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Quien lo mira de lejos, presume que Portugal es un país triste, traumatizado y conservador. Lo de triste, viene por cuenta del fado, que se conoce como una música lastimera (pura mala fama), lo de traumatizado por los años que vivieron en dictadura (lo llevan bien) y conservador (porque el Papa tiene más fanáticos que el Benfica).

Una vez acá, escuchas fados divertidísimos que provocan carcajadas, te das cuenta de que las imágenes de gente de eterno luto –el aparente uniforme de los portugueses durante la dictadura- hace tiempo quedó atrás y que hasta son el país más liberal de Europa en un rubro: la legislación sobre la droga.

Olviden a Holanda, que allá no es que la mariguana sea de venta libre como los chiles, simplemente los coffee shops lo son. Es decir: la venta está legalizada en esos locales, que tienen autorización y registro. A partir del 1 de mayo, por cierto, entra en aplicación una ley que prohibirá la entrada de turistas a esos locales, que serán más controlados.

En Portugal, desde 2001, se abolió la criminalización de la posesión personal de drogas: mariguana, cocaína, heroína, metanfetamina… Es decir, si un policía te encuentra con un paquetito de cocaína no te va a llevar a la cárcel: te va a mandar a consultar a tres profesionales, un psicólogo, un trabajador social y un asesor legal para que te recomienden una rehabilitación. Si lo aceptas, bien. Si no, no hay problema, pero igual tienes multa porque has cometido una infracción. La lógica es ofrecer servicios de salud y no estadía en las cárceles.  Y hay un tercer componente: la educación. Desde 2001 en las escuelas y colegios se abrieron espacios para discutir el tema drogas, en un esfuerzo de prevención que va más allá de los comerciales de televisión y los afiches.

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No es difícil imaginar la polémica que precedió a la ley. En los archivos digitales de los diarios locales hay entrevistas con personajes que denunciaban que el país se convertiría en un punto de turismo de drogas (“Sol, playa, y cualquier tipo de droga que desee”, dramatizó entonces un diputado) y que el problema del consumo de drogas duras aumentaría.

¿Cómo llegaron hasta aquí? La historia da escalofríos: había un barrio en Lisboa, Casal Ventoso, donde los adictos se paseaban como en escenas de ‘The Walking Dead’ y encontraban todas las drogas posibles. Le decían “El gran supermercado portugués de la droga”, por la variedad de la oferta. Un número cada vez mayor de adolescentes se inyectaba heroína. El VIH y la hepatitis C aumentaban. Las crónicas del pasado dan una imagen de Lisboa que hoy parece una mala broma. No fue hasta que comencé a investigar para esta nota que supe sobre Casal Ventoso, cuyas cuadras más emblemáticas fueron demolidas.

Hace tres años, en abril de 2009, el Instituto Cato, publicóDrug Decriminalization in Portugal: Lessons for Creating Fair and Successful Drug Policies, un reporte sobre los resultados de los primeros cinco años de la aplicación de la ley. ¿Qué decía? Que el uso de cualquier tipo de drogas entre los adolescentes había disminuido (de 14.1% a 10.6%) y que entre los adolescentes entre 16 y 18 años, el uso de heroína había pasado de 2.5% a 1.8%. Los niveles de nuevas infecciones de VIH causadas por compartir agujas cayeron a 17% y las muertes causadas por sobredosis se habían reducido a la mitad.

Lo que aumentó fue el número de personas tratándose por adicción: de 6 040 a 14 877. Así, el dinero ahorrado en cárceles y afines fue dedicado a aumentar los fondos de rehabilitaciones gratuitas. Y los policías se pueden concentrar en los ‘peces gordos’ a quienes, imagino, no les debe estar yendo tan bien con ese cambio en el mercado.

En el mismo informe se afirmó que entre los mayores de 15 años, solo 10% de los portugueses han probado mariguana (en EE.UU. esa cifra ronda el 40%).

En las últimas semanas el debate sobre las drogas ha saltado en varias páginas de diarios y revistas. Desde la portada de Gatopardo, donde Gael García Bernal menciona una reunión en Brasil con un grupo de ex presidentes que quiere legalizar las drogas blandas, hasta los diarios de México, donde se cuestiona la guerra que desde la Presidencia se organizó contra los cárteles, elevando las cifras de una violencia que ya era brutal. Eso, sin contar los análisis sobre el caso estadounidense, donde la prohibición parece incentivar el consumo.

Sería una buena idea que se estudiase con atención el caso portugués. En sus tres ejes: que la posesión deje de ser un crimen, que la rehabilitación sea incentivada y que la prevención se instale en el sistema educativo, para discutir el tema en clases. Lisboa no está llena de carteles de ‘Dile no a las drogas’, pero algo bueno se cocina en las escuelas.