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Los focos siguen encendidos. La tenue iluminación del Teatro Sucre permite ver un escenario limpio. Grandes azulejos cuelgan del techo y ocupan todo el fondo formando una pared de cuadrados; un rectángulo y cuatro cubos transparentes descansan en el suelo. La luz azul que los ilumina pinta las tablas de ese color mar.

Una voz rompe con el silencio de algunos y el susurro de otros. A la vocalista, que aparece en el pasillo central entre los espectadores, solo la acompaña su micrófono. Una voz nítida, aguda pero potente, estremece al público con su canto en portugués.

Mientras camina entre las butacas, tres hombres y cuatro mujeres van ocupando el escenario. Unos llegan desde el corredor principal, por donde ella camina lentamente, y otros aparecen por los costados del escenario.

Sus movimientos son suaves, mientras se acomodan en el espacio danzan sutilmente haciendo que sus cuerpos livianos parezcan parte del viento. La cantante, vistiendo un traje corsé concho de vino, también busca su lugar y se acomoda al extremo derecho de las tablas. Junto a ella, unos escalones más abajo, tres guitarristas esperan su momento para acompañar su hipnótico canto.

Mi conocimiento de portugués y su particular acento me permite entender solo tres palabras: Lisboa, Portugal y Fado. Esta última es la que resume el espectáculo que acaba de comenzar ‘Correr o Fado’, la obra del portugués Daniel Cardoso en la que plasma su interpretación de danza del género musical que caracteriza al país luso.

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La aparente calma que dirige los cuerpos de los siete bailarines se quiebra con los rasgueos de una de las tres guitarras. Las mujeres, con vestidos de faldas largas, se encuentran con los hombres. Al comienzo sin rozarse, acercando sus cuerpos e imitando sus movimientos como si uno fuera el reflejo del espejo del otro. Las pieles se juntas. En parejas o de tres, interpretan movimientos que se confunden entre lo contemporáneo, lo clásico y lo acrobático.

Sobre las tablas, sujetando las piernas dobladas al pecho, extendiéndolas o alzándolas como tijeras; o en el aire sujetadas de la cintura por los bailarines, volando sobre el escenario con unas alas invisibles.

Los tres bailarines visten anchos pantalones negros y camisas blancas a las que les falta una manga. Llevan unas chaquetas que las mujeres quieren y se las sacan, ellas se las ponen y luego se las devuelven. Acciones cotidianas se vuelven sensuales por los delicados y a veces bruscos movimientos en cada minuto que transcurre. Es como si cada instante tuviera una personalidad, a veces extrema a la que le sucedió.

De repente se aquietan, cinco permanecen inmóviles mientras que una pareja interpreta un dúo. Esta vez la voz no acompaña el baile. Son solo las guitarras las que marcan una escena cargada de sensualidad, pasión y caos. Una pareja que discute, se pelea, se reconcilia y se vuelve a separar. Los bailarines no hablan y sus rostros tampoco denotan demasiadas expresiones. Es su cuerpo el que se encarga de transmitir aquel juego de dos amantes.

Las escenas duran tres, cuatro, cinco hasta seis minutos. Cada una corresponde a una canción, cantada o solo acompañada de las guitarras. En las primeras intervenciones el público interviene al finalizar el baile, en las siguientes duda que sea el final de una escena y se produce un silencio entre baile y baile.

Los ritmos van desde un suave rasgueo más clásico hasta un ‘beat’ más acelerado. Se trata de las diferentes expresiones y versiones del Fado. Aunque es imposible entender toda la lírica pareciera que los bailarines interpretan con movimientos las palabras de la vocalista.

Con giros rápidos y sensuales, las cuatro mujeres vestidas de negro, celeste, rojo y concho de vino, arrancan las faldas convirtiendo sus trajes en vestidos más cortos. Los escotes son distintos y sus peinados también. Cada una tiene su esencia y la plasma durante cada baile, sola o acompañada.

Luego es el turno de ellos. Los tres bailarines encarnan un trío en el que sus anatomías funcionan como marionetas, como si una fuerza superior las moviera. Brincan, se lanzan al piso y estiran las piernas como si no requiriera  esfuerzo.

Un número es interpretado por los siete. Se mueven por el escenario como una sola masa, con pasos sincronizados. Golpean sus manos, sus muslos, sus rodillas, produciendo sonidos musicales que complementan las guitarras. Se dispersan y de nuevo interactúan como interpretando una ciudad, un caos entre peatones, una pelea de enamorados, un reencuentro de amantes… son escenas que se transforman rápidamente al ritmo de las cuerdas.

Aunque no sonríen, sus rostros no denotan cansancio. A pesar de que han bailado por cuarenta minutos seguidos, la energía se expresa hasta en el más insignificante movimiento.

Por 15 minutos los artistas reposan tras el telón. En el público la expectativa aumenta. Entre los elementos que se promociona como parte de la obra está el agua. El agua como recurso que convirtió a Portugal en un país apetecible durante la conquista. El agua como paisaje que pinta a esta nación. El agua como elemento presente en todos los que lo habitan, con actitudes líquidas, cambiantes, pasionales.

El agua ocupa los cuatro cubos y el rectángulo transparente en el escenario. Es posible notarlo solo cuando cada bailarín regresa al escenario y se acerca a uno de ellos y lo agita, primero lento luego un poco más rápido.

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El rectángulo, justo en el centro, empieza a perder sus cuatro tapas que impiden tocar el agua que está dentro. Jugando y danzando, los bailarines remueven y vuelven a cubrir este gran recipiente. Luego de dejarlo descubierto se marchan y solo queda una de las bailarinas, aquella de cabello frondoso y ondulado que lleva un vestido rojo brillante.

Como si voluntad propia, el agua se convierte en el compañero de ella. Entra al rectángulo y el líquido le llega hasta las pantorrillas. De a poco se inclina y moja sus rodillas, lleva el cuerpo para adelante y todo su cabello se sumerge en el agua… y así cada parte de su cuerpo se fusiona con este agua que brilla a lo lejos como si la compusiera millones de partículas de escarcha dorada.

Al sumergir su pelo y llevarlo hacia atrás cientos de gotas salpican el escenario y parte del público más cercano. Lo que comenzó sutil como un coqueteo con el agua se vuelve intenso y termina empapando a la bailarina quien se sumerge, completamente como si fuese una tina.

En mi pecho una sensación de sorpresa, intensa, de quiebre de expectativa. Ella rompe con los bailes, el canto, los movimientos que parecían fuertes hasta ahora. Transforma la atmósfera con su interacción con el agua como si, en realidad, este elemento fuera otra persona.

Mientras ella da trampolines en el agua, cambia a posición fetal, coloca sus piernas en 180 grados, el público no puede ocultar expresiones de asombro. El número culmina y no solo desata aplausos sino gritos.

Ella desaparece de escena por un momento y aparece luego junto a los seis. Ahora no están cerca, están detrás de esta pared de azulejos y es posible ver sus siluetas mojándose con una llovizna detrás de esa superficie. Interpretan un baile sincronizado en el que las manos se levantan, se mueven de un lado al otro y forman figuras geométricas, igualitas, a lo lejos.

Juegan con este plástico que los separa de la tierra. Juegan como si quisieran salir de ese estado líquido. Poco a poco cada uno emerge de ese lado del escenario y vuelve donde están los cubos. Estilando desde sus ropas o cabellos, todos continúan bailando al mismo ritmo y, quizás, cuidando no resbalarse con el piso que se ha convertido en un gran charco.

La humedad de sus cuerpos aumenta. No permiten que el viento los seque sino que se acercan aún más a los cubos para mojarse. Una escena sin control se desencadena entre los charcos, salpicadas, corridas y saltos.

Muy separados y luego muy unidos terminan su baile. Finalmente sus sonrisas aparecen. Los aplausos merecidos, también. Se despiden por tandas, varias veces, y las manos pican de tanto rozarlas.

Cae el telón y se enciende la luz. Casi todo el público sale, quedamos unos pocos. No transcurren ni cinco y alzan el telón. Son siete pero no son los bailarines. Son siete empleados del teatro con baldes, enormes trapeadores y utensilios de limpieza que recogen el agua y secan el tablado que aunque ya no es bailado, permanece azul.

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