@josemarialeonc

Bogotá es una megalópolis que devora a quienes la habitan.

Luz Marina Correa dijo en la conversación que tuvimos en un cafetín en el que nos sentamos a conversar sobre el trabajo humanitario que realiza en el programa Mi Llave: “es una ciudad que corre más rápido que uno”.

El programa Mi Llave busca la reconciliación de los colombianos que han sido parte del conflicto, como víctimas o victimarios, a través del establecimiento de centros de capacitación en nuevas tecnologías a lo largo y ancho del país. “El año pasado abrimos un centro en Usme, localidad muy pobre, caracterizado por tener sus bandas criminales, con el poder distribuido en base a la dominación territorial. Lo que pasa es que como uno no vive en la periferia, uno no se permea de todo esto”.

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Prende un cigarrillo para acompañar la conversación, mientras empieza a caer una lluvia ligera y fría, que le sienta muy bien a este viernes de octubre. “En un país como éste”, dice después de darle la primera y larga pitada al tabaco y pienso que esa es la frase que más he escuchado en mis recorridos por Bogotá. Me pregunto, mientras veo a Luz Marina hablar ¿qué pasa en un país como éste?

Me hacía la pregunta porque la noche anterior había estado en una fiesta en casa de un empresario bogotano. Su departamento debía costar, tranquilamente, cuatro millones de dólares. Tenía dos plantas y ocupaba el penthouse de un precioso edificio ubicado en Rosales,  una de las zonas de más alta plusvalía de la capital colombiana.

Un lugar fascinante, por donde se lo mire: desde la primera terraza era posible ver el monstruo dormido que es Bogotá por las madrugadas. Un monstruo de nueve millones de cabezas, de las cuales dos millones y medio son desplazados por el conflicto. Es una historia conocida en América Latina: la gente del interior busca los centros urbanos para iniciar una mejor vida, aunque por lo general termina tugurizándose y entrando en un círculo vicioso que, por más trillado que es, jamás se desgasta. Como dice Luz Marina, no les queda sino la elección entre la mendicidad y el delito.

Los desplazados en Bogotá están en las calles, haciendo que la ciudad crezca en sus partes marginales exponencialmente por la gente que llega despedidos de sus pueblos por la fuerza centrífuga de un conflicto interno que no es el mismo del siglo diecinueve, ni el de los años de “La Violencia”, pero que guarda un denominador común con todas las demás guerras civiles y conflictos que los colombianos han debido soportar: la crudeza de la violencia en el interior del país no decae, aunque para muchos en Bogotá, como dice Antonio Navarro Wolff en la entrevista que dio para GkillCity.com “es como el conflicto de Afganistán: ojalá se arregle, pero es algo ajeno, distante. Es el conflicto de las fronteras”.

Ya en la capital, los desplazados entran en esa vorágine demencial y buscan, además, volverse invisibles, dejar su pasado atrás. Especialmente aquéllos que se han desmovilizado de las guerrillas o de las Bandas Criminales –mutación nominal de lo que fueron las Autodefensas Unidas de Colombia, que entregaron las armas entre 2004 y 2006, pero cuyos miembros se han vuelto a tomar las armas en las llamadas BanCrim- intentan vivir la vida sin tener que dar mayores explicaciones de su pasado.

Mientras tanto, en la fiesta del empresario bogotano a la que me han invitado por casualidad, el conflicto no existe. Ahí se habla de viajes, de películas, de obras de arte, de tragos más o menos finos. Mientras se sirve un vaso de escocés, el atento dueño de casa dice:

Si las cosas siguen así en el mundo, este chistecito de me voy el fin de semana a Miami se va a terminar.

Sus demás invitados asienten y a muchos las expresión del rostro, con la mirada perdida en el vacío y una mueca extraña, los delata. Se están diciendo así mismos que ellos nunca han vivido eso de irse por el fin de semana a Miami, pero a nadie se le ocurre decirlo. El momento de silencio es interrumpido cuando un pintoresco personaje comienza a preguntar, con claro acento andaluz, quién fue el primer hombre que fumó tabaco en la historia. Por supuesto, nadie atina a dar con la respuesta correcta. No la va a decir, según él, porque tendría que hablar durante dos días y dos noches para poderlo explicar.

La gente ríe, bebe y departe en lo que bien podría ser una terraza de Manhattan. En el piso diecisiete del hermoso edificio, el conflicto aparece lejano.

A esa misma hora, en esa misma ciudad, José Miguel Sánchez, director del Instituto Distrital de la Protección de la Niñez y la Juventud de la Alcaldía Mayor de Bogotá (IDIPRON), está patrullando la ciudad buscando niños en situación de condición de calle. Son grupos de búsqueda afectiva, sacando muchachitos de las alcantarillas para llevarlos al internado del instituto. Sánchez es un ex militante del M-19, ex seminarista que hoy, en la administración de Gustavo Petro, dirige el organismo fundado por el padre Javier de Nicoló, un salesiano que llegó a Colombia en la década del sesenta del siglo pasado y cuya obra de rescate a los niños creció tanto que terminó absorbida por el Gobierno de la ciudad.

Mientras yo me tomó los dry martinis acompañado de gente de todo el mundo que habla de viajes exóticos a Cambodia, Laos, Tahití, Sánchez ha emprendido el diario vía crusis de ir, estación dolorosa por estación dolorosa, viendo a quién puede sacar de la calle. Sólo unas cuantas horas antes, ha asistido al funeral de un chico al que el día anterior había tenido que ir a reconocer en la morgue, asesinado por la violencia de las bandas criminales que han llevado el conflicto a la total degradación. Ya, desde hace mucho, no se trata del acceso al poder, ni de defenderse de la guerrilla o de ayudar al Estado a eliminarlas. Desde hace décadas –dos, tres, quién sabe– ya todo se trata del negocio de la droga.

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Un negocio que trae consigo la violencia y la permanente pobreza. Bogotá, según cuenta Sánchez, tiene una población de personas que viven en la calle que asciende a doce mil personas. De esas doce mil, al menos cuatro mil quinientos son niños. En el IDIPRON hay mil quinientos muchachos internados, intentando dejar atrás las secuelas de la vida en la calle; en externado atienden a más de cuatro mil chicos que, por diferentes motivos, no pueden internarse a tiempo completo en el instituto.

Ése era el caso de Katherine, una niña que llegó mientras yo recababa información para esta breve crónica, que terminó siendo una especie de catarsis  que sirve, además, de antídoto contra la bipolaridad que Bogotá, la neurótica quería contagiarme. Hablábamos de la necesidad de que el campesinado colombiano logre estructurarse como un actor político y no como el objeto de la política y de la imposibilidad de llegar a un verdadero acuerdo de paz y de una paz duradera que se consolide y no termine redefiniendo la violencia, como ha pasado hasta ahora, cuando Diana, una de las funcionarias del instituto nos interrumpió.

Solo te quería presentar una amiga, dice dirigiéndose a José Miguel, Se llama Katherine.

Hola chica, ¿cómo estás?

Bien, responde en un monosílabo que no alcanza a disimular el temblar incontrolable de los labios.

¿Cuántos años tienes, Kate?

Catorce

¿Estás estudiando?

No

¿Hace cuanto no estudias?

Nunca

¿No? ¿Y no quisieras estudiar con nosotros?

No me quisiera internar, porque mi papito está ciego

¿Tu papi está ciego?

Sí, él es ciego. Yo lo guío.

¿A ti te toca guiarlo?

¿Cuántos años tiene tu papá?

No sé cuántos, pero está viejito

¿Pero es tu papá o tu abuelo?

Es mi papá, pero yo le digo papá abuelo y se pone bravo porque lo molesto

¿Pero es tu papá?

Sí.

¿Y tu mami?

Ella acaba de tener un bebé y a veces la voy a ver. De visita.

Pues entonces como estamos cerca, alégrate que te encontraste con nosotros. Yo te vi y te mandé a llamar. Entonces vas a hablar con Diana y empecemos a mirar cómo hacemos una conversación contigo y con tu papi y cómo hacemos para que entres en el tema escolar.  Y vamos mirando

Diana interrumpe el breve diálogo para acotar

Nos toca empezar con ella por papeles, porque no tiene nada.

Lo primero que vamos a hacer es garantizarte el derecho a una identidad, le dice Sánchez, sonriendo. Necesitamos una prueba de sangre de tu pa y una tuya, con tu autorización, para que podamos inscribirte como su hija. Siempre puedes venir aquí, esta es tu casa, a las jornadas de recreación que hacemos. Lo que no me gusta es verte trabajar. Y eso no me gusta, porque tu tienes que estar estudiando y jugando.

Es que el otro día vine a jugar y la cancha estaba vacía.

Le gusta el fútbol,

¿Ah sí? Pues bueno, vienes y juegas conmigo ¿Listo? Ya sabes que yo estoy aquí. Besos.

Kate, como la ha bautizado cariñosamente José Miguel, sale de la oficina, temblando todavía. No sé si va emocionada o decepcionada, si tiene miedo o esperanzas, pero sé que hay algo que le recorre el cuerpo, que le causa punzadas en el pecho.

Me quedo callado, abrumado por la escena y pienso que es mejor no hablar. Trato de respirar sin hacer ningún ruido, porque hay ciertos momentos en que es mejor no decir nada e intentar detener el mundo en ese preciso instante.

Sánchez me sonríe, con su cara de cura bueno, desde el otro lado del escritorio y me dice

Esto es paz, pana, ¿para qué te echo carreta? Yo dejé de echar tiros y dar comuniones para hacer esto. Cómo se puede uno encontrar uno en esta hijueputa ciudad una niña de doce años que nunca ha ido a la escuela.

Sonrío con esa línea y recuerdo a Luz Marina Correa apagando su cigarrillo, apurada y generosa, diciéndome que es posible aún crear los espacios de paz necesarios para lograr una reconciliación entre los colombianos que excluya la posibilidad de la aniquilación del contrario, como lo quería Uribe.

Nos despedimos, mientras intento conseguir un taxi a una hora en que en Bogotá es imposible. Un mendigo se acerca a la mesa a pedir caridad y recuerdo que Colombia es el país que tiene el índice de Gini más alto del continente americano después de Haití, si es que a Haiti se le puede llamar país.

Me despido de Luz Marina, quien vive a la vuelta del cafetín. Yo debo salir para el norte de la ciudad, donde en un par de horas me invitarán, por ese humor torcido que tiene el mundo, a otra fiesta de lujos, donde tal vez esté también el español más extravagante que pisa suelo colombiano, pretendiendo pontificar durante dos días y sus noches quién fue el primer tipo en fumar tabaco en la historia de la humanidad.

Será entonces cuando me pregunte qué podrá pasar con Kate, su papá ciego o cualquier de los chicos que le matan a Sánchez en esos dos días que dure el desaforado sermón del andaluz cuya conclusión final, seguramente, será “yo”.

José María León Cabrera