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@HembraDragon

“…Y a tu fachada de piedra no se acerca ni la hiedra,

casa de gato.”

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(La casa del qué dirán)

José Martínez Queirolo.

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El agobio ha sido progresivo y ha ido llegando poco a poco, de manera diferida. Mientras dormíamos, la noche de jueves 19 de julio del 2012, alguien (¿algunos?, nunca lo sabremos ya) entró por la ventana del estudio,  —un primer piso alto cerca del Estero— tomó de nuestra casa varios objetos de cierto valor y salió por la puerta principal, usando nuestras llaves. Pasada la primera impresión,  mi pareja y yo intentamos volver la ma ñana de ese viernes una jornada casi normal. Yo preparé café, calenté pan y lo fuimos a desayunar en la cama como era nuestra costumbre de fines de semana sin cerrar la ventana por la que ingresaron, que seguía abierta  y con la cortina ondulando, aún sin notificar a ningún familiar, ni llamar a la Policía, con el desconcierto  atorado en la garganta.

Meditando ese gesto con Denise Nader,  una de las primeras personas con las que pude platicar  después, juntas lo entendimos como una manera de negar lo obvio, de evitar entender que habíamos sido invadidos y que nos habíamos vuelto una estadística:  Según el Observatorio de Seguridad Ciudadana de Guayaquil, desde el año 2011 hasta la fecha, se han incrementado los robos a domicilio de tres hasta cinco por día, siendo las horas preferidas por la delincuencia las de la temprana tarde y, obvio, las de la madrugada. La fatalidad, esa ruleta que gira arbitrariamente, esta vez nos señaló en su ciego azar pero nosotros pretendimos atrasar el inicio del drama: seguimos con la taza entre las manos por cerca de veinte minutos, hablando de cualquier cosa menos del robo, demoramos el café, procurando atrasar el momento de salir del cuarto para entrar en la realidad.

Horas más tarde, ya desolados y con la cotización de la pérdida mucho más clara: dos computadoras sustraídas, un disco duro externo, dinero que sumando entre carteras y puñados ascendía a trecientos dólares  y pequeñas cosas como relojes y una secadora de pelo, (¿?) llamamos a la Policía. Antes vino gente a la casa, gente amiga, personas con las que pudimos llorar, quejarnos, despotricar, mostrar duelo y  desconcierto y  luego vino la patrulla, con mucha discreción y por primera vez pude constatar que el sistema de seguridad y de servicio al ciudadano común, por parte de la Policía, había mejorado mucho. Dos hombres uniformados y serios llegaron en menos de diez minutos en un despliegue digno de un serial de investigación: libretitas, preguntas que se reiteraban entre mi pareja y yo por separado a ver si coincidíamos en las respuestas, toma de huellas, recreación de los sucesos de la noche anterior paso por paso, sugerencias y sospechas. Había sido una noche normal, salvo por el hecho de que el gato había dormido con nosotros en lugar de en el sillón. El policía lo anotó en la libreta alzando las cejas. -¿No se despertaron con la llegada de los delincuentes? ¿No le parece raro? ¿Pudieron haberlos drogado? ¿Se sienten normales? – Sí, nos sentíamos normales, bueno, todo lo normal que puede sentirse alguien luego de perder sus herramientas básicas de trabajo; inclusive la casa parecía como en cualquier día más allá de los objetos desaparecidos. Los delincuentes habían ido al grano muy profesionalmente sin pensar en crear mayor caos. Durante mi infancia,  el día que en que también entraron a robar en la casa de mis padres, los ladrones vaciaron el contenido de las almohadas en el piso, por lo que había plumas, miles de plumas de pato que flotaban por aquí y allá  creando un desolador invierno artificial ante el que mi madre lloró de rodillas. Fui la primera vez en mi vida que barrí, bueno, barrimos todos y hubo que mojar las plumas porque con los escobazos se alborotaban aún más y entonces mi madre caía otra vez en un llanto histérico. Supusimos que era el placer de revolver, de  desgarrar, de mostrar la presencia de la brutalidad sin sentido.  Y oímos el consuelo que más de una vez seguimos escuchado desde ese día —pudo haber sido peor— dijo uno de los policías —pudo uno de ustedes haberse levantado para ir a baño o para tomar agua y toparse manos a boca con el antisocial. Ningún ladrón entra a robar sin un arma ¿se imagina? ¿Un forcejeo? La  historia pudo haber sido otra.

Lo pensamos, lo supusimos a punta de imaginación y sentimos la absurda sensación de desgracia afortunada, un consuelo ridículo que nos tranquilizó falsamente. Después, la Policía se fue prometiendo avisar de novedades, iba a mirar por las laderas del estero donde solían reunirse los indigentes y los adictos, dijeron que irían a  presionar a los guardianes nocturnos, esos que van siempre de un lado a otro con una bicicleta haciendo sonar un pito. Antes de que arrancara la patrulla nos aconsejaron cambiar las cerraduras y poner dos pestillos en la puerta. Nos dieron la idea, inclusive, de una cerca eléctrica. —Nosotros protegemos a la sociedad, pero ustedes también tienen que protegerse: vigilancia constante, volver más seguros los accesos a la casa, tener un vecino que vigile. A veces se paga el precio de la confianza —, añadió el más joven, el que quería irse rápido a ver si aún podía encontrar alguna pista preguntando entre los vecinos. —Una cosa más, ¿si el robo fue en la madrugada, por qué se demoraron tanto en llamarnos? No supimos qué responder;  y claro, sucedió lo inevitable, empezamos a sentirnos culpables por no correr cerrojos, por no meternos en una red de vigilancia vecinal, por aturdirnos. En el mundo real, las ciudadelas de Guayaquil como Puerto Azul, Bellavista, Ceibos y Ferroviaria que tienen vías de rápido acceso y salida fácil en automóvil, son de las favoritas para el robo a domicilio, eso también dicen las estadísticas del Observatorio de Seguridad Ciudadana y supimos qué habíamos hecho todo mal desde siempre, dramáticamente mal: nos descubríamos como dos personas que habían vivido más dentro que fuera de sí mismas y ahora, eso que estaba afuera se sentía amenazante, despiadado, aterrador. Entre las sugerencias que el mismo Observatorio de Seguridad Ciudadana realiza para evitar los robos, se dan ideas que pueden rozar  la psicosis:  dejar luces encendidas, colocar rejas en las ventanas que dan al exterior que no dejen entre barras un espacio mayor a los 12 cm, poner alarmas..etc.

Y eso hicimos. Ahora, la casa cercana al estero donde vivía, una casa fresca, con aire circulando por todas sus ventanas, se ha transformado en una copia en serie de las mismas estructuras  antiestéticas de la cuadra, también se fue cercando de metal gris, poco a poco: primero el estudio, que no era un sitio muy soleado precisamente, luego la ventana de la sala donde a veces el gato, —el único lugar desde donde podía espiar la calle, —pasaba la tarde,  y  finalmente el dormitorio, se han ido llenando de metal. El día en que pusieron rejas en las ventanas de ese cuarto en específicos entendimos la dimensión de lo que había pasado, estábamos viviendo en una cárcel a la inversa, en lugar de enrejar lo que estaba dentro para que no salga, nos amurallábamos para lo que estaba afuera, no ingrese.

Hoy, alzando la vista hacia las ventanas de Guayaquil, un día cualquiera, se puedo ver el mismo temor en todos los que están detrás, el miedo a ser tomado por sorpresa y perder lo poco que se tiene,  (el poder adquisitivo de la clase media se reduce a un par de posesiones claves) por eso  hay que tapiarlo, cubrirlo de alambres, ponerle cámaras, colocar trampas, minarlo y encadenarlo para no perderlo, para sí vivir con tranquilidad en una ciudad sitiada y en asedio, esperando que hoy no me toque a mí la ruleta del mal azar, hoy no yo otra vez, yo no.

Solange Rodríguez