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Guayaquil afronta, desde hace algún tiempo ya, un creciente problema de movilidad.

El tráfico vehicular se ha convertido en una de las quejas mayores de la ciudadanía. A ciertas horas, desplazarse por la ciudad resulta un ejercicio de paciencia y tolerancia, para los que deciden atreverse a enfrentarse con la maraña vehicular que anuda a la Perla en diferentes puntos. Para otros, el ejercicio es de resignación: han terminado por imponerse una especie de “pico y placa” espontáneo y voluntario. No es raro escuchar a alguien decir “no, a esta hora yo no salgo”. El aumento en el número de automóviles que circulan por las calles, la falta de una clara política sobre planificación vial (enredada en el intríngulis legal de las competencia centrales y seccionales) y el déficit en el transporte público tienen al puerto al borde de un infarto vehicular que precisa de soluciones integrales. Uno de los pilares de ese remedio es la bicicleta como medio alternativo de transporte.

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Sí, a Guayaquil le hace falta más pedal.

Con 2.350.915 habitantes, de acuerdo al censo 2010, esta es la ciudad más poblada del país. Su  parque automotor asciende a, aproximadamente, 680.000 vehículo, conforme datos de la Comisión de Tránsito del Ecuador. Para entender la magnitud del problema, hay que tomar en cuenta dos datos: Según la industria automotriz, en 2011 ese número era de 370.000 unidades y, a finales de ese año, calculaban que para  2012 ascendería a 400.000. La realidad es que el aumento fue de más de diez veces el esperado.

Parecería que el parque automotriz guayaquileño no crece, sino que ha hecho metástasis. Y las soluciones no avanzan al mismo ritmo que el problema.

El Municipio de Guayaquil, como ente regulador del espacio urbano, puso sobre la mesa una gestión alternativa de movilidad, recogiendo una iniciativa de la Masa Crítica, que aglutina al movimiento ciclista de la ciudad, con la implementación de bicirutas en la ciudad. Para ese fin se bosquejó una ordenanza, cuya intensa discusión no ha traslucido en su aprobación. Por el momento los avances no son notables y la verdadera prueba de fuego se dará cuando el cabildo asuma la competencia de tránsito, lo cual se prevé para el segundo semestre de este año.  Con ello, es posible que pase la ordenanza pendiente, según ha manifestado Gina Galeano, concejala local.

Esa ordenanza podría ser el último eslabón que facilite la implementación de la bicicleta como eje de la movilidad alternativa, pues hay varias otras disposiciones en vigencia que así la consideran. Tanto la Constitución aprobada en Montecristi en el 2008 como la Ley Orgánica de Transporte Terrestre, Tránsito y Seguridad Vial, incluyen el uso de la bicicleta como medio de transporte alternativo.

Por lo pronto, en Guayaquil la bicicleta tiene un pequeño espacio, apenas como una actividad de ocio. La municipalidad impulsa el proyecto de Biciruta recreativa, que la administración justifica como una manera de introducir el uso de la bicicleta en una ciudad pensada y vivida para andar sobre ruedas impulsadas por motores a gasolina.

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El proyecto se ha ido ampliando: además de cerrar las vías del centro de la urbe para el uso de los ciclistas, se implementó el préstamo de bicicletas, con la intención de que la la participación sea masiva. También se incrementó la seguridad en el circuito que se recorre (10 de agosto, Malecón, Junín, 6 de marzo, 9 de Octubre, Chile).

Ahora bien, que la administración pública tiene sus deudas en este tema es innegable. Pero lo que tampoco puede ser obviado es la cultura del conductor en Guayaquil. Hay una torcida relación entre quien conduce un automóvil y quien va en bicicleta o a pie. Los accidentes están a la orden del día, los gritos, los insultos y las invasiones a las vías reservadas para los ciclistas, también.

Esa actitud tal vez sea el mayor problema. Los prejuicios asociados a la seguridad, el clima y, por sobre todo, el estatus que tiene quien maneja un carro -algo que ya comentó Rocío Carpio- están profundamente arraigados en nuestra sociedad. Pero es posible vencerlos. En otras ciudades de la región la lo lograron. Santiago de Chile, ciudad que se ha convertido en un referente latinoamericano en cuanto a ciclismo urbano. Como reseña El Mercurio, uno de los mayores diarios de ese país, para los santiaguinos «andar en bicicleta dejó de ser sinónimo de pobreza«.

El uso de la bicicleta como transporte es una cuestión de perspectivas y un proceso que actualmente cuenta con el impulso de  activistas, que ven al pequeño circuito de tres kilómetros y medio de biciruta recreativa como insuficiente. Definitivamente, hay mucho que mejorar en el modelo de transporte urbano junto a una campaña de educación vial que sea capaz de llegar a quienes son parte del problema. Sin embargo, es necesario lanzarse a las calles a pedalear, pues tal vez sea la forma más inmediata de crear conciencia sobre ese, para muchos, nuevos actor en la vialidad: el ciclista.

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Después vendrá, tal vez, la comprensión de todos los beneficios que trae el uso de la bicicleta como medio de transporte pleno. Como por ejemplo, sus ventajas en materia económica y social. Según una guía del Pograma de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), que intenta promover el uso de las bicicletas en la región “La ciudad se beneficia enormemente con la implementación de una política de promoción y desarrollo de infraestructura para bicicletas”, esta premisa se justifica en que los costos asociados a la construcción de infraestructura para bicicletas son mucho menores que aquellos asociados a la construcción de infraestructura para automóviles. Esta diferencia es más notoria cuando estos costos se comparan por persona y por kilómetro-persona o viaje-persona.

La guía cita el ejemplo de Sao Paulo, una ciudad que hasta hace  muy poco dio prioridad al automóvil particular y negó la importancia de la bicicleta como medio de transporte, pierde un aproximado de  7% de su PIB por problemas de congestión vehicular, sin considerar otras externalidades de los problemas asociados a una política insostenible de transporte.

¿Queremos nosotros seguir perdiendo? Ojalá que no.

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