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@arduinotomasia

Dicen que es un error. Que es siempre apresurado. Y que uno debe afrontar lo inmanente de la impermanencia (del cuerpo), que uno debe diluir el propio instinto de la autodestrucción, aun cuando se requiera ir sorteando saltos erráticos a lo largo de ese caos de acontecimientos desarticulados que llamamos tiempo y cotidianeidad. Aun cuando la vida consista en patadas secas y groseras a la garganta. Y sé muy bien que se reprochará a quien ose escribir sobre esto, porque consistiría –me dirán- en una contradicción flagrante. Quizá tengan algo de razón. Quizá por eso escribo estas líneas como si estuviesen imbuidas por una vibración de muerte.

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Y recuerdo el conocido texto de Borges “El Biathanatos”, que recoge el pensamiento del poeta John Donne y sus meditaciones en torno al suicidio; mencionando casos del self-homicide que van desde las abejas (quienes, de acuerdo al Hexameron de Ambrosio, “se dan muerte cuando han contravenido a las leyes de su rey”) hasta Schopenhauer (con su pregunta: “¿es el monólogo de Hamlet la meditación de un criminal?”, y –añadiría yo, retornando a sus estudios sobre pesimismo- con su dardo: “But from a mistake to a crime is a far cry”). Pensamiento de Donne que finaliza con el retrato del suicidio de Cristo, combinada –nos cuenta Borges- en los pasajes: “doy mi vida por las ovejas” (Juan 10:15), la «curiosa locución “dio el espíritu” que usan los cuatro evangelistas para decir “murió”», y cuando Cristo afirma: “nadie me quita la vida, yo la doy” (Juan 10:18).

Como es de esperarse, se piensa que el sólo hecho de señalar la última perspectiva es de por sí blasfematorio. Quizá por lo que implique –insiste Borges-: de ser así, recordando que todo ocurrió bajo la mirada omnisciente del Padre que sabía que tendría que ver a su Hijo morir en la cruz, el hecho mismo de la creación, desde el polvo del que fue formado Adán hasta las oleadas de hombres sacados de la nada para destruirlos; desde la madera que brindaron los árboles para construir la cruz, hasta las espinas que produjeron las plantas y que sirvieron para formar una punzante corona, todo ello se movilizó para la realización perfecta del suicidio de Cristo. La carga blasfematoria de la idea del Biathanatos, contenida en una sentencia: «La de un dios que fabrica el universo para fabricar su patíbulo».

Porque el suicidio no es un tema inexplorado. Es recurrencia y remolino incesante. Donne y Borges lo sabían. Y el no paso al acto no nos imposibilita el poder reflexionar sobre ello. Pero escribo y es como si jugara al prestidigitador manco que pretende narrar y buscar con elocuencia de trapecista la naturaleza del suicidio. Suicidio que hoy se señala como crimen, sin intuir y sin aproximarse siquiera a la carga de vida que subyace en el posterior acto de (darse) muerte. Carga de vida insoportable que apesta en cada poro. Y si ha de hablarse de la inestabilidad del sujeto violentador de su vida, señálese la inestabilidad como se señalaría a esa estrella hinchada de tiempo a punto de estallar.

Escribo más allá del crimen y del bien y del mal. Esquivando el esbozo de argumentos a favor y en contra, y sin hacer de esto un recuento histórico entre la heteronomía y la emancipación del (en el) sujeto. Escribo esto para objetivar, como esclarecimiento propio, chupando un cigarrillo y soltando bocanadas de un humo que siento espeso.

Pero afrontando el error, ese sí, de pensar que el tiempo puede caminar con pies inmaculados de barro, sin dejar como rastro el peso sisifesco del pasado y sin profetizar la angustia del futuro incierto. Poniendo a la relación dialéctica entre el ser y la muerte como el ancla que hace de camisa de fuerza, y en torno a lo cual gravitan los movimientos del sujeto. Y dejando de estirar la mirada hacia la nada en un burdo intento de percibir al vacío como un todo potencial. Angustia, desesperación, orden, lógica.

¿Cómo no me suicido frente a un espejo y desaparezco para reaparecer en el mar donde un gran barco me esperaría con las luces encendidas?, se preguntaba Pizarnik, quizá con palabras enronchadas por la misma vibración de muerte, más allá del error posible, del bien y del mal, intentando diluir el instinto de la autodestrucción.

 

Arduino Tomasi