hijo_muerto.jpg

Tal vez tú conozcas a Carlos.

Carlos no se llama así y tú lo sabes. Pero tal vez conozcas a Carlos tan bien como yo. Tal vez incluso conozcas a su padre. Llamémoslo Augusto.

Don Augusto es un señorón. Si eso no te dice nada, añadiré que viste guayaberas con holgura para la pistola, vota socialcristiano, su secretaria tiene un niño igualitito a él y absuelve sus pecados confesándose en iglesias con aire acondicionado.

Varias veces, en varios contextos, Don Augusto pronunció esta frase: “prefiero un hijo muerto a un hijo maricón”.

PUBLICIDAD

Porque, a que ya lo adivinaste, Carlos es maricón, gay, sopa, badea, re ina, puto, maraco, zorro, mariquita, invertido, mariposón, sodomita y todos esos apelativos que campan en nuestro efervescente diccionario de discriminaciones. Ingenuo Don Augusto, estaba seguro de la masculinidad de su muchacho, semen de su semen, heredero de una estirpe enfermizamente patriarcal: lo más de lo más de la sociedad guayaquileña.

Macho como yo. Varón como yo. Culeón como yo.

Pero al niño le gustaban los niños.

Y Don Augusto lo descubrió así:

El padre tenía que estar a esa hora en Salinas, pero se le hizo tarde, gestiones con la secretaria del niño igualitito a él. Fue a la casa a bañarse y ponerse el short caqui y la camiseta polo. Carlos hacía el amor (si se puede llamar hacer el amor a tirar como descocido) con Guillermo. El padre escuchó ruidos. Abrió la puerta.

Tal vez te imagines lo que vino a continuación. Te diré lo que no ocurrió:

El padre cerró la puerta muy avergonzado y al rato el hijo fue a hablar con él. Tuvieron una larga conversación. Hoy Guillermo, el novio, es uno más de la familia.

El padre gritó e insultó y se fue dando un portazo. Estuvo una semana sin hablar con Carlos, pero, después de mucho reflexionar, entendió que la inclinación sexual de su hijo no cambia el hecho fundamental de que es su hijo querido y que con quien se acuesta o se deja de acostar es cuestión de él y de nadie más.

El padre cerró la puerta en silencio. Varios años después sigue sin tener una conversación profunda con su hijo. De ese día nadie habló nunca más.

Lo que  ocurrió fue esto:

Perseguido por los te mato, yo te mato maldito maricón de mierda de su padre y por el silencio cómplice de su madre, Carlos terminó en la calle a los diecisiete años. Decidió irse a Quito y en las sórdidas noches de la capital, ahí donde el frío hace esquina con el hambre, terminó prostituyéndose y contrajo Sida.

Esto pasó. Seguramente ha pasado más de una vez. Las paredes de las casas guayaquileñas guardan manchas de odio filial, tan asquerosas y persistentes como las de lama.

Yo misma, y tal vez también tú, crecí escuchando la frase “prefiero un hijo muerto a un hijo maricón” y todas las noches, con mis manitas regordetas juntas, rezaba para que ninguno de mis hermanos fuera eso. Porque yo a mis hermanos los prefería (y prefiero) vivos a cualquier otra cosa.

Lo contrario es de bestias.

Me retracto: las bestias también prefieres a sus crías vivas.

Pero Guayaquil, ay, está llena de don Augustos, pichas bravas que sienten que la homosexualidad de sus hijos (también de sus hijas, pero más de sus hijos) es una afrenta personal, una venganza, una traición, una violación a lo que consideran más sagrado en una sociedad: ser el macho, el hombre de Buchanan’s, el azote de las hembras. Ser, en resumidas, bien hombre.

Tú sabes perfectamente de qué hablo. Estás en el closet que es como si dijéramos sarcófago porque ahí te estás muriendo en vida, pudriéndote en los jugos de tu insatisfacción, de tu mentira diaria, de la pregunta sin respuesta ¿por qué me pasa esto a mí?

Y quisieras que no fuera así, restregarte la piel con piedra pómez hasta dejarla en carne viva, irte de rodillas hasta Cuenca, arrancarte las uñas con alicate, cualquier cosa, lo que sea, con tal de no ser eso que sabes que eres y que no vas a dejar de ser nunca jamás.

Uno es lo que es.

Lloras. Has escuchado muchas, demasiadas veces eso de “prefiero un hijo muerto a un hijo maricón” y quieres a tu padre (es tu papá, tu papito) y no soportarías su odio, así que prefieres matar esa voz —que es todo tu interior, toda tu alma, todo tu ser— y que te dice que te gustan los chicos, que siempre te gustarán los chicos, que eres homosexual.

Te casarás con una chica y tu papá se pavoneará en tu boda y en alguna conversación comentará el amaneramiento de alguno de tus invitados y dirá que gracias a Dios (porque ellos, ya lo sabes, siempre recurren a Dios) tú no le saliste una mariposa como esa loca y pobres padres los de tu amigo.

Él terminará su discurso con su mítica frase: “prefiero un hijo muerto a un hijo maricón” y sus amigos asentirán y tú, tú, que pasas por ahí escucharás el final de la sentencia y pensarás que sí, que hiciste lo correcto.

Pero tu vida será una farsa.

Y harás de esa mujer tu compañera en la desdicha.

Y nada de esto te pasaría si hubieras nacido -el mismo año que naciste- en otro lado. Pero tú naciste en Guayaquil, querido mío, y en esa esquina medieval del mundo a los Don Augustos se los elige representantes y se los premia y se los venera y se los sube a los púlpitos y hasta se los deja escribir columnas de opinión.

Su odio es tan infinito como su poder.

Pero, créeme, no estás solo. Somos muchos (no la mayoría, pero muchos) los que creemos en que el ser humano, mientras no haga daño a nadie, debe ser quien le dé la real gana de ser. Sé que piensas que nadie te entiende, pero estás equivocado: somos muchos los que creemos que tienes todo el derecho a ser exactamente así como eres.

Y daremos el grito al cielo cada vez que alguien diga la inmunda y violenta frase:

—Prefiero un hijo muerto a un hijo maricón.