Es una fiesta; colores, música, aplausos, consignas, serpentinas y picadillo lanzados desde el aire. Carros alegóricos con asistentes eufóricos, disfrazados, antifaces, globos … y 70 mil personas. Gays, lesbianas, travestis, transgeneros, bisexuales y heterosexuales. Todos reunidos para ser ciudadanos visibles, para pedir respeto, para gritarle a Bruselas y el mundo que no quieren más violencia, asesinatos o discriminación por parte de personas homofóbicas. Es el Belgian Pride, el desfile del orgullo gay. Sale a las dos de la tarde desde el edificio de la Bolsa de Valores bruselense y recorrerá las calles céntricas de la capital belga hasta las ocho de la noche.

Desde temprano en la mañana, se siente un ambiente de fiesta y juventud en todo el centro de la ciudad. A la Gare Centrale, estación de trenes, metro y tranvía, muy cercana al sitio de encuentro, llegan cientos de personas cantando y haciendo ruido para hacerse ver, hacerse sentir, hacer notar a la ciudad que hoy, es tomada por los GLBT. Llama la atención una veintena de personas mayores, en un rincón de la estación, cerca de las columnas. Llevan camisetas en las que se lee “Mi hijo es gay y acepto que nació así”, en inglés, francés y neerlandés. Son los padres de hijos homosexuales, que los aceptan y los aman, padres que en este desfile también piden respeto.

Poco a poco las calles aledañas a la Grand Place (Plaza Central) se van llenando de gente. Es 12 de mayo. Sábado primaveral. Con sol y cielo azul, despejado para recibir a miles de asistentes que vendrán de todos los rincones de Europa para una fiesta gay.

Curiosos, desde las terrazas de los cafés cercanos, algunos turistas, otros belgas, miran con disimulo a quienes se dirigen al desfile. Unos comentan, otros sonríen, unos pocos aplauden. El desfile ocupa varias calles céntricas de la ciudad. Hay protección policial y apoyo de la Oficina de Turismo para realizar esta manifestación, realizada en su décima séptima ocasión.

En el Boulevard Anspach, ya está montada la tarima. Una colorida bandera sirve de fondo para el escenario en el que se encuentran varios representantes GLBT. Antes del inicio del desfile se hace un minuto de silencio por Isahn Arfi, un joven marroquí homosexual asesinado en Lieja (quinta ciudad belga, cercana a la frontera con Alemania y Países Bajos) pocas semanas antes del Brussels Pride. Este hecho ha conmovido profundamente a la sociedad belga, pues esta es la primera víctima de un asesinato por homofobia en Bélgica.

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Al ser Bélgica un país considerado con avances en materia de derechos e igualdades de los GLBT (el matrimonio gay está legalizado al igual que las adopciones de niños por parte de una pareja homosexual), este crimen conmueve profundamente a los belgas, pues incluso desde 2003 la legislación belga considera la discriminación por la orientación sexual como un agravante en la comisión de cualquier delito.

Por ello, para este desfile los organizadores consideraron la posibilidad de cambiar el tipo de manifestación por una marcha silenciosa, pero la idea fue finalmente descartada y se mantuvo el espíritu alegre y festivo, pues consideraron que la mejor manera de protestar es haciéndose visibles. Y en silencio nadie escucha. Nadie ve. Y eso no es lo que sucede en este Brussels Pride. Desde los balcones, se asoma la gente para tomar fotos, cantar, escuchar la música y contemplar a todos esos personajes que se han tomado Bruselas; en los carros alegóricos, se leen los carteles de distintas asociaciones que luchan por los derechos de las minorías sexuales; hay hombres con vestidos largos, tacones y maquillaje, también se ven personas con el torso desnudo, con corazones pintados en el pecho, o con leyendas escritas en la espalda y en los brazos “Todos somos gays” o “Besos gratis”, chicas en bikini, disfrazados con alas de ángeles, trajes de conejo, un Peter Pan, algunos piratas… Mujeres que abrazan a mujeres, hombres de la mano de otros hombres, parejas del mismo sexo con un niño en brazos y otro caminando a su lado, adolescentes que ya se identifican como homosexuales, y lo reconocen ante todos, personas viejas, con los cabellos canosos y los rostros arrugados, algunas se escondieron durante muchos años, por vergüenza, por pudor, por miedo, y hoy se atreven a dejarse ver juntos: hombres con hombres, mujeres con mujeres. Y consignas… Decenas de consignas: “Jesús también tenía dos padres”, “Ciudadanos Visibles” en el titular de una cédula de ciudadanía con la foto inexistente, un simple perfil en negro, sin rostro, o “En Ghana, la homosexualidad es un crimen, ser gay, me hace un criminal?”, portada por un ciudadano africano, presente, como muchos, para protestar por la descriminalización de la homosexualidad en muchos países de África y Medio Oriente, “Stop la violencia contra los homosexuales”, y en medio, varias imágenes irreverentes, como la de hombres vestidos con el traje típico musulmán y bailando provocativamente o policías gays que decidieron hacer una asociación para defender sus derechos.

Las calles están inundadas de gente, esperando el pase del resto de los carros alegóricos de organizaciones, entre los que se mezclan carros representantes de distintas marcas “gay friendly”, pues en países como Bélgica, las empresas de marketing y publicidad aprovechan estos eventos para encontrar un nicho de mercado muy específico: los gays. Así, marcas como Jaggermaister o Ford se unieron al Brussels Pride. Y no son los únicos. Los partidos políticos también están ahí. Socialistas, verdes, liberales, todos con sus colores y sus consignas. Unos reparten caramelos, otros condones, otros broches, pero todos desfilan por igual, hasta que sucede algo que llama la atención de los asistentes. Uno de los carros alegóricos más grandes y vistos, el del partido socialista, se detiene entre dos calles, y se escucha el anuncio en la voz de un joven militante: “Demos la bienvenida a un hombre maravilloso que nos acompaña hoy: Elio Di Rupo”. Y ahí, el ambiente se alborota. La mitad derecha de la calle se vacía para acercarse hacia la izquierda, en donde se encuentra el famoso. Elio Di Rupo. Flashes, cámaras de video, micrófonos, y decenas de fans que se le acercan como si fuera una estrella de rock. Elio Di Rupo. Primer Ministro de Bélgica de 60 años. Abiertamente gay. Hasta su nombramiento la única presidenta europea abiertamente lesbiana era la de Islandia, Johanna Sigurdardottir. Se convirtió en la estrella del evento.

Mientras, el desfile continua. La fila de carros alegóricos es larga. La gente está llena de energía. Posan para las cámaras de fotos, se dan besos, se abrazan, muestran sus trajes, entregan publicidad de los sitios gay en Bruselas. Es que después del desfile habrá fiesta. Más fiesta.

Pasa una mujer con el velo característico de los musulmanes. Se asusta ante el espectáculo del desfile. Tapa los ojos a la pequeña niña que la acompaña mientras murmura algo en árabe. No le gustó lo que vio. Pasa una pareja de retirados. Hablan con acento británico. Se indignan también. Ella prefiere mirar al cielo, para no enterarse de lo que pasa en la tierra. Pasa un grupo de monjas. Una de ellas mira como dos hombres se besan. Se asusta. Todas se santiguan. Continúan la marcha acelerando el paso. Para no ver. Es lo que pasa. Muchos no quieren ver una realidad que existe. Personas que viven distinto a lo tradicional, a lo hasta ahora normal, a lo que hemos conocido como parejas, como familia. Hoy, las cosas han cambiado. La gente ya no quiere esconderse por ser de otro país, por no estar de acuerdo, por ser joven o vieja, por tener una religión distinta o una pareja del mismo sexo. Ya nadie se quiere esconder. Y tampoco podemos taparnos los ojos por mucho tiempo. Hay personas que no creen en nuestro dios y ciudadanos que no le votan a nuestro candidato, hay gente que no le gusta nuestra opinión y gente que quiere que nuestro equipo de fútbol pierda. Y hay hombres a los que les gustan los hombres y mujeres que a las les gustan las mujeres. Y otros a los que les gustan los dos. Es así, y no podemos negarlo. No podemos no mirar toda la vida.

Hace dos años, como reportera de un canal de televisión, cubrí el desfile del orgullo gay en Quito. No eran ni cien personas. No había representantes de partidos políticos, no había marcas auspiciantes ni oficina de turismo que respalde el desfile, no había Elio Di Rupo ni fotos ni colores. No habían 70 mil personas.

Eso sí, alrededor, muchos miraban al cielo o se santiguaban o tapaban los ojos a los niños. Porque lastimosamente en Ecuador, aún preferimos no mirar, cerrar los ojos con fuerza, como si así, como por arte de magia, desapareciera, la realidad desconocida, la que no nos gusta, la que nos asusta.

No me gustan los discursos extremistas, exagerados, idealizadores, los que son casi odas exacerbadas de una u otra cosa. He escuchado muchas odas exacerbadas sobre los gays, como si fueran héroes. No creo que lo sean, como tampoco creo que lo son los heterosexuales, porque de hecho, el mundo no se divide en esas dos categorías. Todos somos seres humanos, y por esa simple razón merecemos ser vistos, ser escuchados y ser respetados.

70 mil personas gritaron, cantaron, bailaron, desfilaron para ser vistas, para hacer escuchar su voz en este desfile. Gritaron por los gays asesinados en Ghana o los gays mutilados en Medio Oriente. Dieron voz incluso a los que ya no están como Isahn Arfi. 70 mil estuvieron presentes. Aunque otros se sigan tapando los ojos o los oídos… o el cerebro.