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@arduinotomasia

“A diez a diez, la cola a diez”; “¡Vea sin compromiso!”; “¡Mire mire, lleve lleve!”; “¡Dale click y llévate la cachina de Gkillcity.com!”; “[Hay otro Guayaquil] más allá de los adoquines de las zonas regeneradas”; “Habla espesa”; “Yerbabuena, ruda, perejil”; “Huecas pepa”; “Lleva dinero, no tanto, ya que si quieres comprar algo, en la Bahía es más barato”.

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No me hago cargo sólo de lo que afirmo: me hago cargo especialmente de las preguntas que trazo. Más aún si son preguntas a las que sólo puedo responder con un mero balbuceo. Interrogaciones que formulo en este espacio digital que se vale de «lo popular» como elemento transversal para la construcción de una propuesta alternativa. A esto último se le puede dar una lectura inversa: una página que es alternativa precisamente por –entre otras cosas- haber incorporado a lo popular como elemento constitutivo; por haber integrado gestos de «lo guayaquileño» de una manera tal que parece evocar un sentido esencialista. Pero, ¿quién o quiénes hablan, entonces, por lo popular? ¿En qué términos se da su incorporación en el discurso y en proyectos como este?

Debo dejar claro, antes de proseguir, que este no es un intento de demoler las iniciativas y los experimentos sociales y culturales. No es así porque se trataría, ante todo, de una contradicción; y porque, para ponerlo en palabras de Ortega y Gasset, yo también aspiro “a evitar estupideces, por lo menos las más gruesas y palmarias”. Este es un intento de ir planteando -al tiempo que se trabaja- preguntas necesarias sobre lo realizado, sobre el enfoque y el método. Porque para construir es a veces (¿siempre?) necesaria una des(cons)trucción parcial o completa.

Varios casos para el análisis. Uno de ellos, el Observatorio Cultural Urbano (http://www.ocu.ec/): un proyecto universitario que “pretende mostrarte el Guayaquil que está ahí afuera, en el sabor de las calles, en el calor de las tardes, en los rasgos de su gente”. Con ese tono se levanta el OCU, saturando la estética de su página web con colores, imágenes, con personas realizando actividades de comercio minorista informal:

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¿Qué lectura darle a este caso? Reformulo: ¿qué traduce el que sea esto una producción desde la academia? Me aproximo desde Bourdieu, quien ya había advertido sobre el sesgo intelectualista de pensar que lo que ocurre en la cotidianeidad, “en el sabor de las calles”, se trata de una serie de signos esperando a ser interpretados. Aproximación que, en este caso, es acertada. Es por ello que el OCU llega al punto de afirmar que para comprender a la Bahía es necesario «acercarse a su gente para lograr comprender como funciona lo que parece que ha estado ahí desde siempre» (sic).

No es mi interés restarle importancia a este proyecto en particular; el cual, creo yo, hace una labor importante en términos de trabajo de campo, pero que en su análisis y tratamiento de datos contiene aquel sesgo intelectualista.

Y GkillCity.com no se aleja de estas lógicas, aunque exista una evidente y profunda brecha con el OCU, al no tratarse ésta de una iniciativa que viene de la universidad; al contrario, nace pensada y gestionada por ciudadanos. Esto debe ser desmontado por su vacuidad: ¿cuáles ciudadanos? Estudiantes, abogados, sociólogos, psicólogos, politólogos, poetas, escritores, videoastas. Gestionada, entonces, por ciudadanos de ciertas características. ¿Importante recalcarlo? Así lo creo. ¿Por qué? Por sus efectos inmediatos: esto se traduce en la existencia de restricciones a lo publicable: “las únicas restricciones son las referentes a la calidad y fundamentación de los textos”, dijo Xavier Flores (si usted puede leer esto, quiere decir que pasé la prueba) en una crónica realizada por Silvia Buendía. Crónica cuyo título puede dar cuenta del punto en cuestión: “Gkillcity, un kibutz intelectual”.

Pero un Kibutz que dialoga con lo popular: desde los nombres de los enlaces hasta el intento de definición de la línea editorial. Todo escrito con soltura, diciendo las-cosas-como-son (esa nueva “onda” que se refleja también en los textos de escritores locales): “la pipol”, “chongo cultural”, “¿cuál es la voz?”, “Huecas pepa de Guayaquil”. Y que también se vale de ilustraciones que recogen lo cotidiano, lo que está ahí en las calles.

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Incorporaciones de lo popular que comienza a expandirse hacia otros territorios, que empieza a atravesar otras esferas. Como el caso de diario El Universo, de propiedad de una élite económica guayaquileña, que montó dos proyectos: “Guayaquil a contraluz” y “El otro Guayaquil”; proyectos con el fin de “mostrar a colectivos a veces incomprendidos, otras veces desconocidos”, por lo que se establece un espacio para “narrar una parte de Guayaquil que merece conocerse”, y que está más allá de los adoquines de las zonas regeneradas.

Tres casos. Tres propuestas orientadas hacia distintos fines, pero que incorporan un diálogo con un elemento en común. Diálogo que se establece y se expande pero que merece poca atención para el análisis, que es lo que intento plantear aquí a manera de interrogaciones para las cuales tengo más preguntas que respuestas: ¿Quién habla? ¿Quiénes son los sujetos que interpelan a lo popular? ¿Quiénes montan los proyectos? ¿Entre sus miembros se encuentran el pastelero, el comerciante minorista informal, el colero, el bollero, el cevichero? Cambio de ruta: ¿cuáles son las condiciones sociales que producen esta acogida de lo popular?

Debe plantearse. Y lo escribo por lo que veo: proyectos que terminan con la exotización de lo «propio», de «aquello que parece haber estado ahí desde siempre», y que por ello deviene caricaturización. Quizá producto de lo que Gayatri Spivak llama atribución de los fantasmas que el sujeto tiene sobre el objeto de análisis.

Debe plantearse para saber el lugar desde donde se habla, para poder identificar y desmontar propuestas y discursos que vienen incluso –especialmente- de este “kibutz intelectual”. Debe plantearse por parte de las personas que montan ese (este) tipo de proyectos: porque cuando se cree estar analizando la realidad, se corre el riesgo de terminar analizando los propios fantasmas.

Reviso las páginas web de los tres casos mencionados, doy vueltas entre links, y me detengo a leer las preguntas que he planteado. Y me encuentro, como al inicio, preguntándome una vez más: ¿quién defiende «lo popular»?

Arduino Tomasi