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El día de 2002 en que María Eugenia Donoso Müller llegó a un casting de modelos en Quito, aupada por su novio de entonces, le dijeron que era lo suficientemente guapa para modelar, pero que estaba muy gorda. “Tienes que bajar cuarenta libras”. Ella era un típica adolescente que está terminando la secundaria: No sabía qué quería en la vida y le pareció que el modelaje podía ser un hobby interesante, lucrativo, e ideal para alguien que pensaba que todo lo que tenía era su apariencia. Así que la recomendación de perder cuarenta de las ciento treinta libras que pesaba le pareció sensata. Era, además, la excusa perfecta –o eso creyó– para vencer el complejo que la había perseguido durante buena parte de su infancia: no ser flaca le había causado más de una decepción en la vida. Cuando tenía diez u once años, por ejemplo, se presentó a la audición de un coro pero le dijeron que no podía cantar en él porque estaba gorda. Así que, aunque disfrutaba cantar y pensaba que lo hacía bien, decidió nunca más hacerlo. La propuesta del mundo del modelaje le presentaba una salida a esa vieja tara. Era, de una u otra manera, resolver un viejo conflicto con ella misma.

Se juró nunca más  ser gorda. “Desarrollé una fijación que no había tenido antes”, cuenta con su habla atropellada, que interrumpe para prender un cigarrillo blanco tras otro. Una fijación que no había tenido en su colegio, el Liceo Internacional, donde hay mucha tolerancia porque hay gente con distintos desórdenes. Pero la escuela no es el mundo. “Cuando salí al mundo real, entré a la Universidad San Francisco y me di cuenta que, obviamente, hay parámetros súper exigentes en cuanto a peso, pero no solo a eso, sino al físico, plata y tantas otras cosas”. En Django, Unchained, el esclavista Calvin Candie, interpretado por Leonardo Di Caprio, rompe un cráneo para mostrar que el área de la sumisión estaba más desarrollada en los negros. Según la ciencia de moda en esos días, la frenología, las características del cráneo de un individuo determinaban su carácter. A tal punto llegó el desarrollo de esta pseudociencia que el médico italiano Cesare Lombrosso escribió todo un tratado, L’uomo delinquente para explicar cómo los individuos con determinados rasgos craneales eran proclives a cometer ciertos delitos. Por supuesto, la frenología ha sido descartada ya hace muchísimo tiempo y nadie le otorga valor alguno, más allá del anecdótico, pero durante mucho tiempo se midieron cabezas para clasificar entre seres sociales y antisociales. Hoy, la frenología ha sido descartada como ciencia, pero a las mujeres, sin embargo, el mundo les sigue midiendo el cuerpo para encasillarlas.

Esas definiciones se hacen visibles, especialmente, en la publicidad de la industria del consumo que crea constantemente moda. En ese constante reinventarse (para poder existir) del consumismo que define qué es lo cool, la imagen  de la mujer ideal, la que se considera hermosa, ha recibido de forma sistemática una disminución de tallas. Comparadas con las mujeres de mediados del siglo XX, la mujer bella de hoy es cada vez más delgada. Hasta puntos insospechados y, sin duda, poco sanos.

Para María Eugenia Donoso, vivir era adelgazar. No se le pasó por la cabeza el hecho de que para una mujer de su estatura, un metro setenta, su peso era normal. Se metió al gimnasio y empezó a entrenar con una devoción casi fanática: pasaba casi ocho horas ejercitándose. Se puso en manos de un entrenador ruso que –para cumplir con el estereotipo– se comportaba como un torturador de la KGB:

– Cómo vas a ser semejante ballena, tan guapa, ¡qué desperdicio!

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Entonces, María Eugenia redoblaba esfuerzos. Pero no bajaba de peso. Una mujer de huesos grandes como ella, mantenía su contextura, endureciéndola y fortaleciéndola, pero no enflaquecía. 

Fue en ese momento en que decidió dejar de comer. Primero, reemplazó la cena por agua. Después, cambio el almuerzo por un apio y, finalmente, suspendió el desayuno. Todo lo que comía al día era un cuarto de zanahoria y un litro de agua, en el que diluía un gotero entero de un poderoso laxante. Comenzó, además, a tomar un coctel de pastillas para “secar la grasa” y diuréticos. Los resultados, por fin, empezaron a verse: comenzó a bajar de peso y, también, comenzó a matarse. La nariz le sangraba, perdió tres dientes y mucho pelo, se volvió hipotensa y desarrolló hipersensibilidad al frío, lanugo y una amenorrea perenne. Dejó la universidad porque no podía concentrarse, ni pensar. Se hizo muy amiga de una chica que compartía su estilo de vida. Ella no estaba en el mundo del modelaje, pero como María Eugenia, tenía un fijación con su peso: solamente siendo delgada se podía ser hermosa y, en este mundo, solo si se es hermoso, conforme la definición general, se es feliz. Eran, más que amigas, compinches en la autodestrucción “Cuando tienes un desorden alimenticio, buscas alguien para que sea tu cómplice”. Hasta que pasó lo que tenía que pasar. 

La tarde de un jueves, recibió un mensaje en el que su amiga le avisaba que la iban a internar porque tenía un dolor de espalda insoportable. Dos días después, murió por una insuficiencia hepática, que no le dio tiempo ni de despedirse de su mejor amiga y socia en la anorexia. En medio del dolor y la impotencia, María Eugenia se preguntó “¿con quién me voy a morir yo?” porque estaba consciente de que lo suyo era un suicidio retardado. Atribulada, se refugió en una jornada demoledora en el gimnasio. Quería botar toda la mierda haciendo ejercicio. Se desmayó y solo recuperó la conciencia en un cuarto de hospital. Tenía 23 años.

Ahí, sus padres descubrieron el tamaño del problema que enfrentaban. Las anoréxicas desarrollan una capacidad de ocultamiento y mentira que es apenas otro síntoma del desorden mental que padecen. Descubierta, tuvo una epifanía: decidió que no solo no se iba a morir, sino que iba a vivir por ella y por su amiga. Era hora de salir del hoyo. Comenzó a recibir ayuda psicológica y médica.Después de tres años, tuvo que volver a comer. El efecto rebote que ese período de abstinencia alimenticia le dejó fue violento. Empezó a ganar peso de forma abrupta: de no haber comido en tres años a comer una comida completa, por el hipotiroidismo que desarrolló y sin las pastillas que consumía, su cuerpo absorbía inmediatamente todas las calorías de cada alimento. Se deprimió y entró en una etapa de negación propia tan dura, que estuvo a punto de recaer. Pasó tres años en una especie de transición, tratando de aceptarse como era.

Para evitar volver a sus prácticas alimenticias nocivas, pero intentando dejar de engordar, se puso una malla lingual, un dispositivo que está prohibida por la Organización Mundial de la Salud. Es una pequeña estructura metálica que se sutura a la lengua y que impide comer sólidos. Así, se obligaba a sólo tomar líquidos. Decidió hacerse una liposucción. La malla sublingual se le infectó. Fue, de nuevo, al hospital. Al final, con ayuda de una persona cuya identidad prefiere no revelar, vio con claridad la respuesta: aceptarse tal y como es. “Hay batallas que se ganan rindiéndose. Así que me rendí”, me dijo. 

Esa rendición no era entregarse al abandono y la tristeza, sino, como ella mismo explica, tomar las riendas de su vida por otro lado y empezar lo que es hoy su proyecto dominante y que, afirma resuelta, le salvó la vida. Decidió plantear una opción a lo que no le gustaba de esta sociedad en la no había espacio para las chicas talla grande. Se dio cuenta de que no tenía un espacio, que nadie que salía en la tele se parecía ya más a ella.Ante esa falta de espacios, decide crear Plus Trend, la primera agencia de modelos de talla grande del Ecuador. Un emprendimiento que, además de abarcar un nicho de negocios interesante, tiene como fin ayudar y prevenir. Sostiene que en una sociedad donde la tendencia es marginar a quien no se ve bien, su agencia busca liberar la presión a la que muchas jóvenes se ven sometidas. Presiones que, dice María Eugenia, existen no solo en el modelaje sino en todos los ámbitos. “No son solo las modelos las que se mueren de anorexia; son chicas de universidad que el novio les dice que están muy gordas o las familias las atormentan con eso”, dice, con la voz apenas quebrada. “Están tratando de cumplir con parámetros que no son sino complejos de los demás, es muy duro. Obviamente, en el modelaje es más fuerte porque tienes que cumplir con cierta estética.” Para ella, el viejo bullying contra de los gordos no tiene que ver con una definición social salud.

Su agencia utiliza el modelaje como un medio, no como un fin. “El concepto principal es reafirmar la autoestima talla grande y curvilínea a través del modelaje”. A través del modelaje porque, para ella, la tendencia talla grande el mundo tiene una importancia creciente, nacida a partir de una top model, Crystal Renn, que se hartó de cumplir con los parámetros del circuito internacional del modelaje y lanzó un libro titulado Hungry.  Desde ese momento, en Estados Unidos y Europa se creó una tendencia: ropa para mujeres de talla grande, que se mueve igual que el resto del circuito de la moda internaconal.  La semana pasada fue el Plus Size Fashion Week en Londres.  Dice María Eugenia que “eso es importante porque genera awareness en la sociedad. Por eso Plus Trends acoge  también a chicas que no quieren ser modelos, que no quieren subirse a una pasarela”. 

En su agencia, afirma María Eugenia, hay chicas que todo lo que quieren es sentirse mejor con ellas mismas, saber cómo vestirse, cómo arreglarse y cómo desarrollarse en un entorno hostil. Básicamente, proteger su autoestima. Le pregunto si aunque esté renegando del estereotipo de que solo la mujer delgada es hermosa, al elegir el mundo del modelaje para su causa, no está reafirmando ciertos otros estereotipos como la ropa, el maquillaje y demás. Me interrumpe para discrepar: En realidad, el verse bien no es un estereotipo. No creo que estamos sustituyendo estereotipos, sino aceptando ciertas realidades”. Dice que para ella una agencia de talla grande que no cumpla con los estándares sería inconsecuente, como negocio y con su planteamiento inicial. “Una mujer merece sentirse hermosa”. Aclara que jamás va a rechazar a nadie pero que las que se dedican a pasarela y catálogos, sí cumplen los estándares establecidos. Dice que ella no es la llamada a cambiar esos parámetros, que ella se dedica a brindar un espacio donde las mujeres que no se sienten hermosas se sienten hermosas. Sentir un cambio que genere otro en su entorno, porque, como afirma María Eugenia “Si no lo ven se van a volver a deprimir y van a caer en un círculo vicioso, lo que tú llamas otros estereotipos para mí son herramientas para que puedan sentirse y verse mejor”. Sentirse bien al verse bien, sin dejar de ser quienes son. 

Dice que en la agencia ya ha podido sentir que hace una diferencia y relata el caso de una de sus modelos de catálogo. La chica llegó a Plus Trends como recurso final para salir de su depresión, que la había llevado hasta un intento de suicidio, después de que su padre le dijera que no la volvería a ver nunca más hasta que bajara de peso. Acompañada de su madre, fue a la agencia de María Eugenia a quemar un último y desesperado cartucho. Decidió becarla, porque se identificó con la incapacidad que esa joven tenía para lidiar con el rechazo. Hoy, su modelo tiene una carrera dentro del negocio de tallas grandes, está feliz, ha dejado la depresión que la tenía metida en la cama todo el día y al borde de la muerte e, inclusive, ha regresado a la universidad. “A mucha gente le podrá parecer superficial, pero cuando te han convencido que si no eres de tal o cual manera, te llenas de miedo. Y el temor paraliza. Yo misma tengo un gran temor, que es el rechazo no de los demás, sino a rechazarme a mí misma.”

Las chicas que llegan a Plus Trends, afirma, tienen el miedo de vivir y de desarrollarse solo porque han sido caracterizadas y burladas por su peso. Recuerda que hace unos días, después de las elecciones, leía a un tuitero –”un cojudo, hasta así es su username”– decir que ahora que la ex asambleísta María Paula Romo no va a tener trabajo, se dedique más bien a hacer dieta. Eso la espantó. Le resultaba inverosímil  que una mujer tan inteligente como Romo tenga que sobrellevar ese tipo de cosas, que nada tienen que ver con un cuestionamiento ideológico o su papel como legisladora. Es que el bullying por el peso lo sufren más las mujeres que los hombres. En la televisión local, por ejemplo, una presentadora puede ser guapa, pero si sale gorda en la pantalla, es obligada a intervenirse quirúrgicamente para adelgazar. Una reportera de un canal de Guayaquil decía que ella era la única de la estación que no se había operado. Esa mujer estaba en la disyuntiva de cumplir con esa orden y preservar su trabajo o renunciar. Era tener que someterse a un estándar que no era suyo. Ella se sentía bien con ella misma, pero estaba en un entorno donde la valoraban por su peso.

Sí, ser gorda es más difícil que ser gordo. María Eugenia cree que en eso influyen muchos aspectos, como la publicidad y la industria del consumismo imperantes pero, por sobre todo, porque el peor acoso viene de las propias mujeres. “Es muchísimo más duro” contesta y añade, algo arrepentida, “seguramente yo era una de ellas, pero es increíble la carga de las mujeres contra las mujeres”.Mientras, el mercado de mujeres talla grande en el Ecuador va creciendo. Las marcas responden cada vez más al tamaño plus. Parecería lógico: no tener una talla más grande significa perder la compra que haría una persona más grande. Para María Eugenia su agencia crea también conciencia en la industria de la necesidad de no sólo tener tallas más grandes, sino de mostrarlas, para que las mujeres que van a usar esas prendas, vean cómo les van a quedar.Ese es el negocio, pasión y vida de una mujer que estuvo a punto de morirse por ser flaca. Que perdió una amiga mientras exploraba los oscuros recovecos de la anorexia para curarse un complejo infantil.  

Para unos pequeños gurpos, la anorexia es un estilo de vida, y no una enfermedad. Le pregunto qué opina sobreellos y me contesta tajante “Es algo nefasto,  pero cada vez son más. Yo misma tengo una amiga que es bloguera anoréxica. Hay algo que se llama “the gap” que es el espacio que tienes entre cada pierna, si se unen, estás gorda. El tamaño de su gap determina el éxito de cada anoréxica. El internet puede ser tan ominoso”, afirma mientras enciende su tercer cigarrillo. Aspira profundo, suelta el humo por la boca y la nariz. Se pone seria “Chicas de 15 ó 16 años van a ser víctimas de esta confabulación para fomentar una enfermedad, física y mental, como si se tratara de un estilo de vida, cuando es un un fantasma que siempre está ahí. Es la manifestación de los complejos y de una obsesión-compulsión”. Como toda conducta compulsiva, la anorexia es de aquellos desórdenes nunca se acaban, ni se van. Se es anoréxica para siempre, aunque se haya superado la condición fisica. Las secuelas psicológicas, el recuerdo del abuso y la burla, son marcas que quedan. Sobrellevarlo es como ser un ex adicto, hay momentos de tristeza y de triunfo, es una conquista personal diaria, y hay días más difíciles que otros dice María Eugenia, sin perder la seriedad: “Hay demasiados jueces inclementes allá fuera que te juzgan, todos los días, por cuánto pesas. Me afecta darme cuenta de que el mundo no cambia, pero he aprendido que la definición belleza es amplísima y encuentra su límite en los ojos de quien mira”. Una mirada a la que, a veces, se le da demasiada importancia.

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¿Es caminar por una pasarela la forma más radical de combatir la anorexia?