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@zurdaopinion

Mientras la parafernalia política infestará cada célula de nuestro cuerpo durante los meses venideros, pasan desapercibidos ejemplos mundiales que datan de un resquebrajamiento de un sistema financiero que creemos incólume y para siempre: el capitalismo lanza patadas de ahogado en un mundo donde la mano de obra, fundamento principal del capital, es cada vez menos necesaria, y los medios de producción están a punto del colapso.

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Entonces surge irremediablemente una relación entre lo inmediato y lo posterior: ¿Estamos por elegir un futuro real? ¿Hay una percepción cierta de hacia dónde va  el sistema económico de nuestro país? ¿Somos conscientes que la democracia política cae si la democracia de acción de mercados lo hace también? Preguntas de respuestas amplias y debate extenso, pero que respondería con una frase concreta y folclórica: estamos pisando sobre cáscaras de huevo.

Cualquier acción política, en el ámbito financiero, de cualquier candidato que escojamos, dependerá del comportamiento de la economía mundial, y de la fuerza que sostenga una moneda mundial: el dólar, que por cosas del destino, es nuestro billete de uso. Sea cual fuera la medida y la proyección que tenga: liberal o socialista, no está exenta su rentabilidad en la inalterabilidad del dólar, cosa que, para algunos expertos,  está a punto de culminar.

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Immanuel Wallerstein, académico e investigador en la Universidad de Yale, dijo en una entrevista el año pasado, justo durante una visita a nuestro país, que el dólar ha entrado en un proceso grave e irreversible de pérdida de valor como moneda de reserva mundial, subrayando que era “el último poder serio que mantenía Estados Unidos”.

En una entrevista con ALAI (Agencia Latinoamericana de Información), Wallerstein indicó que las diferentes medidas de emergencia que se están implementando en su país simplemente están retrasando la bancarrota mundial. “Los daños son hechos concretos, la situación de los Estados Unidos es grave y no es recuperable”. Es así como la clase media en el país del norte está sufriendo una caída acelerada en la obtención de empleo y por ende, la acumulación de deudas y el cobro automáticos de hipotecas.

Pero eso no es solo en EE.UU. Europa tiene dos grandes ejemplos actuales de rescisión económica sin válvula de escape. Las crisis en España y Grecia son consecuencia de un proceso capitalizador que obtiene mano de obra barata y mecanizada, dejando sin sustento a personas que, absorbidas por la burbuja comercial del crédito, hoy están sin empleo y acordonados de deudas y sobregiros. Así lo entiende Leonardo Boff, filósofo brasileño y uno de los líderes de la Teología de la Liberación, en su artículo ¿Crisis terminal del capitalismo?, donde señala “millones de personas no van a ingresar nunca jamás en el mundo del trabajo, ni siquiera como ejército de reserva. El trabajo, de depender del capital, ha pasado a prescindir de él. En España el desempleo alcanza al 20% de la población general, y al 40% de los jóvenes. En Portugal al 12% del país, y al 30% entre los jóvenes. Esto significa una grave crisis social, como la que asuela en este momento a Grecia. Se sacrifica a toda la sociedad en nombre de una economía, hecha no para atender las demandas humanas sino para pagar la deuda con los bancos y con el sistema financiero. Marx tiene razón: el trabajo explotado ya no es fuente de riqueza. Lo es la máquina”.

Con ese panorama, y pese al bajo porcentaje de desempleo que el Gobierno actual pregona como logro, preocupa la dependencia que poseemos de una moneda cada vez más débil y que en nuestro caso, mantiene una casi nula reserva en bienes tangibles en algún banco estatal. Es fácil ver la disyuntiva: cae el valor del dólar, y las grandes potencias no pueden comprar petróleo, Ecuador no vende, y por ende, la economía local colapsa. Ahí no importará si eres verde, colorado, si avanzas o no, si crees o no crees, si sumas o restas, de que sociedad eres, etcétera, etcétera.

Pero, empecinados en atender a nuestra pequeña burbuja social, la de los periódicos buenos y malos, la de sabatinas ingeniosas, las de burros con corbata, la de bonos y rebonos, somos incapaces de observar un panorama global que pinta desfavorable y que ningún candidato, hasta ahora, ha tocado, ni creo vaya a profundizar, porque simple y llanamente no sabe que es, o no sabría qué hacer.

Y esa parsimonia y desentendimiento de nuestros políticos y aspirantes pasa por una lógica de mercado, que nos arrastra a todos. Ellos como nosotros, son esclavos de un sistema asfixiante y total. Es lo que otro filósofo brasileño, Mauricio Abdalla, en su libro “Principios de la cooperación” explica como la ética burguesa. “La ética burguesa es la ética del mercado. Todo lo que sirve para la optimización del intercambio es bueno y justo, por tanto virtuoso. Todo lo que atenta contra la libre competición interesada es malo e injusto y debe ser combatido por ser un vicio. Privatizar una empresa incluso a sabiendas de que puede provocar despidos en masa es éticamente correcto, pues la vida de los trabajadores ocupa una escala axiológica inferior a la de la lucratividad ¿del lucro? Ocupar millones de hectáreas de tierra con ganado o dejarla vacía apenas como bien inmueble (ítem de intercambio en potencia), mientras que familias enteras mueren por falta de suelo donde plantar es éticamente correcto (bueno y justo, y por ello, legal). Ocupar tierras improductivas privadas para plantar y garantizar la supervivencia de miles de familias es éticamente condenable (malo, injusto y terminantemente ilegal) y por ello deben ser combatidos y satanizados todos los movimientos que persigan ese objetivo”.

Este es concepto es válido para cualquier sistema político del mundo que se sostiene en el “trueque competitivo” que encarna el dinero. Como en el mundo civilizado nada escapa por fuera de esa lógica, todos estamos sumidos al deterioro constante, irreversible y penoso del sistema financiero, que ya no es una posibilidad, sino una realidad dura y nefasta que tiene conatos en varios puntos del globo. ¿Estamos preparados para eso?

Sería bueno entonces aprovechar la intoxicación de nombres, propuestas y ofertas para preguntarles a los posibles: ¿Está consciente que el sistema vive una crisis? ¿Qué alternativas tiene para enfrentar una crisis planetaria? ¿Qué opciones tiene para el Ecuador? ¿Conoce sobre el principio cooperativo? ¿El proyecto Venus? Tal vez y nos llevamos una sorpresa y alguno ha pensado en el tema, o sino, estamos condenados a ir al despeñadero con pasividad que asusta y confianza absoluta en que “seremos felices para siempre”, cuando el cuento realmente puede terminar mal, cuando los verdes, se pudran.

 

Ángel Largo