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@Ladrillazo

Hace ya unas semanas atrás, el mundo entero se escandalizó por lo ocurrido en Borja, aquel pequeño pueblo de España; donde la ahora famosa “Señora Cecilia” demostró que, en el ámbito del arte religioso y en el mundo de la restauración, aquel refrán de “el camino al Infierno está pavimentado de buenas intenciones” se cumple cabalmente. El impacto de aquella sanguinaria intervención plástica tuvo eco en todos los medios y en todas las artes. La arquitectura no fue la excepción.

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No faltó el arquitecto hábil en el Photoshop, que -con algo de tiempo y una buena dosis de sarcasmo- comparó lo ocurrido al Ecce Homo de Borja, con la atroz remodelación realizada en la villa que el famoso arquitecto Le Corbusier construyera en Vaucresson, en 1930. Dicha villa fue antes un ejemplo de pureza geométrica y estética funcional. En algún momento, quizás cuando los arquitectos del mundo contemplábamos las acrobacias que los “Starchitects” realizaban durante los noventas, la pobre casa de Vaucresson fue disfrazada. Sobre su losa plana construyeron un techo de tejas a cuatro aguas; tan ajeno al proyecto original, que hasta parece sombrero. En su fachada frontal se pusieron almacenes, los cuales devoraron el patio frontal que permitía contemplar su belleza modernista. La efímera belleza de lo moderno queda resaltada nuevamente, por la brevedad de su existencia.

Muchas casas modernistas en el mundo han sufrido lo mismo que esta casa, en Vaucresson. ¿La razón? Simple: existen en el mundo muchos arquitectos, que -quizás, sin saberlo- son simpatizantes con el método de trabajo de la “Señora Cecilia”. La ignorancia y la arrogancia no son solamente hermanas; son siamesas.

Ahora, otra cosa que es cierta, es que el peso de los errores también se mide por su escala. Afortunadamente, Doña Cecilia se ofreció para meter sus manotas en un pequeño retrato en la iglesia de Borja; y no en la Capilla Sixtina. En arquitectura, una mala remodelación tiene como triste final un episodio de naturaleza vegetal. “Cuando un médico se equivoca”, decía Frank Lloyd Wright, “entierra sus errores en una tumba. En cambio, cuando el arquitecto se equivoca, le sugiere a su cliente que plante enredaderas”.

El proyecto de intervención en la calle Panamá, que hace poco ha sido anunciado por los planificadores municipales, me produce sentimientos encontrados. Por un lado, aplaudo la idea de sembrar árboles en el centro de la ciudad; siempre y cuando se trata de especies frondosas, que generen sombra y que no se trate de simples palmeras. En cuanto a la reducción del caudal vial; espero que se demuestre que se lo hace bajo los debidos estudios de movilidad, asegurándose que tal medida no significará un atolladero terrible en el sector, o en alguna otra parte.

Mi preocupación tiene que ver con los museos propuestos. Da la impresión, que en el municipio de nuestra ciudad aún se maneja aquel concepto caduco, que entiende al museo como una bodega de objetos, folklóricamente expuestos a la ciudadanía. Un museo debe ser más que eso; debe tratarse de un gestor cultural. Paralelamente, las instalaciones museográficas requieren instalaciones específicas; tanto en iluminación, como en equipos multimedia, reguladores de humedad y acondicionamiento de aire.

Al denominar a un espacio cultural como “Museo del Cacao”, se le está condenando a una monótona existencia. Cualquier persona vagamente relacionada con la museología sabe que, mientras más específica sea la temática de un museo, más corto será su campo de acción. ¿Por qué no hablar entonces de un Museo de la Cultura Culinaria de la Costa?

En contraparte, el denominado “Museo Genérico” es una triple bofetada a la cultura local. La primera bofetada la dan con el nombre. “Museo Genérico” es un eufemismo para “bodega”. Tal afirmación se ve corroborada con aquella explicación dada por el personal municipal al diario “El Universo”, el pasado 31 de agosto; según la cual, … estas presentaciones se las harán sobre la acera y la casa se la utilizará para guardar los implementos”. El inmueble en cuestión es la casa Guzmán-Aspiazu; diseñada por el arquitecto italiano Francesco Maccaferri. Mucho valor histórico para una bodega.

Finalmente, y como gran final, la propuesta plantea usar como museo de arte contemporáneo al edificio ubicado en la esquina de Loja Rocafuerte. Se trata de un edificio que se ha hundido de manera irregular sobre su terreno. Al respecto, las autoridades municipales afirman en la entrevista dada al diario “El Universo”, que “Se habilitará una casa que está inclinada debido a una falla geológica, pero que según el funcionario, no hay peligro de que siga cediendo”. “…Queremos generar la inquietud de los arquitectos y les ha gustado la idea de que esté inclinada, hay museos en el exterior que se construyen así”. Discrepo tajantemente con tal observación.

Cierto es que muchos museos se construyen con estructuras inclinadas; pero ese no es el caso aquí. Estamos hablando de una estructura diseñada y construida para permanecer recta, pero que se deformó por haberse visto sometida a fuerzas para las cuales no fue calculada; lo cual se da -en mi opinión- por la mala calidad del suelo.

Lo que hoy es la calle Loja era en tiempos coloniales el estero de Villamar; de ahí la razón por la cual el edificio escogido para el Museo de Arte Contemporáneo y otros contiguos al mismo se estén hundiendo. Los sitios que anteriormente fueron esteros se caracterizan por tener un suelo sumamente inestable, que produce reacciones impredecibles en las estructuras de las construcciones. Prueba de ello es que el edificio se ha hundido de manera irregular, es decir, se ha hundido más en una parte que en otra. Esto genera que sus vigas se vean sometidas a torsión, lo cual ya ha roto los vidrios de algunas ventanas. En una estructura que tiene ese tipo de comportamiento, no se puede pronosticar su comportamiento. Tal construcción debería ser evacuada, demolida, y -en el mejor de los casos- convertida en una plaza.

Tenemos entonces, un plan de gestión cultural, que propone un museo demasiado limitado, un museo indefinido (que más apunta a convertirse en una bodega) y un museo previsto para “hundir” al arte contemporáneo de esta ciudad. Eso sin sumar los eventos museográficos vacíos en Puerto Santa Ana (delimitados por la temática de EMELEC, Barcelona, la cerveza y Julio Jaramillo), y un Museo Municipal acusado de tener sus obras abandonadas entre excrementos de gato.

A todo esto, sumen otro agravante: quien propone este plan de gestión cultural -incluyendo la loca idea de convertir una estructura medio colapsada en museo- tiene título de arquitecto. Esto más parece obra de la mano sanguinaria de “Doña Cecilia”.

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John Dunn