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El sol calienta la cancha mientras el ruido estridente de los carros, una canción de los Wu Tang Klan, el pivotear de un balón y uno que otro “whats up” son los sonidos que se escuchan.

El “Bukin” como lo llaman a Antonio en el “Gueto” me presenta con los muchachos así: “He is my bro” (él es mi hermano) mientras afirma su mano en mi hombro y susurra en mi oído: “Tranquilo, estos negros son mi gente”.

Yo me asombro y me siento como una hormiga en medio de estos “niches” que miden entre uno ochenta y dos metros.

Natacha como se presenta a mí una chica de piel morena, aliento fresco y linda cabellera me pregunta qué hago aquí a lo que “Bukin” le responde: “Este es mi primo, el ciego que canta del que les he hablado”. Ella asiente con la cabeza y le dice a mi primo que quiere escucharme.  Por el tono de su voz y los gestos que hace, supongo que no se refiere solo a que le cante. Bukin y los otros sonríen y enseguida, con un fuerte palmatón en la espalda me dice: “Estás hecho, cojudo”.

La mañana está interesante con una mezcla de Hip Hop, cerveza, mujeres con cuerpos exuberantes, baloncesto y uno que otro pitazo de marihuana. Son las seis de la tarde y uno de los amigos de mi primo estaciona en la cancha su vehículo, una furgoneta azul con capacidad para dieciocho personas; como dicen los muchachos “tuneada hasta las huevas”. Mi primo se acerca y abrazándome me dice “Pilas socio, le toca”.

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Yo sé que se refiere a que es mi momento de cantar. Una pista sencilla de hip hop y un micrófono inalámbrico son el único escenario y herramienta que tengo en este momento para lanzarme al estrellato con la gente de la zona que, entre ánimos, aplausos y el continuo “go, go, go” me estimulan a que empiece a cantar.

De entrada me toma por rehén el pánico escénico que nubla la mente e impide que uno fluya o “venga flow” como dicen en el barrio. Pero un buen sorbo de cerveza y los pifeos de mi primo, sirven para que toda esa adrenalina se convierta en inspiración. Así desarrollando canción por canción, hora tras hora, en un escenario que de a poco se transforma en una pista de baile en el que hombres y mujeres, negros, mestizos, borrachos, sobrios y grifos, hacen gala de su arte: del baile callejero.

Bukin me lleva hacia un lado de la cancha y me dice “ojo al piojo primo, no le dè chance a ninguna de estas perras porque todas estas manes tienen marido y estos negros andan enfierrados”. Con tal advertencia mis aires de Don Juan se esfuman, la noche va pasando y con ella, esta loca e improvisada fiesta va bajando de velocidad.

Los más osados, locos y borrachines han aguantado todo el traqueteo de la jornada y yo que como ratón curioso me he mantenido atento de todos los detalles, también estoy a punto de que se me “borre la cinta” y ceda ante el cansancio. Bukin previene todo esto y me hace un espacio en otro auto que está aparcado en los alrededores y me da su celular para que en caso de que me sienta mal lo llame ya que él no está dispuesto a dormir y a perderse otra fiesta de los niches del barrio Kennedy de Buena Ventura.

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Marbel Caicedo