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Crónica de la inauguración del Festival Encuentros del Otro Cine en Guayaquil

Faltan veinte minutos para que den las siete de la noche y en el Cine de Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo de Guayaquil se escucha aún el chirrido estridente de un taladro "¿Qué es ese escándalo?" pregunta Alfredo Mora Manzano, director de Comunicación los Encuentros del Otro Cine (EDOC), mientras prepara unas breves notas para el discurso de apertura del festival su ciudad natal. “Nada largo, ni cansón” dice sonriendo este cineasta guayaquileño, hijo de lojano e hincha de la Liga de Quito. 

Una mujer joven, menuda y entusiasta que lleva una camiseta de la organización cultural Ocho y Medio -que administra la sala de cine del Museo en Guayaquil- le contesta que todas las pruebas han terminado, pero que hay un ajuste de última hora que hacer en el proyector. Es Alequi Mora, a quien Alfredo presenta, medio en broma, medio en serio, como “la administradora del local”. En seguida le pregunta, “Está bien, pero arrancamos a las siete, ¿no?”.

Hay nueve personas a esa hora, sin contar al personal de los EDOC -que a parte de Alfredo, son solo dos más-, esperando que se abran fuegos. En los diez años anteriores -esta es la undécima edición, obviamente- entre Quito, Guayaquil y otras ciudades del país donde se ha llevado la programación de la cita internacional, asistieron un promedio de catorce mil personas por año. Los espectadores esperan, agrupados en pequeños nichos de conversaciones, o merodeando por la mesita en que se muestran varios productos conmemorativos. Un alemán septuagenario, alto y de escasas canas en la cabeza, se acerca y pregunta, en un español dificultoso, pero claro y pausado, cuánto cuesta el festival. Michelle Fougeres –quien junto a Jorge Osinaga, productor local, componen todo el staff de Guayaquil, pues, técnicamente, Alequi pertenece al Ocho y Medio, a pesar de que trabajan a un solo ritmo y con una misma convicción– le dice cuáles son los precios del catálogo, del afiche, la camiseta pero el hombre la interrumpe “No, no. Dígame cuánto cuesta el ticket, ¿eh cómo se dice? El boleto para entrar”. Osinaga y Fougeres le responden casi al unísono que “nada, la entrada es gratuita”. “¿Gratis? Pero, ¿de qué viven ustedes?” reacciona el hombre mientras se lleva la mano a la billetera y paga por un catálogo.

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Todos sonríen con la pregunta del viejo, como si reconociesen en ese comentario la dificultad de llevar adelante proyectos culturales en el Ecuador. La realidad es que los EDOC viven no de lo que el boletaje le deje -habría que ver qué evento cultural, de cualquier naturaleza, pudiese subsistir apenas de la taquilla, peor en una ciudad como Guayaquil, donde la carga tributaria es asfixiante-, sino de los auspicios que logra conseguir para él CineMemoria, corporación creada por un grupo de documentalistas con el objetivo de preservar la memoria audiovisual en Ecuador. En el país de la desmemoria, de la incurable peste del olvido, los esfuerzos por preservar y sistematizar el registro historiográfico sin idealizaciones ni leyendas absurdas, sino a través de la documentación y archivo responsables de fuentes primarias y secundarias parecería una tarea más titánica, demencial. Como apunta Alfredo, la memoria audiovisual del Ecuador está muy mal preservada debido a que no se han cuidado los archivos de los canales privados que sistemáticamente son destruidos cuando los cassettes se ponen viejos. Como si de un loquito que pretende llevar un velero a puerto empujándolo con su soplo y, contra todo pronóstico, lo logra. Y de paso organiza un fiesta internacional para celebrarlo. Al esfuerzo apasionado que sus organizadores le han puesto, o por eso mismo, hay que sumarle una verdad inconfundible: este festival tiene duende. El duende que García Lorca definió como "un poder y no un obrar, es una lucha y no un pensar. Yo he oído decir a un viejo maestro guitarrista: "El duende no está en la garganta; el duende sube por dentro desde la planta de los pies. Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir, de viejísima cultura, de creación en acto".”. Esa parece ser la motivación de organizaciones como CineMemoria: no es cuestión de simple facultad, sino de sangre, de estilo vivo, creación en el acto.

En ese camino, CineMemoria encuentra nuevos rumbos y da un salto cualitativo: lanza su primer trabajo editorial, en cooperación con la Embajada de Brasil en el Ecuador. “El Otro Cine de Eduardo Coutinho”, que recopila una serie de artículos sobre el documentalista brasileño, cuya cinta “Las Canciones” se proyecta en esta edición de los EDOC.

Así, la pregunta del alemán setentón no queda en mera retórica: Los EDOC se iniciaron gracias a un fondo Holandés llamado Hivos que entregó un financiamiento renovable de diez años. Cada año los fondos estatales y municipales financian la mayor parte de los encuentros y una pequeña parte viene de la venta de entradas en las salas. En 2011 se agotó el financiamiento inicial de la ONG holandesa por lo que desde la edición 11 el mayor financista es el Municipio de Quito, seguido por el sistema nacional de festivales -un fondo  concursable del Ministerio de Cultura– y, por primera vez en tres años, desde que el Municipio de Guayaquil les retiró el apoyo, una institución guayaquileña aporta para lograr este suceso cultural: la Prefectura del Guayas. El resto llega de pequeños fondos de embajadas -sobretodo para los viajes de los directores– y empresas pequeñas que se van sumando a la causa.

Han pasado unos minutos ya y ahora sí hay mucho más de nueve personas. La fila sale ya de la pequeña antesala del cine, hasta la explanada que separa el MAAC del enrejado inasequible en cuyo centro se erige una plasta de mármol negro en honor al ex presidente y alcalde de Guayaquil León Febres-Cordero y a la que, aparentemente, los mortales no son dignos de acercarse y para ir del Malecón a Las Peñas deben salir y caminar por la vereda, en un recorrido absurdo. El sonido del taladro no se ha vuelto a escuchar. Ha sido reemplazado por el barullo en el que se arremolinan todas las conversaciones de quienes han ido llegando al festival, que suben al cielo en una sola columna y se pierden en el ocaso ribereño guayaquileño.

“¡Todo listo!” dice, dando un salto, Alequi Mora. “Abrimos, ¿entonces?” pregunta Alfredo algo impaciente. En pocos instantes arrancará en Guayaquil la undécima edición del Festival Internacional de Cine Documental Encuentros Del Otro Cine, en el que cada año se proyectan alrededor de noventa películas, entre ellas varias ecuatorianas, aunque a decir de su director de Comunicación “el número va variando ya que nunca hay la misma cantidad de documentales ecuatorianos. Este año hay pocos, son alrededor de ocho películas de tema y director ecuatorianos, dos películas de directores ecuatorianos sobre tema foráneo y una película ‘El Último Hielero’ de tema ecuatoriano y director extranjero”. No todas las películas se proyectarán en Guayaquil porque no hay suficientes salas para hacerlo. Sin embargo, el esfuerzo por programar la mayoría de ellos, satisface la necesidad de un público cautivo y no tan amplio, que año a año se da cita a maratónicas jornadas de dos o tres documentales, lo que significa pasar de cinco de la tarde a once ó doce de la noche en el cine, con breves intervalos para fumar, conversar, escaparse a por una cerveza al cerro y volver o permanecer en la sala y participar con los foros que suelen organizarse con  directores invitados. 

Estas películas se seleccionan de dos maneras: una convocatoria abierta en la que reciben alrededor de trescientos cincuenta documentales de todo el mundo, que son vistos absolutamente todos por un consejo de programación de miembros del festival y cineastas locales elegidos por CineMemoria. La otra, radica en estar atento a la oferta de los grandes festivales documentales del mundo. Anualmente un miembro de los EDOC viaja a IDFA –el Cannes del documental– a ver y traer películas, hablar con los directores y ponerse al tanto de lo que ocurre en la industria de la no ficción fílmica documental por el mundo.

Este año, la pieza con que se inaugura este EDOC11 en Guayaquil es Water Children, de la holandesa Aliona Van der Horst. Un sensible e intimista documental en que la realizadora aborda la fertilidad, los hijos que perdieron, nunca tuvieron y cómo sobrellevan esas decisiones desde la obra de la artista japonesa Tomoko Mukaiyama, entrelazado con delicada precisión con las Variaciones Goldberg de Bach. Es a ese filme al se enfrentarán quienes van llegando y enroscándose sobre el pavimento del Malecón Dos Mil, esperando que alguien dé el go para entrar a la sala. Ese gesto le corresponde a Alequi Mora, que se para delante de ellos y, juntando las manos, anuncia, sin solemnidades innecesarias: "Buenas noches, la sala está abierta".

Abierta y por breves instantes vacía, la sala del MAAC Cine, espera con la pantalla encendida. La gente va entrando sin cesar, las luces están apagadas y el flash de las cámaras de los fotógrafos que han llegado a cubrir la inauguración se encienden con la misma violencia y brevedad con que se apagan, parecen luciérnagas con vocación kamikaze. La audiencia penetra en la sala a veces por oleadas de amigos, otras veces como palizadas de desconocidos y a veces de a uno, como una botella lanzada al mar.

Mujeres embarazadas, hipsters, hipsters que reniegan de ser hipsters, viejos, niños, gente que no alcanzó a ir a casa y vino con el uniforme de trabajo, blancos, cholos, negros, muchachos con el aspecto equívoco que colinda entre el futbolista y el reaguetonero, artistas, fotógrafos, cineastas, escritores y periodistas, entran como la ola de un aguaje que la sala, seca como un río en verano, recibe con alegría.

A las siete y dieciocho minutos, la profusión de público decae, como si la arteria que los conducía se hubiese secado. Las luces bajan, al igual que la intensidad de las charlas y después de unos segundos de total oscuridad y silencio, rueda el spot oficial de los EDOC11, realizado por la directora Carla Valencia Dávila.

Alfredo Mora Manzano se para en el escenario y ofrece un discurso que promete será “breve y aburrido”. Cumple con la primera parte. Sin grandilocuencias y sin olvidarse de pedir que apaguen los celulares, agradece a los auspiciantes y habla brevemente sobre el festival y la edición de este año, que dedica a la documentalista y escritora guayaquileña Diana Varas, cuyo Los Colgados se proyectará en Guayaquil el 30 de mayo. Diana había sufrido un aneurisma hacía algunas semanas que había sobrevivido de milagro. La sala que conoce, admira y quiere a Diana, revienta en aplausos triunfales y Alfredo baja, con expresión de alivio.

Vuelve la oscuridad total y aparece Aliona van der Horst antes de que inicie Water Children, para saludar al público. La película empieza y, cómo no en Guayaquil, alguien olvidó apagar el teléfono móvil. La gente se incomoda y al segundo timbrazo alguien grita “¡apaga eso, payaso!". Es que no se puede ir a un festival con tanto duende y hacer el papelón de olvidarse de apagar el celular. Es o maledicencia o, sencillamente, carencia personal de duende.

Fotos por: Ricardo Bohórquez.