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@MonaOjedaF

Jorge Luis Borges fue un amante de la filosofía que dedicó su vida a la literatura. Decir que lo hizo porque encontró en esta última un espacio en donde poder jugar con la primera, verla desde una distancia crítica, irónica, incluso paródica, no es más que especular. Sin embargo, es innegable que el escritor argentino se nutrió de la filosofía para crear un mundo de ficciones reflexivo que estaba íntimamente vinculado con el pensamiento y sus modus operandi. Su interdisciplinareidad lo ayudó a construir un universo ficcional sólido que dotó de fuerza a sus creaciones y, si bien es cierto que no suele ser necesario tener conocimientos filosóficos para seguir las líneas de las narraciones borgeanas, “Guayaquil”, relato incluido en Informe de Brodie (1970), es una excepción: no creo equivocarme al decir que el cuento es prácticamente ilegible sin las nociones de voluntad de Schopenhauer y de la dialéctica de la autoconsciencia de Hegel.

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Piedra, Papel o tijera, Oscar Santillán

La pasión que sentía Borges hacia el pensamiento de Schopenhauer es bastante conocida. No sólo por el influjo que el filósofo alemán tuvo sobre él —una de las razones por las que Borges aprendió alemán fue para leerlo—, sino sobre su literatura. Arthur Schopenhauer publicó en 1819 su obra más célebre, El mundo como voluntad y representación, en donde defiende la noción de voluntad como una fuerza a la que la inteligencia está supeditada.

Y de ese conocimiento inmediato de la propia voluntad es también de donde surge en la conciencia humana el concepto de libertad; porque, en efecto, la voluntad en cuanto creadora del mundo, en cuanto cosa en sí, está libre del principio de razón y con él de toda necesidad, así que es totalmente independiente, libre y hasta omnipotente. Pero esto, de acuerdo con la verdad, solo vale de la voluntad en sí, no de sus fenómenos, los individuos, que están indefectiblemente determinados por ella como fenómenos suyos en el tiempo.[1]

En “Guayaquil” hay dos voluntades enfrentadas: la de un historiador argentino y la de uno checo con la nacionalidad argentina. Dos catedráticos que luchan por ser seleccionados para transcribir las cartas de Bolívar, recientemente encontradas, que hablan sobre el misterio de la reunión de 1822 en Guayaquil; una entrevista que El Libertador sostuvo, en tierra ecuatoriana, con el general San Martín en tiempos de luchas independentistas. El hecho histórico es un enigma: hasta el día de hoy no se sabe con certeza de qué hablaron, cuál fue el tema tratado en la reunión. Borges utilizó ese vacío, ese silencio en la historia, para edificar su relato.

El rector de nuestra universidad, en la que ejerzo de titular de Historia Americana, tuvo la deferencia de recomendarme al ministro para cumplir esta misión; también obtuve los sufragios más o menos unánimes de la Academia Nacional de la Historia, a la que pertenezco. Ya fijada la fecha en que me recibiría el ministro, supimos que la Universidad del Sur, que ignoraba, prefiero suponer, esas decisiones, había propuesto el nombre del doctor Zimmermann.[2]

Zimmermann, historiógrafo extranjero, pero nacionalizado argentino tras su exilio voluntario durante la segunda guerra mundial, se convierte en el adversario del narrador. Como anécdota se menciona parte de su pasado: en pleno Tercer Reich Zimmermann escribió un ensayo en donde alegaba que un gobierno no debía tener una “función visible y patética”, trabajo que mereció la respuesta enérgica de Martin Heidegger, a quien Borges parodia: “[Sobre la respuesta de Heidegger] Probó asimismo que el linaje de Zimmermann era hebreo, por no decir judío. Esta publicación del venerado existencialista fue la inmediata causa del éxodo y de las transhumantes actividades de nuestro huésped”.

La palabra “huésped” me lleva a hacer una precisión fundamental: el narrador no pierde oportunidad alguna para enfatizar la condición de extranjero de Zimmermann; para él es irrelevante el tiempo que el historiador haya vivido en Argentina o que tenga la nacionalidad. Lo importante es que no es latinoamericano, que no es argentino, ni nunca lo será frente los ojos del narrador. Esto delimita los dos lados del tablero de ajedrez: los dos personajes son catedráticos, los dos son historiadores, pero sólo uno tiene el derecho que le da la sangre, la raza, la historia, de ser el transcriptor de las cartas de Bolívar.

Vuelvo al relato: El narrador y Zimmerman se reunen, a pedido del ministro, para ponerse de acuerdo en cuál de los dos merece la tarea encomendada. Es así como Zimmermann va a la casa del narrador, quien lo recibe con la seguridad de que es a él a quien le compete la labor. La batalla es sutil, pero intensa: el narrador se regodea ante los objetos de su hogar que muestran su pasado y su linaje revolucionario: “Hay en el escritorio un retrato oval de mi bisabuelo, que militó en las guerras de la Independencia, y unas vitrinas con espadas, medallas y banderas. Le mostré, con alguna explicación, esas viejas cosas gloriosas…”.  Sin embargo, a Zimmermann sólo le interesa la biblioteca en donde encuentra un tomo de Schopenhauer.

Y entonces, Zimmermann, encarnando al filósofo alemán, hace su crítica a la historia:

—Ah, Schopenhauer, que siempre descreyó de la historia (…) pero precisamente la historia, encarnada en un insensato, me arrojó de casa y de esa ciudad.[3]

Schopenhauer lo dijo en El mundo como voluntad y representación: “…hemos de reconocer el presente como la única forma en la que se manifiesta la voluntad”. Para él, es imposible conocer al hombre por medio de la historia: “La historia nos muestra la humanidad tal y como una que vista desde una alta montaña nos muestra la naturaleza: vemos muchas cosas de una vez, amplias distancias, grandes masas; pero nada resulta cognoscible con claridad ni en su verdadera esencia”. Esta idea es claramente contraria a la de Hegel, que considera que el hombre es histórico y heredero lo que otros hombres han hecho y desarrollado. El mismo Zimmermann establece esta comparación al decir, refiriéndose al encuentro entre Bolívar y San Martín: “Dos hombres se enfrentaron en Guayaquil; si uno se impuso, fue por su mayor voluntad, no por juegos dialécticos”. [4]

Vale la pena reflexionar esta triple confrontación. En el cuento de Borges hay tres batallas librándose de forma simultánea: la primera es la de los dos historiadores; la segunda es la de Bolívar y San Martín; la tercera es la del pensamiento de Schopenhauer y el de Hegel. La batalla que ocurre en el presente narrativo se convierte en una metáfora de la dos pasadas. El tópico del duelo y de los planos temporales que se superponen es una de las características de la literatura borgeana.

El mismo narrador recuerda una metáfora extra al duelo que está sosteniendo con Zimmermann: dos reyes juegan al ajedrez en la cima de un cerro mientras que sus ejércitos luchan abajo. Un rey pierde e inmediatamente el jefe de su ejército le anuncia su derrota en el campo de batalla. Tan pronto el rey pierde, su ejército, como si fuera su misma carne, cae con él. “Ah, una operación mágica”,[5] dice Zimmermann. Para él, la voluntad de Bolívar fue más fuerte que la de San Martín, y ese hecho no está sostenido en ninguna dialéctica histórica. Mientras que el narrador se sostiene con la Historia, esa que defiende y en la que encuentra su propia razón de ser, su significado como sujeto, Zimmermann, como Schopenhauer, sólo considera relevante el presente en tanto que la voluntad se manifiesta en esa temporalidad.

Pero el enfrentamiento entre la voluntad del narrador y de Zimmermann puede también verse desde la dialéctica de la autoconsciencia hegeliana. Para Hegel la historia comienza con el enfrentamiento de dos conciencias y la negación de una de ellas. El hombre desea el reconocimiento de su deseo, el sometimiento de la otra conciencia. De este modo Hegel plantea la dialéctica amo-esclavo: dos conciencias luchan por el reconocimiento —el narrador y Zimmermann; Bolívar y San Martín—, en esa batalla una de las dos conciencias, frente al temor a la muerte, cede. De esta forma nace el esclavo; mientras que el amo es aquel cuyo miedo a la muerte ha sido menor y somete, por ende, al otro, el esclavo es  aquel que, por su temor a morir, queda sometido.

La voluntad de Zimmermann crece por encima de la del narrador cuando empieza a reducir el poder de la historia como materia constitutiva del hombre. Así, Zimmerman pone en duda la veracidad del contenido de las cartas de Bolívar. “Bolívar pudo haber querido engañar a su corresponsal o, simplemente, puede haberse engañado. Usted (…) sabe mejor que yo que el misterio está en nosotros mismos, no en las palabras”[6]. El misterio, quiere decir, está en nuestra voluntad, no en nuestra inteligencia.

Zimmermann da su estocada final minimizando la tradición, la sangre, la raza, cuando, tras la pregunta del narrador “¿Usted es de Praga, doctor?”, responde: “Yo era de Praga”.[7] Todos los valores territoriales quedan derruidos con esa aseveración.

El sometimiento de voluntades, o la dialéctica de amo-esclavo, se concreta de la siguiente manera: Zimmermann, después de hacerle firmar un documento al narrador en donde éste renuncia a transcribir la carta de Bolívar, le dice que es “su voluntad” la que ha decidido firmar, quedarse en casa y olvidarse de las cartas de Bolívar. “Acato y agradezco su voluntad”[8], le dice al narrador antes de irse. Su triunfo sobre él no se reduce a haber sido más convincente, a que su voluntad fuera superior, a que su conciencia lograra fugazmente el reconocimiento del esclavo; su victoria, la real, consiste en haber logrado una transformación en su enemigo —“En aquel momento sentí que algo estaba ocurriéndonos o, mejor dicho, que ya había ocurrido”[9]—, en hacerle creer que su condición de perdedor no es la de perdedor, que en realidad perder es lo que siempre ha querido, que es lo mejor que pudo haberle pasado. Ése es el verdadero triunfo de Zimmermann y la verdadera derrota del narrador.

Zimmermann, con ironía de por medio, define el duelo filosófico de forma insuperable: “Yo me nutro de textos y me trabuco; en usted vive el interesante pasado”.

Por otro lado, y olvidándonos de nociones filosóficas, no causa sorpresa que haya sido Zimmermann, que pertenece al mundo de los libros y no al de las huellas territoriales, a quien Borges hizo ganar; el desterritorializado, el emigrante, el que posee identidad, pero no una marcada por la historia o por la ascendencia, el que no necesitó demostrar su argentinidad en casa de un argentino. Que esta clase de personajes prevalezcan en sus relatos se entiende mejor tras la lectura de El escritor argentino y la tradición. Son personajes con miradas que trascienden lo local y lo historicista —la mirada del propio Borges—, schopenhauerianos y no hegelianos en cuanto a las nociones previamente referidas.


[1] Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación. Versión web.

[2] Jorge Luis Borges,  Cuentos completos. Random House Mondadori, S.A. Barcelona, 2011. Pág. 402.

[3] Ibid. Pág. 404.

[4] Ibid. Pág. 407.

[5] Ibid.

[6] Ibid. Pág. 406

[7] Ibid. Pág. 407.

[8] Ibid. Pág. 408.

[9] Ibid. Pág. 406.

 

 

Mónica Ojeda