan, ante el llamado de atención, “cállate, cholo, que tú eres mi empleado y yo te pago el sueldo”. Cuestionarlos no sirve de mucho, porque, por lo general, los padres reafirman el clasisimo y la discriminación. “Tampoco es que el chico ha mentido” podría ser el resumen de todas las justificaciones. No sé si podríamos esperar otra cosa, cuando uno se topa con un niño de doce años que se para frente a su clase, extiende los brazos y pide que “A la derecha se paran los que viven en casa y a la izquierda los que vivien en mansiones”. Él, por supuesto, ha hecho la segregación para poder escoger mejor a sus amigos. Más de un colega ha tenido renunciado, entre lágrimas, después de soportar los vejámenes de sus propios pupilos. En Ecuador, en ciertos colegios privados, donde se forjan los hijos de las clases más pudientes, el bullying es también contra los profesores. Cierto es que renunciar porque un grupo de mozalbetes lo jode demasiado a uno podría reflejar falencias en la práctica docente, pero uno se pregunta a cambio de qué está dispuesto a soportar que las niñas lo traten a uno como siervo y los niños le hablen como al cochero. La prepotencia y la exigencia de servilismo es escalofriante. A una colega un adolescente de catorce años le contestó –más bien le ordenó– “¡cállate, chola, el día de mañana yo voy a ser tu jefe y me voy a acordar de esto!” Una señora amenazó con demandar al colegio si éste no remediaba inmediatamente la gravísima falta de haber puesto a su hijo en un paralelo distinto al de su primo hermano. Sociedades endogámicas, donde las hay. En otro colegio de Guayaquil, dos alumnas montaron un escándalo colérico a la salida de la capilla ecuménica porque encontraron a unas compañeras meditando. “¡El yoga es satánico!” justificaron las madres de familia y el colegio, por supuesto, terminó cancelando el yoga y aportó su granito de arena a la perpetuación de la intolerancia en el Ecuador.

El clasismo, en ciertos colegios privados, ya es de todos.

Las instituciones, por su parte, han decidido ver hacia otro lado. Desde que el gobierno de Rafael Correa ha asumido el férreo control del sistema educativo, para bien o para mal, en los colegios se están viviendo cambios drásticos y los que los estamos sufriendo en mayor medida somos los profesores. No solo hemos sido dejados al garete, a merced de los ánimos y caprichos de alumnos y padres que cada vez se comportan de formas más parecidas, sino que nuestros colegios han decidido declararse al borde de la quiebra y, por eso, por ejemplo, no hubo el aumento de sueldo que muchos habían ofrecido hacía ya varios años.

En otros colegios, los directivos han optado por pedir de favor a los profesores que se queden ochenta minutos más –sin remuneración, o sea, gratis y ya sabemos cuál es el nombre propio del trabajo que se hace sin remuneración–. Para colmo de males, no han solucionado el tema de los buses para esa hora de salida (3:30). En muchos colegios, para contratar personal nuevo, han engañado a la gente. Por ejemplo, a unos profesores les ofrecieron un sueldo de U$450 y, finalmente, les están pagando U$420. Además les dijeron que contaban con el servicio de bus y ahora no les quieren dar tal servicio.

Como los colegio no recibieron plata de febrero a abril, por regulaciones estatales, se han declarado, básicamente, en quiebra. Los maestros hemos gastado mucho en material, ya que las clases empezaban y no nos daban nada porque “no hay plata”. Historias de terror que antes no se escuchaban. Precisamente porque “no hay plata”, las tardes en que nos tenemos que quedar a regalar los ochenta minutos, ya no nos pagan el almuerzo ¡hay que gastar de la propia plata, nuevamente!

Muhcos colegios tienen la costumbre de contratar profesores extranjeros. Los sueldos de los ecuatorianos no tienen nada que ver con los de los que vienen de afuera. El sueldo más bajo de un extrnajero es, aproximadamente, U$2000 y el de un ecuatoriano, U$450. Si un profesor es ascendido, se le paga un sueldo menor que uno que es contratado. Por ejemplo, asciende un profesor a quinto de básica y le pagan $650 pero contratan a uno que viene de otro colegio, para el mismo cargo, y le pagan U$800, U$1000 (eso es porque saben que nadie les va a aceptar un trabajo con un sueldo tan bajo). Siempre, el que se forma en el colegio sale perdiendo.

En otros colegios, por suerte los uniformes los pagaron en enero, al final del año lectivo anterior, sino tampoco los hubieran entregado por la “plata”. En cambio, en otros colegios, los profesores han tenido que comprar sus propios uniforme porque empezaba el año y no tenían cómo recibir decentemente a los padres y alumnos.

En cierto plantel, un directivo se paró frente al cuerpo de profesores y, no sin una dosis de cinismo, dijo “en estas circunstancias es cuando se ve quién realmente tiene puesta la camiseta del colegio”. Sería interesante saber si ese directivo, o cualquier otro de los del consejo directivo de ese colegio (que es un tradicional colegio bilingüe local), con tanto amor a la camiseta, no ceden un poquito de su sueldo.

Ojalá entendieran que la camiseta de nuestras familias es la que está quedándose descosida, apretada y vieja.

El Estado ecuatoriano tiene una oficina de trabajo digno. Bien harían en darse una vuelta por cada uno de los colegios privados de Guayaquil, a los cuales ha evaluado recientemente. Se dice, por otra parte, que el gobierno ha ordenado que a los colegios binacionales no sean tocados. Si esto es cierto, los profesores de esos colegios están aún más solos.

Ante la necesidad de mantener el trabajo, habrá muchos que opten por soportar, por quién sabe qué tiempo más, los abusos de los alumnos respaldados por los padres, mientras los directivos hacen de la vista gorda y los colegios nos hacen recortes que se parecen a las recetas españolas para paliar la crisis.

Yo no. Son demasiados años de carrera que se merecen, antes de que nada, mi propio respeto. Voy a renunciar. Se lo anuncié, en una conversación telefónica, a una vieja amiga, profesora de otro colegio, que me recriminó mi “irresponsabilidad”. Me rogó pensar en mi familia, en mi futuro, en mi vejez que ya parece no tan distante. Cuando le contesté que ya había sido suficiente, suspiró resignada “Nada es perfecto, ni se puede tenerlo todo, Norman”. Tal vez tenga algo de razón.

Cerré el teléfono y pensé, “¡ay, estos pobres profesores privados!”

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Sir Lawrence Alma Tadema. La educación de los hijos de Clovis. 1861.

Norman Lee Kumberry