squirrel_001.jpg
squirrel_002.jpg
squirrel_003.jpg
squirrel_004.jpg
squirrel_005.jpg
squirrel_006.jpg
squirrel_007.jpg
squirrel_008.jpg
squirrel_009.jpg
squirrel_010.jpg
squirrel_011.jpg
squirrel_012.jpg
squirrel_013.jpg
squirrel_014.jpg
squirrel_015.jpg
squirrel_016.jpg
squirrel_017.jpg
squirrel_018.jpg
squirrel_019.jpg
squirrel_020.jpg
squirrel_021.jpg
squirrel_022.jpg
squirrel_023.jpg
squirrel_024.jpg
squirrel_025.jpg
squirrel_026.jpg
squirrel_027.jpg
squirrel_028.jpg
squirrel_029.jpg
squirrel_030.jpg
squirrel_031.jpg
squirrel_032.jpg
squirrel_033.jpg
squirrel_034.jpg
squirrel_035.jpg
squirrel_036.jpg
squirrel_037.jpg
squirrel_038.jpg
squirrel_039.jpg
squirrel_040.jpg
squirrel_041.jpg

@pablocozzaglio

El Teatro Sucre está repleto.

Un público joven, algo inexperto (que insiste en entrar tarde y salir de la sala a cada rato), pero muy entusiasta y dispuesto aún no termina de acomodarse en sus asientos.

Sin previo aviso, cuando las luces del teatro están aún encendidas, la guitarra de Jimbo Mathus pone las cosas en su sitio: The Squirrel Nut Zippers are in the house.

PUBLICIDAD

https://gkillcity.com/sites/default/files/images/imagenes/90_Cozzaglio/SQUIRREL%20012.jpg

La potencia y energía de su “punk de los 30s” contrasta con el jazz mucho más intimista y experimental (o, mejor dicho, esa cosa parecida al jazz que hacen, según confiesan) del trío alemán Out of Print que se había presentado en la primera parte de la jornada del jueves 28 de febrero, en el festival Ecuador Jazz 2013, organizado por el Teatro.

Enseguida, el público se engancha con Mathus y su banda, pero permanece sentado, a pesar de que los Zippers empiezan su actuación a todo trapo con “Good Enough for Grandad”. A veces es difícil lidiar con la hermosura e imponencia de un espacio como el Sucre y el espectador suele inconscientemente atornillarse a la silla, intentando cumplir ciertos códigos que no termina de entender.

Jimbo Mathus se encarga de poner las cosas en su sitio. Apuntando con los índices ordena en un inglés sureño y casi inentendible para los oídos poco acostumbrados: “ya’ ain’t have to remain’ sittin’. There’s plenty a-room here in the aisle. C’mon, stand-up!”

Enseguida, el músico con traza de forastero sureño –barba y melena blanca descuidada, lentes oscuros y redondos, sombrero de cowboy, traje blanco y corbata–    presenta a Vanessa Niemann.

Niemann tiene la actitud –y la voz– de una típica southern gal. Coqueta y hermosa, conjuga su recatada vestimenta (que corona con unos zapatos de muñeca bicolores) con los tatuajes que le pueblan los brazos. Camina hasta el centro del escenario y empieza a envolver al público con su discreta y apabullante sensualidad y su poderosa voz.

El pasillo central de la platea está repleto de gente poseída por el swing de la banda formada en 1993. En los palcos, la situación es la misma: la gente baila, aplaude y grita. Se divierte tanto como los Zippers. El músico guayaquileño Ricardo Pita, fascinado, tiene medio cuerpo colgando de uno de los preciosos balcones del Sucre.

Una fiesta verdadera, donde ya nadie está en su asiento. La gente que ha salido al pasillo a bailar decide sentarse en el piso cuando la intensidad del concierto baja.

Los Zippers señorean: ‘Blue Angel’, ‘Fat Cat Keeps Getting Fatter’, Hell’ , ‘Minor Swing’ y ‘My Drag’.

En el paroxismo máximo del concierto, las luces se apagan completamente. Se proyecta la caricatura ‘Ghost of Stephen Foster’ que la banda sonoriza en vivo, como en la época del cine mudo, y los asistentes vibran con el gesto.

El teatro traquetea como si amenazara con despertarse y cobrar vida, como el Hotel Paradise de la caricatura, algo que no parece imposible al swing de The Squirrel Nut Zippers, que han resumido su música en una acertada frase –que corona el póster de su gira– “the antidote for the latest, greatest depression”.

Pablo Cozzaglio García

PUBLICIDAD