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Llega diciembre y el espíritu navideño invade a todos. Por alguna razón (que podría confirmar la existencia de Papá Noel) las secretarias reciben una triple dosis a-la-vena, y como especie en época de apareo, inician la danza navideña, la cual fortalecerá al equipo preparándolo para que la foto frente al árbol quede bien bonita en la cartelera.

 

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Sacan de la bodega los adornos navideños y expeditas alistan los papeles para aquel sorteo inevitable del amigo secreto,  e incluso “dan cogiendo papelito” a los que por alguna razón no están en la oficina, y posteriormente se encargan de comunicar su nuevo lazo de amistad inquebrantable con algún compañero de trabajo, y en casos extremos indican “tu amiga secreta soy yo”.

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Propongo una cosa: ¿Por qué mejor no jugamos al “amigo sincero”? El factor azar dentro del juego es riesgoso, y Murphy puede dictaminar que debas fingir amistad con la persona que más detestas en la oficina.

A mí, eso del amigo secreto obligado me pone de malas.  No me parece correcto aparentar que somos más que compañeros de trabajo con alguien, en un juego en el que somos obligados a participar. Y es que a veces uno conoce tan poco a la persona, que no sabe qué carajo regalarle al final del juego (ni durante).  Los jefes te presionan por cumplir metas, es el cierre de año, una época dura llena de estrés, y si fuiste el afortunado ganador del premio mayor, tienes que dejarles sorpresitas escondidas en sus oficinas, a las cuales no quieres entrar.  Sí, entiendo que es un juego para integrar a las personas y mejorar el ambiente laboral, pero me pregunto ¿Al final del juego alguien sabe algo más de la otra persona? ¿Entonces de qué integración hablamos?

Un “amigo sincero” sería aquel que compra una funda de caramelos y deja una nota: FAVOR TOMAR UNO CADA DÌA, o ese que se “olvida” de llevarte los regalos y deja que sufras mientras todo el resto come golosinas, o aquel que te deja un mensaje o una flor, cosas inútiles en la oficina donde, de acuerdo a numerosos estudios (realizados por mí), lo único que da es HAMBRE.

Puedo jugar, o mejor dicho, me toca jugar, pero yo preferiría por ejemplo, invitar a mi amigo secreto a una noche en un bar, con música en vivo un buen vino y decirle “esto es para mí la vida ¿y para ti?”.

Rose Regalado