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@garoba

El ruido es basura. Partamos de ahí. La costumbre nos ha hecho dejar de ver al sonido como algo esencial, al punto de saturarlo en las ciudades sin valorar su calidad y existencia. Sales de casa, el frutero grita a través de un megáfono (sí, grita) -100dB-, caminas y suena la alarma de un auto en un garaje lejano -80dB-, percibes el ruido de fondo por la calle de barrio -50dB-, llegas a la avenida principal y la cuestión aumenta: 86dB sostenidos como mínimo.

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Tomado de ruyxoconostle.wordpress.com

Entonces, pitan. Pitan mucho. Dos, tres carros pitan a la vez –de 70dB a 100dB-. Paras el bus y empieza otro universo de sonidos extremos que incluyen el grito del cobrador, guitarras ambulantes, celulares con música en alto volumen, el radio del conductor y el sonido de latas, ventanas, puertas mal ajustadas y piso del colectivo. Todo muy normal, el sonido no es sonido ya, es ruido.

Los estándares internacionales nos sugieren que el máximo en decibelios,  la unidad con la que medimos el sonido, debería ser 80 constantes durante ocho horas diarias. Un día de andar por la ciudad con atención nos remite a todo lo contrario, por ahí unos 85dB y en algunos casos hasta 100dB o más. Lo superamos de largo.

En vista de que no lo podemos ver como quisiéramos, y que el único sentido que lo puede percibir es el oído, opté por recurrir al experto para descifrar la saturación urbana que había notado, pero no la podía describir con detalles. A punta de preguntas, me encontré con la tarjeta de Christiam Garzón, un ingeniero acústico que dirige la carrera con el mismo nombre en una universidad de la ciudad.

Llegar a él fue casi una casualidad. Pero digamos que en el momento preciso pude conocer lo contaminados que estamos al vivir en una ciudad que de a poco, se va contagiando de los vicios de las ciudades grandes, sin siquiera serlo. Christiam es tan atento a cada sonido circundante que da gusto escucharlo hablar de su materia. Cuando pisé su oficina, además de saludar, pude percibir que no era ningún lugar aislado de sonido. En su lugar, un molestoso ruido industrial provenía del exterior de la ventana. “Ya lo estudiamos”, me dijo. “Llega a los 86 dB y casi todo el día nos acompaña”.

“El problema es que nadie lo ve. Pocos saben cómo medirlo y casi nadie sabe el daño que causa cada vez que nos exponemos a él”, me dijo a modo de introducción en medio de harta teoría acústica y parámetros básicos para entender la relación humanos-sonido. Toda esa conversa, que debe haber durado más de una hora, me llevó a pensar en situaciones cotidianas de mi vida. A comprender las diferencias entre sonidos inevitables y los que creamos casi sin sentido y terminan por afectarnos.

Mis abuelos perdieron el oído de tanto avión escuchar. Después de años de vivir en el Rosario, un barrio aledaño al antiguo aeropuerto, salieron un poquito más allá, a la Kennedy, a intentar recuperar el silencio largo y envejecer con él.

En los tiempos del Rosario, la costumbre había domado sus hábitos de diálogo e interacción. Si en medio de la conversa decolaba un avión, cortaban la charla hasta poder retomar las palabras, luego del estruendo. Lo mismo pasaba cuando estaban al teléfono.

Quizás, a falta de un planificador a largo plazo, no hubo más que adaptarse a vivir cerca de la pista de aviones. Digamos que era inevitable el ruido. Pero qué sucede con esos otros ruidos que conforman la ‘normalidad’ de la ciudad, los que emitimos a diario nosotros mismos y cuya generación está a nuestro alcance y control.

Según los estudios de Christiam y los mismos del Municipio de Quito, ni siquiera el viejo aeropuerto se ganó el premio del que más bulla generaba en la ciudad. El tráfico vehicular superó esos valores para ubicarse como el principal contaminante de ruido. “Y de ese tráfico, el sistema de camiones grandes no es lo que más contamina, porque son fuentes generadoras con mayores niveles de presión sonora, pero con respecto al gran universo de los automóviles, es ínfimo”, dice Christiam, volviendo a sorprenderse él mismo de un dato que lo ha comprobado seguidas veces.

Él y sus alumnos se la han pasado días enteros midiendo con equipos los sonidos de las calles y este argumento lo asusta a la vez que no lo deja cruzar sus manos. En ocasiones, cuenta, han llegado a medir 96 decibelios en lugares de mucho tráfico. El mismo Municipio ha determinado esos niveles en sectores como Quitumbe y no ahora, sino cinco años atrás. Poco se ha hecho para revertir los niveles. Al punto de que casi nadie sabe de la existencia de una Red de Monitoreo de Contaminación Acústica que hace mediciones periódicas al interior del Distrito.

En el caso de los humanos urbanos, hemos caído en una red de violencia al manejar las máquinas que nos movilizan. Nuestras acciones en las calles parecen deberse a un asunto de supervivencia y desahogo. La agresividad se vuelve entonces una constante que predomina en las largas hileras de carros, y la rapsodia de bocinas, en el soundtrack principal de este escenario de caos.

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Hay una frase que nació por ahí en los años noventa, con la que quienes usaban la bicicleta como medio de transporte en Quito, se defendían del impacto agresivo y sonoro de los carros. “Chofer que pita, verga necesita”, decían, medio en serio, medio en broma.

El vox populi se transformó en uno de los elementos de protesta que habla mucho de lo que se vive en este entorno. Si hay alguien que nota y absorbe toda la contaminación auditiva del tráfico vehicular, son los protagonistas no motorizados de las calles: peatones y ciclistas.

Hace unos años, en 2010, a José Toral y Cristina Baquerizo, se les ocurrió generar unos stickers con esa leyenda. Tal cual, “Chofer que pita, verga necesita” en mayúsculas, letra blanca en fondo negro y en medio de todo eso, una enfermera ilustrada, “Catalina, la proctóloga” en una muestra de provocación y rechazo a esa violencia con que los conductores de Quito lanzaban el bocinazo para correr a todo lo que estuviera en medio de su paso.

“Claro, usas el pito, no importa quién esté afuera, porque tú no estás afuera, tú estás en tu pequeño mundo dentro del auto. Si pitas, esperas que el efecto sea una suerte de magia, donde un carro, un peatón o un ciclista desaparezca”, dice Toral, quien aclara que no es un ‘anti-autos’ pero está consciente de la alienación que produce andar en auto.

Con un tiraje de unos 5.000 stickers, comenzó el juego al que se unieron también otros ciclistas y gente inconforme con el pito. “En vez de pelearte con la persona que te pita, le pones un sticker. No tienes que rayarle el auto, no tienes que enfrentarte a una persona, solo vas y se lo pegas”.

El acolite llegó, pero las críticas también fueron parte del cóctel de reacciones. José Toral cuenta que incluso los mismos ciclistas le criticaban por usar una frase tan fuerte con una enfermera colocándose un guante. Pero de eso se trataba, de agitar y contestar también. “La joda nacía de este dicho entre ciclistas en rechazo al pito y a la violencia que éste ejercía en la calle, con nosotros”.

La ‘comunicación guerrilla’, aquella que envía mensajes en formas no convencionales, le vino bien a José en unos lados más que en otros. En Quito, por ejemplo,  la gente se alarmaba mucho más que en ciudades de México o Colombia, donde también distribuyeron los stickers.

La cuestión de agresión aceptada nace por ahí y su fundamento está en la misma naturaleza de las reacciones. Más allá de las afecciones fisiológicas que pueda generar el ruido, la consecuencia psicológica es inmediata y fuerte.

De las personas con las que conversé sobre el tema de pitar, muchos coincidieron que el estado emocional de los conductores, sumado a factores climáticos y temporales crean el ambiente perfecto para que se reproduzca el mal humor. El reflejo automático de lo que sucede en la mente es pitar en muchos casos. Pruébelo usted mismo.

Un pito alcanza rangos entre los 80dB y los 110db y se encuentra clasificado entre los ruidos impulsivos, de los tipos más afectantes. La impresión se comprueba en la teoría. Christiam cuenta que estos ruidos no permiten al oído activar el reflejo estipendial, es decir, que el músculo reaccione con una contracción para evitar que el oído se lastime.

Recibir los sonidos en forma grosera y acumulada no puede generar otra cosa que estrés y frustración. De acuerdo al experto, el estrés por ruido, muchas veces  se traduce en una actitud agresiva de vuelta. De manera que lo que vemos, tanto en la reacción de los conductores, como en la de otros elementos de las vías, es esta actitud de respuesta frente al ruido, un círculo vicioso difícil de detener en conjunto.

Christiam insiste en que de alguna manera, la disminución de la contaminación auditiva puede cambiar en ciudades como Quito. Algo que no ha pasado hasta ahora y la convierte en uno de los puntos más ruidosos del Ecuador, incluso superando en algunas ocasiones a Guayaquil, la ciudad más grande del país.

Claro que para hacer estas mediciones, ha debido dar de sus propios recursos y su tiempo. En 2009, junto a otros ingenieros acústicos, levantó la campaña “No más ruido”, para estimular a la gente a que exija silencio y a su vez, esté consciente del ruido que genera.

Al principio, no encontraban la forma. Como cualquier ingeniero con mucho conocimiento técnico, no sabían por donde empezar a hablar de campañas, capacitaciones, cómo explicarlo todo sin causar espanto. En medio de tanto brainstorming fallido, una de los integrantes del equipo soltó una idea que no les sonó tan lógica al inicio: los guaguas. ¿Qué tan desorbitado podía ser dirigir sus conferencias sobre acústica y ruido a los niños de escuelas y colegios?

Sin ninguna razón muy fuerte que pudiera contradecirla, pusieron los pies en los centros educativos de la ciudad y empezaron. “Luego de varios intentos fracasados de llamar la atención en este tema a personas adultas, decidimos dirigir nuestro proyecto a este target. No nos equivocamos”, dice Christiam con una sonrisa definitoria.

La campaña ha ido bien y se acerca a sus cuatro años donde otros proyectos similares se cocinan en la mente de los acústicos. A fines de 2013 esperan lanzar otra campaña, esta vez sí con la mirada dirigida a los grandes, para enseñar sobre el uso del pito. Con el nombre “Yo no pito”, van al grano y sin tapujos se la jugarán para cambiar mentes. Por más difícil que pueda sonar, se sienten listos ahora.

De funcionar sus talleres y campañas, con el tiempo tendremos a algunos conductores pensantes a la hora de reaccionar. De alguna forma, se han tomado la atribución de provocar una mayor calidad acústica en las calles de Quito, promover el confort auditivo, reducir los decibelios de la ciudad. Transformando todo esto a nuestro dialecto: provocar armonía, promover la paz y reducir el estrés.

Me mueve pensar que cuando algo necesita bullir, consigue la forma de salir de su recipiente. De cualquier manera, del lado de lo formal y académico o de un lado más subversivo y lúdico, busca los medios para mostrar la queja, pintar con tinta roja lo invisible a los demás sentidos, desapercibido por las demás personas. Entonces queda una marca que se ha hecho en ausencia de quienes se encargan del bienestar de las ciudades. El objetivo es mostrar los vicios y esperar una actitud de vuelta. La que venga.

Gabriela Robles