Mi artículo 50 Sombras y 25 obras maestras recibió muchos comentarios. Casi todos se enfocaban en dos peticiones: la primera, que abundara en la explicación de por qué 50 Sombras no es un buen libro. La segunda, que agrandara mi lista de libros del género erótico. Con mucho gusto haré las dos cosas.

¿Qué hace que 50 sombras de Grey sea un libro tan mal escrito? Primero, que cuenta una historia poco original, mezcla de Cenicienta y Barbazul, en la que se usan desvergonzadamente casi todos los manidos lugares comunes de una trama de folletín rosa. El hombre es guapo guapísimo y además rico riquísimo. Mezcla que no solo lo hace irresistible para las mujeres, sino que además le da un poder casi ilimitado para conseguir cualquier cosa que se proponga. Harta pinta, harta plata. La chica es dulce, pobre, inocente y algo torpe. A pesar de ser también bellísima –no podía ser de otra manera- ella no lo sabe o no está del todo convencida de esto. Falta de empoderamiento, que le llaman. El chico al principio solo quiere una cosa de la chica. Exacto, sexo. La chica, pese a ser medio cojuda, algo tiene que enamora al chico.

Luego, está la forma insulsa en que esta historia está contada. Yo perdí la cuenta de las veces que para describir a Christian Grey la autora nos cuenta que sus ojos son grises o que él huele a gel de baño. ¿En serio? ¿No se le pudieron ocurrir otros detalles más informativos o evocadores? No sé, decirnos por ejemplo si su nariz es de caballete alto, si está apenas desviada hacia la izquierda, pero que aun así resulta atractiva. Si sus cejas son espesas, si las frunce cuando se concentra o cuando se cabrea. Si sonríe con la comisura de los ojos, el grosor y la forma de sus párpados, si su frente es amplia o estrecha. Si sus labios son carnosos y sensuales o finos y crueles. Por otro lado, ¿existe algún hombre que huela a gel de baño? Los hombres que he conocido han olido a madera, a humo, ligeramente a cuero, a carne cruda. A veces han olido a maíz tostado, a nicotina, a piedra caliente, a cáscara de naranja. A lluvia cuando los cubre un sudor fresco recién sudado o a rancio cuando el sudor se les ha secado hace rato y varias veces encima de la piel.

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Si no fuera por las escenas sexualmente explícitas que contiene, el libro sería ilegible. Y por cierto que hasta en este tema también cae en lo repetitivo y lo exagerado. Un ejemplo de esto último es cuando E.L. James nos cuenta que Anastasia, sin ningún tipo de experiencia sexual previa, sin siquiera saber bien dónde coño queda su clítoris, y sin nunca antes haber usufructuado de este a solas, experimenta orgasmos hiperbólicos desde el primer asalto en la cama con Grey.

La buena literatura es capaz de agarrar una historia común y convertirla en una aventura alucinante y única. Consigue crear la magia para que las descripciones sean impactantes, auténticas, creíbles, ricas. La buena literatura nos emociona, nos maravilla y nos deleita a través de su lectura. Sobretodo, crea complejos personajes que se nos meten dentro de la piel, que llegan a ser tan cercanos que luego los extrañamos cuando terminamos el libro. Eso es un arte.

Y como yo suelo cumplir lo que prometo, acá va el resto de relatos que se me quedaron en el teclado la vez pasada, porque no quería hacer larguísimo mi artículo anterior.

Me encantan esas obras que no entregan lo evidente, que te sorprenden. Eso me pasó con Lo que sé de los hombrecillos de Juan José Millas, novela que empecé una tarde a las cinco durante un viaje Quito-Guayaquil y que me tuvo toda la noche despierta y leyendo hasta que, con las primeras luces del día, llegué a su última página casi sin aliento. Desalmada, excitante e improbable historia que tiene el ritmo vertiginoso del buen sexo. Todo un hallazgo.

Otro de los secretos mejor guardados de la literatura erótica es el cuentito de Isaac Asimov Estoy en Puerto-Marte sin Hilda. La ciencia ficción, que nunca me ha gustado, me mostró que podía ser muy diferente de lo que yo pensaba.

Sexo y comicidad se llevan de maravilla, busquen Mírame cuando te ame, del entrañable Fernando Iwasaki, ese maestro de las palabras. Pero tengan en cuenta que no por ser chistosísimo este relato deja de ser fuerte. Trata sobre una mujer mayor y un jovencito. Tema encantador que hace las delicias de nosotras, las cuarentonas. Continuando en esta combinación de erotismo y buen humor, les diré que entre las impagables deudas que mantengo con La Habana está haber conocido allí al escritor cubano-uruguayo Daniel Chavarría con su novela Una pica en Flandes.

No nos vayamos aún de la Habana, anoten allí, En el cielo con diamantes de Senel Paz. Novela risueña sobre el amor y el sexo cinematográficamente narrada con colores, olores y sabores caribeños, pero en la que se escuchan de fondo las canciones de los Beatles. Patty Diphusa de Pedro Almodóvar, también cinematográfica, escrita en clave de broma, divertida, exagerada y obscena. Recopila los textos sobre una estrella internacional de fotonovelas porno que escribe sus memorias. Es Patty Diphusa quien acuñó la universal frase “La realidad imita al porno”. Otra novela insólita, singular y graciosísima es La mujer que escribió la Biblia, del brasileño Moacyr Sclair. En esta historia, narrada en la Jerusalén de los tiempos del Rey Salomón, por motivos políticos la protagonista se convierte en una de las 700 mujeres del harem real. Ella está desesperada por conocer y experimentar con el sexo. Pero desgraciadamente es más fea que escupir la hostia un sábado de gloria. Y el sabio Salomón, impactado a tal punto por la horrible apariencia de su novia, no puede cumplir sus obligaciones maritales. Claro que esto no anula a esta increíble heroína, físicamente repelente, pero súper aplomada y en extremo brillante. No por nada se convierte en la mujer que escribe ese erótico texto que forma parte del Antiguo Testamento y que tradicionalmente se atribuye a Salomón.

Y hablando del Cantar de los Cantares, por más que la doctrina religiosa diga que este libro de la Biblia cuenta la relación de Dios con su pueblo, para mí es un cachondo y poético relato sobre dos amantes voraces e impenitentes. Esto de “tu ombligo es un cántaro en donde no falta el vino aromático, tu vientre un haz de trigo, bordeado de lirios, tus pechos como dos ciervos jóvenes, mellizos de un gacela”, me van a perdonar, pero sencillamente no es de Dios. Es de un muy humano y carnal deseo sexual.

Pasemos ahora a los relatos evidentes, esos que cumplen lo que prometen. Allí ubico yo a Emmanuelle de Emmanuelle Arsan. Obra que nunca decepciona. La versátil Emmanuelle, quien debido a las películas está físicamente grabada en nuestra memoria en la piel de mi tocaya la holandesa Silvia Kristel (recientemente fallecida), es un personaje audaz y a la vez provisto de gran ternura.En ese rubro de erotismo descarado también están las obras de Anaïs Nin(la fanaticada me ha sugerido Delta de Venus) y Henry Miller, con sus trópicos de Cáncer y Capricornio. Yo en lo personal los detesto un poco a los dos, pero son nombres que no pueden faltar en una antología como esta. También recomiendo a mi queridísimo Víctor Muñoz Puelles con El amor burgués, pero ¡cuidado! Va de zoofilia. Claro que tampoco es algo grotesco si no más bien una historia antigua y muy romántica: Grecia, la leyenda del Rey Minos, su mujer Pasifae y el hermoso toro que ese monarca no quiso sacrificar al dios Poseidón. Para otro tipo de perversiones, el mismo Muñoz Puelles tiene La curvatura del empeine. Va de fetichismo.

La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria, de José Donoso es otro de esos libros eróticos cumplidores y bellos.Menos poético, por escatológico y malsano, es El teatro de Sabbath, de Philip Roth. Pero es muy interesante experimentar el erotismo desde la mirada de lo horrible, de lo triste, desde el pesimismo. Para gustos más sofisticados recomiendo una novela cruel, codiciosa y sutil, difícil de conseguir, pero que vale la pena leer, ¿Qué es Teresa? De José Pierre.

Por petición expresa de tantos lectores y lectoras que me han escrito, acá les va una lista de textos y autores, sugeridos apasionadamente: El pergamino de la seducción, de Gioconda Belli.El anatomista, de Federico Andahazi. Un chino en bicicleta, de Ariel Magnus. Jitterbug perfume de Tom Robbins. Los libros que toda buena lesbiana debe tener en su lista de imprescindibles:La autobiografía de Alice. B. Toklas, escrita por su amante Gertrude Stein. Idilio sáfico, de Liane de Pougy. Frutos de rubí, de Rita Mae Brown (este es espectacular, lo he leído). Me recomiendan también a Charles Bukowski, pero no tolero demasiado a este repugnante escritor. Allá ustedes, de él solo he podido terminar un corto relato mezcla de vudú y pesada lascivia titulado 15 centímetros.

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