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@escuchaestoEC

Quito. Agosto. Diez de la mañana. Sol matador. Maldiciendo en cuatro idiomas por haber optado por salir en carro, con un tráfico espantoso (bien pensado eso del límite de velocidad de 50 kilómetros por hora). Para alivianar el martirio, decido prender la radio. De los cuarenta y cinco minutos que duró el trayecto, cambié de dial durante los primeros diez. Exasperado por la oferta musical de la radio FM me puse a buscar desaforadamente algún disco en la gaveta sin éxito. Había llevado a lavar el carro dos días antes y los había bajado todos para que no estorben. Más tráfico, más sol, más música de porquería. Tranquilidad, en mi bolso tengo una memoria flash donde cargo la música del programa de radio. Respiré aliviado. En el primer semáforo, aproveché para buscarla.

El horror. No estaba. Recordé en ese instante el gentil correo electrónico que recibí la noche anterior del productor de la radio, contándome que había dejado olvidada la memoria en la computadora del estudio de grabación. Resignado, decidí que no tenía más remedio que hacer el experimento que había rehuido en varias ocasiones: ver qué mismo hay en la radio para poder hablar con conocimiento de causa.

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Abro un paréntesis: no soy músico y no toco ningún instrumento, soy un simple melómano, y mi apreciación radica simplemente en el gusto personal que ha ido ampliándose a medida que voy buscando y escuchando cosas nuevas gracias a una red de amigos y conocidos; y por supuesto, gracias a la web (de hecho, me resulta difícil recordar que haya hecho algún descubrimiento musical gracias a la radio FM). No daré nombres ni ubicaciones en el dial, porque la verdad no me acuerdo. Cierro paréntesis.

Un noventa por ciento de las radios que sintonicé, se enfocan en transmitir música de tres géneros: pop comercial (en inglés y español), bachata o reguetón. Por ahí una que otra salsa erótica, dependiendo de la hora. Y dentro de esos géneros, era impresionante ver como los artistas se repetían a lo largo de esos cuarenta y cinco minutos. No eran más de seis en total. Caso aparte eran las estaciones que pasan música de los ochentas y noventas, canciones que hemos escuchado hasta el cansancio pero les tenemos cariño porque nos ayudaron a sobrevivir cuando éramos adolescentes mutantes, pero que al cabo de dos temas, le cambiamos porque nos aburren.

Están los programas de variedades, en donde los presentadores interactúan con los oyentes que piden canciones (en el rango que comenté anteriormente), o cuentan sus problemas a locutores morbosos que piden más y más detalles sobre infidelidades, mandan besos y abrazos a todos, y nos levantan el ánimo en esta “hermosa mañana”. También están los programas en donde cuentan cachos, otros en donde se la pasan haciendo guasadas tontas. Están también los programas de “deportes” que solo hablan de fútbol (así es, no existe más deporte que el fútbol).

Hay excepciones, claro. Programas cómicos súper ingeniosos, variedades musicales interesantes. Donde más diversidad se escucha es en la radio pública, sea local y la nacional, en donde las producciones empiezan a tener mejor calidad, hay más variedad de contenidos. Esto, estimadas y estimados lectores es clave: La variedad.

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Obra: El jardín de las delicias – «El Bosco»

La variedad de contenidos nos permite salir de nuestra burbuja, nos permite expandir la gama para escoger. Nos permite erradicar la intolerancia, conocer al desconocido, ampliar la cultura. Si a uno lo enciende el pop comercial, está bien, pero no es justo que nos atosiguen con los mismos seis cantantes de moda. Gracias al internet, es más fácil tener variedad. La gama de opciones y alternativas de programas radiales es infinita. El rol de los medios on line está empezando a cambiar la realidad de cómo la gente se informa, qué escucha, que lee y que ve. Pero esto no es suficiente en la medida en que el acceso a internet aún no es comparable a la penetración que tiene una estación de radio en FM o AM.

Pensar que todos tenemos acceso a internet no es cierto. Los planes de acceso que se ofrecen en el país aún son limitados comparados con los de otros países. Un estudiante con su internet USB probablemente (y racionalmente) preferirá guardar sus preciosos bytes o minutos para bajar música, chatear o descargar información para hacer sus deberes, antes que escuchar una radio online. Y claro, si para hacer los deberes enciende la radio, escuchará lo mismo de siempre.

Cruzo mis dedos para que con el paso del tiempo, las radios comerciales reaccionen. Se puede optar por obligar a los medios de comunicación a variar sus contenidos, pero creo que es más eficiente y efectivo mejorar y abaratar el acceso a internet. La gente sola descubrirá cosas nuevas y dejará de sintonizar radios monotemáticas, y éstas deberán adaptarse o desaparecer.

Fueron cuarenta y cinco minutos exasperantes, para que también. Al llegar, sentí alivio de poder bajar y librarme del calor, desesperado por entrar a mi casa y poner alguna cosa que me quite la desorientación que me causó escuchar tanto ruido. A medida que subía las escaleras y me acercaba a la puerta, empecé a sudar frío. Eran las voces infantiles de mis sobrinas cantando a capela Ai Eu Se Ti Pego. El horror…

Carlo Ruiz Giraldo

Agosto 2012

Carlo Ruiz Giraldo