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@KarlaMoralesR

Un estadio es a los hinchas lo que un espejo a nuestro reflejo: nos calca, nos define, nos salva o nos condena. Entiéndase salvar, por alegrarnos la semana y condena porque fácil, si el equipo pierde, nos caga la vida (al menos hasta la siguiente fecha del campeonato). Bueno pues, si lo que uno quiere es calcar a un guayaco y cachar que lo mueve, se va a un clásico. Y yo fui.

No es la primera vez. Sin embargo, cada encuentro del astillero se siente diferente. No solo porque es un ejemplo de matemáticas y del buen uso del endemoniado Baldor, pues si algo saben los eléctricos y los toreros es llevar las cuentas de las veces en que pisan el césped juntos. Sino que también te permite, descubriendo cada rostro, darte cuenta de que hay personajes invisibles, que también son hinchas, y con quienes solemos mantener los diálogos mas precisos y cortos. La interacción con ellos se limita a:

-“cuanto vale”,

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-“Deme $1”,

-“Tssss dame, dame, estas haciendo tus navidades”.

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Ellos, los que vemos y no vemos, son los informales del futbol. No existe un Municipal que los reprima pero al cabo que ni lo necesitan. Las miradas inquisidoras y su oficio, durante 90minutos, son los peores verdugos. El tolete es bien reemplazado por un empujón y el infaltable: “avanza, avanza chucha”. La mayoría, por el calor del momento, no alcanza a notar que a quien empujan e insultan suele ser un niño. Un enano flaco que mira despabilado a otro de su edad bien resguardado por un papá con ínfulas de superhéroe o que mira a los jugadores como soñando ser uno de ellos. ¡Cabrona vida que los priva de esto! Cabrones nosotros que somos cómplices de ello y no nos fijamos en que estos pequeños vendedores ambulantes son la imagen física del sector informal, ese sector que en La Perla parece no tener derechos.

Ahora bien, en este clásico hubo algo que me llamo aún mas la atención: de 5 niños chicleros que vi, 3 eran niñas. Parece ser que la agilidad y creatividad que requiere la economía informal, le calza más al genero femenino. Las mujeres son las que reúnen mas frecuentemente estos “talentos profesionales”, en virtud de la discriminación sexual y social de la cual son objeto y que las entrena, desde su infancia, a cultivar las habilidades necesarias para vivir pese a los espacios limitados que la sociedad les asigna. De hecho, es de notoriedad pública que la participación numérica de las mujeres y niñas en el sector informal supera a la de los varones.

Repito: no hacen falta toletes en donde sobra la indiferencia. Solo dos personas, de las muchísimas a las que lograron venderles sus poco surtidos e idénticos productos, los trataron con algo de afecto. Se que a un estadio no se va a dar mimos (aunque hay cada cariñosito) pero el trato humano no es susceptible de dejar en casa cuando te pones la camiseta de tu equipo.

Mientras con un ojo veía el penal (uno de los tres que debieron pitarnos) mi otro ojo veía al pequeño vendedor que por dos minutos sólo pensaba en lo mismo que yo: un gol. Se me hizo inevitable no entrar en una veta de rabia y recordar a los niños que construyeron el estadio de la Commonwealth en Nueva Delhi. Les pagaban $3 por el día y les prometían pan y leche. Tenían entre 2 y 7 años, la situación a la que estaban sometidos era infrahumana y más de 45 de ellos murieron cumpliendo su jornada diaria. No pasa con los nuestros, pero el encabronamiento se asemeja.

La situación de los informales en Guayaquil es caótica y en ella prima la violencia, esa misma violencia que el cabildo dice rechazar. La situación de los derechos de los niños en el Ecuador es igualmente preocupante, especialmente si tomamos en cuenta que, de acuerdo a encuestas, la mayoría de niños y niñas trabajadores asegura estar en las calles por ayudar a su familia en donde usualmente falta el padre o -de tenerlo- no es quien soporta la carga de la economía familiar. Según estadísticas del portal “Ecuador en Cifras”, hasta el 2006, existía una ausencia de padres a hijos equivalente al 61,44 % a nivel nacional. Si comparamos la encuesta con las estadísticas, el resultado es escalofriante en una realidad social como la nuestra.

Lamento no tener una historia feliz que contarles sobre este clásico. Cuando me invitaron a escribir este texto el lineamiento era vivir el partido desde una cabina, eso es sencillo de escribir: te sientas en un cuartito donde a duras penas caben 3 pero ingresan 8, te mueres de calor, tienes prohibido emitir cualquier sonido porque están “al aire” y, la plena, no ves bien a través de un vidrio. Afuera, en el balconcito, están los que no tienen cabina, los que están descansando y algunos camarógrafos. Allí se habla en criollo. Se vacila a una que otra voluptuosa y se pasan 90 minutos entre saludos, opiniones y halagos de colegas. En conclusión: allí se hace futbol pero no se lo respira.

Acá, con mis acompañantes, descubres otro mundo. Ves otro partido y entiendes que la vida, así como te regala a un Diaz y a un Quiñonez para que te alegren o emputen, también te estrella y te grita que en el lugar menos pensado, a donde vas a sacarte el día, hay niños y niñas que simplemente tuvieron menos suerte que tu.

Metimos el gol, Mina logró dibujar una sonrisa en mi compañero, quien, como todo trabajador retrasado, agarró presuroso su mercadería y empezó a caminar entre la gente, no sin antes anunciar su paso tronando las cajas de chicles y gritando “cigarrillos, cigarrillos”. Que sabrá él de que su cansancio es responsabilidad de sus clientes. Esos que ni lo notan.

Karla Morales

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