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En un país marcado por la violencia, las aproximaciones desde el arte a un conflicto, que a veces luce imperecedero, nos acercan a un espacio de tensión que usualmente miramos con distancia.

Las primeras obras que conocí, hace varios años ya, con relación al conflicto colombiano fueron Aliento y Bocas de Ceniza. Ambas profundamente conmovedoras, pero su mayor mérito es que cortaron el efecto de la anestesia causada por la repetición insensibilizadora en los medios. Me refiero a las imágenes de la guerrilla, de los desplazados, de los actos violentos, de las bombas persistentes durante décadas; imágenes que estamos acostumbrados a ver, pero no a comprender piel adentro.

Por eso recuerdo tan claramente la primera vez que vi Aliento de Óscar Muñoz, una obra que aparece, en el sentido literal de la palabra, al ser enfrentada con la acción de una persona. Sobre discos de acero, Muñoz realiza foto-serigrafías con grasa que no son visibles en primera instancia, mas el hálito -con el que se constata el estar vivo- de quien se pone frente a las piezas revive ante sus ojos el rostro espectral de una víctima de la violencia.

En ese sentido este ejercicio donde el espectador es quien devela la memoria, a su vez revive un pasado que no puede ser leído únicamente hacia atrás sino por el contrario, debe ser leerse necesariamente en presente mientras la guerra siga cobrando vidas.

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Bocas de Ceniza es desgarradora. En esta obra de Juan Manuel Echavarría se evidencia la cotidianeidad de quienes viven de forma directa -y no a través de referencias mediáticas- la guerra en nuestro vecino del norte. Mientras Echavarría estaba con un grupo de amigos en la isla Baru, en Colombia, se les acercó Dorismel Hernández y les preguntó si podía cantar para ellos. Los versos de Dorismel no eran más que su propia historia musicalizada. Ese fue el punto de partida para el viaje de Echavarría a los festivales afro-colombianos en la región de Chocó, donde encontró otros cantantes que habían trasladado su sufrimiento en canción. Bocas de Ceniza es un video que encuadra los versos íntimos de cada uno de sus autores desde un conmovedor primer plano. Cada narración es un testimonio de vida y dolor.

Cuando pregunté a Santiago Rueda, curador e historiador del arte bogotano y autor del libro Una línea de Polvo: Arte y Drogas en Colombia, qué obras consideraba entre las más representativas del conflicto colombiano me habló de Los Rebeldes del Sur de Wilson Díaz y La Musa Paradisiaca de José Alejandro Restrepo; ante la misma pregunta Jaime Cerón, también curador e historiador del arte bogotano, citó Atrabiliarios de Doris Salcedo y la obra de los años noventa de Miguel Ángel Rojas; todas obras muy significantes y con una carga reveladora para analizar desde otras perspectivas la situación colombiana, al igual que Colombialand de Nadín Ospina.

Sin embargo, de ellas, la que descolocó lo que reconocía en las manifestaciones artísticas relacionadas con el conflicto fue Los Rebeldes del Sur. El video de Díaz da la vuelta a cómo y desde donde vemos esta parte de la historia reciente de Colombia, así como los estigmas y estereotipos que conlleva.

El video del año 2007 es filmada por el artista en la zona de distensión, aquella área que el gobierno de Pastrana otorgó a las FARC durante las negociaciones de paz que finalmente fracasaron. En él se muestra a una banda guerrillera interpretando vallenatos de su autoría, que hablan del paisaje, del amor, de la mujer, así como de su guerra con los paramilitares.

No se necesita de mucha atención para reconocer la ironía que guarda esta escena, ni de mayor observación para notar que la guerrilla como cualquier grupo humano, se divierte en sus ratos de ocio, lo cual trae de vuelta a debate la discusión de si se debe humanizar la imagen que tenemos de ciertos referentes o si debemos continuar con la distancia fría y objetualizante de los estereotipos, especialmente en un país donde víctimas y victimarios, una vez extraídos de las zonas de conflicto deben, muchas veces, convivir.