Me despido de mis amigos quiteños con fuertes abrazos. Son esos abrazos que se dan con satisfacción porque sabes que no volverás a ver a esas personas hasta después de mucho tiempo. Me separo del grupo. Con cuatro pescuezudas en mi estomago circulando hacia mi torrente sanguíneo, camino hasta mi automóvil parqueado a unas cuantas cuadras del cerro Santa Ana, alejándome de La Taberna, esquina cervecera ideal para tomarse unas bielas entre semana en Guayaquil.

Tal como en las veredas cuando caminaba, las calles están solas, tristemente acompañadas de la silenciosa luz de los faroles. Como reyes de la vías, cinco carros transitan el desértico asfalto de la madrugada haciendo caso omiso de los Pare, la luz roja y los límites de velocidad. Lo mismo hago yo creyendo que si freno en cada esquina, de las sombras saldrá algún personaje urbano con su calibre 9mm a robarme lo poco que tengo. Pienso aquello y maldigo la paranoia mediática que mastico cada vez que almuerzo.

De chico crecí embobando mis neuronas viendo mucha tele basura. Pero un día, cuando hacía el rutinario zapping me detuve en una película en blanco y negro donde aprendí que la luna llena era capaz de convertir a un hombre en lobo. Entonces me obsesioné con la luna y traté de comprobar si podía transmutarme en lobo, con el paso de las semanas me di cuenta que no servía de nada pararme por las noches en la terraza. Años después, todavía inocente, escuché que unos hombres de blanco en las calles, llamados vigilantes de transito, eran capaces de transformarse en gallinazos. ¿Gallinazos, dije yo? Si, aparentemente bajo la mirada de la luna y del sol dejaban de ser hombres y se convertían en carroñeros negros en espera de una presa; de aquel infractor de las leyes de transito que es “ayudado” por el oficial de turno.

Pues era mentira, mi experiencia luego me enseñó que no se transformaban en aves. Cuando aún era novato al volante, tuve mi primer encuentro con uno de ellos, observando que el entonces oficial barrigón se transformaba en un lobo regordete que me ofrecía su ayuda para no multarme por no usar el cinturón de seguridad. Mi inexperiencia me metió un autogol ya que luego me enteré que terminé pagando al oficial más de lo que costaba la citación.

PUBLICIDAD

Los vigilantes, como los lobos, hacen uso importante de la vista y del olfato, características necesarias para capturar una buena presa. Si no estás limpio resultan agresivos. Cuando ponen el ojo a tu carro y tienes algo que temer te lo sacarán con la frialdad de sus palabras y de su mirada. Si no funciona entonces siempre está el infalible olfato, respaldado por la prueba de  alcoholemia para confirmarlo.

Trabajan solos en el día dizque ordenando el caótico tránsito de Guayaquil, pero ven mejores réditos cuando cazan en manada por las noches. Se instalan en las calles, mínimo, cinco oficiales con dos patrulleros que aúllan silenciosamente en tonos azules y rojos. Prefieren atacar a los más jóvenes, pues son más fáciles de capturar producto de su nerviosismo.

Se establecen y defienden su territorio marcándolo con unos conos rojos. Tienen una estructura social muy jerarquizada y muestran sus insignias en su vestimenta para informar su jerarquía. Cada grupo –o manada- está liderada por un superior que suele estar en el patrullero y es quien autoriza o no la “ayuda” al infractor y además guarda las ganancias de la operación.

A semejanza de los buitres, estos lobos cazan a sus víctimas con la táctica de la espera, a veces por necesidad y muchas veces por la codicia de obtener dinero fácil. Estos lobos son vigilantes de oportunidades; en aquella boca donde a lo mejor no hay embriaguez pero si hay olor a ron, cerveza, vodka, whisky, o todo lo que sabe a diversión e infracción, ellos huelen y saborean lo aromático y dulce de la corrupción.

Aprendí que no necesitan de luna llena. No importa si el satélite planetario adorna el misterioso cielo ya sea con su perfil medio o menguante, no importa si llueve, si el viento hiela hasta las venas o si el calor nocturno quema hasta los huesos. No importa nada de eso, de todas formas se convierten en lobos sedientos de oro verde.

Sabiendo que he cruzado la frontera de la ley al pegarme más bielas de lo permitido, me abstengo a tomar la calle en dirección a los túneles, guarida estratégica de los caninos en busca de dólar. Agarro el desvío hacia el cementerio. Tal como me lo imaginaba no hay carros, no hay persona, no hay animales. Lo mismo en la Av. Pedro Menendez Gilbert hasta el puente de la Unidad Nacional por donde transito con tranquilidad y seguro hasta agarrar la curva de entrada a Pelucolandia, con destino a Samboronbronx a.k.a Entrerios, donde no todos los que viven son pelucones.

A unos 10 metros después de terminar la curva, ya en la Ave. La Puntilla, sin calles transversales por donde escapar, a lo lejos aparece en mi parabrisas esta manada de lobos deteniendo cuánto carro pasa por ahí, por el único camino obligatorio a cruzar. Es muy tarde, estoy en problemas.

Nunca se paran ahí, me digo. Siempre se toman la calle unos 100 metros más al fondo, a la salida de la zona discotequera, después de la intersección que tomo para girar a E n t r e r i o s. En mi mente pido un milagro al Dios en que dejé de creer hace mucho tiempo, sabiendo que no va a hacer nada por mí para salvarme de esta. Pienso en mi abuela que tantas veces me repite “pide al Señor y a la Virgen para que no te pase nada malo”. Se que va a pasar algo malo, mi hálito me lo susurra.

Avanzo lentamente. Me sorprendo de la fría tranquilidad que domina mi cuerpo, sé que si me paran lo más probable es que termine la noche en una celda porque lo que tengo para la milagrosa coima es patético. Trato de acordarme del Padre Nuestro pero es en vano.

Veo que paran un carro y el siguiente lo dejan pasar, paran a otro y el de atrás lo dejan cruzar. Ruego no ser uno de los elegidos. Si es por azar me detendrán porque han parado al auto que está adelante del carro que está al frente mío. Maldito Volkswagen, no debí dejar que me rebasara en la curva. Sorpresa: lo detienen también. Creo haber leído en los labios del oficial “A su derecha”. El carro alemán blanco camina como un niño castigado hacia la diestra, al fondo otro vigilante se le acerca.

Por el parabrisas veo la palma derecha de la autoridad que me hace la señal de pare. Una mano es más poderosa que un letrero en rojo, aplasto el freno.

– Buenas noches, licencia y matrícula por favor.

Mi licencia salta de mi mano a una mano fría en la que nunca se ha posado antes. Mi licencia tiene miedo, mi mano no.

Abro la guantera. Cuando voy a buscar la matricula entra por mi ventana una voz áspera que me dice “sople”. No alcanzo a coger el documento, tengo que soplar a una cara negra como el cielo que observa atenta la situación acompañado de unas suaves nubes.

– ¿Ha estado bebiendo, señor?

– No le voy a mentir. Si. Me he tomado una cerveza y media, lo permitido por la ley – ni cagando me cree esta mentira, pienso.

– Póngase a la derecha.

Me cae mal esa frase, cuando tomo me pongo ideológicamente izquierdoso y este cabo me dice póngase a la derecha. Sé que ese es su rango por que no tiene la mirada intranquila de un vigilante raso, de esos primerizos, y además porque veo en su manga derecha una raya para abajo, la insignia delatora.

– Tenga la bondad de salir del auto que le efectuaremos la prueba de alcoholemia.

No sé porque apago el carro y no insinúo que me ayude.

Me bajo y voy pisando los pasos del seguro caminar del oficial. Eso demuestra que estoy bien, para qué me van a hacer la prueba, pienso convencido de que el problema me lo ha creado él y no yo por beber y conducir.

Dice que me quede junto al carro mientras él se acerca a dialogar con un oficial cuya abultada barriga evidencia que es de un rango superior. Veo su insignia en forma de V para confirmarlo, es un Sargento Primero.

Se acerca, me ve y mira mi suzuki rojo y viejo antes de decir palabra. Llega a mis oídos su voz baja pero paternal, cargada con un tono de confianza como de dos amigos que han pasado por las malas y las peores.

– ¿Cómo vas a ir a tomar? ¿Cuánto tomaste?

– Tomé una cerveza y media, menos de lo que permite la ley, 0.8 grados.

– ¡Qué ocho grados, la nueva ley dice que no puedes ingerir ni una gota! A ver sopla.

Soplo.

El sargento con cara de quien ha olido un pedo.

– ¡Qué vas a tener una cerveza y media, tienes muchas más!

Él y yo sabemos que su afirmación es verdad, pero me molesta la exageración de su cara.

– Porqué le voy a mentir, le estoy admitiendo que he tomado un par de bielas pero no estoy ebrio ni represento un peligro. Míreme, estoy bien. Además vivo aquí al frente, ya estoy llegando y no paso de los ocho grados.

– Vente, vente, vente que te voy a hacer la prueba de alcoholemia.

Nos acercamos a la camioneta. Él saca un maletín plateado, lo abre y veo un pequeño aparato más o menos del porte de una calculadora grande, también veo que la situación ha entrado a otro nivel.

– ¿Me va a hacer la prueba de alcoholemia?

– ¡Claro, estás que hueles, esto es en serio!

– ¿Y qué pasa si la hago y sale?

– Te llevo ahorita mismo a la prevención y los jueces de transito dictaminarán el lunes tu sentencia, ¿!Qué crees que esto no es serio!?

– No sea así pana, mire que vivo aquí nomás.

– ¿Qué pasa en tu casa si te sale positivo? ¿Te arman un relajo?

– Claro, pero lo peor es que ni siquiera mis padres, mis tíos. Yo no vivo con mis padres, ellos están en España (miento). Míreme, no soy un pelucón, no tengo un carrazo (verdad). No quiero dar dolores de cabeza a mis tíos, peor a mis padres. Míreme que estoy bien- palabras no dichas por mí, expulsadas por algún ser extraño, extremadamente sereno y confiado de que no iba a pasar la noche encerrado en paredes que no sean las de mi cuarto.

– ¿Y cómo lo solucionamos entonces?- me dice no un vigilante barrigón, un lobo bonachón que mira a un costado y no a mis ojos.

– No sé, ¿cómo?

– ¿Qué tienes? Moviendo la mano a disimulo de caridad.

– No sé, le doy todo lo que tenga.

– Vente para acá.

Me lleva al otro lado del patrullero. Reacción mecánica de lobo, como queriendo protegerse de la mirada de su conciencia y no ensuciar más ese uniforme desprestigiado ya que en ese momento la calle hacía honor a la madrugada al estar completamente vacía.

– No es mucho lo que tengo.

No dice palabra, observa de reojo mi billetera mientras la abro.

Mi billetera está anoréxica. Mi licencia que se posa en la mano peluda de este carnívoro se asusta al ver que solo hay un billete con la cara de Washington.

– Si fuera platudo le daría más- digo mientras abro el cierre del monedero.

Mi cara en la foto de la licencia hace una mueca que mi rostro no hace. Mi cara en la foto de la licencia sabe que estoy perdido a pesar de que estoy buscando monedas. Mi cara en la foto de la licencia se resigna y se visualiza tras las rejas al ver que saco tres ayoras de un dólar, una de veinticinco y cuatro de un centavo.

– Es todo lo que tengo…

El lobo-vigilante mira mi mano con cara de quien ha puesto todas sus esperanzas en un guachito de lotería y no ha ganado. Levanta la mirada, observa que mi cara está demasiada serena. Me observa segundos interminables donde decide su veredicto. Alza su mano peluda, mira mi licencia que tiene la misma expresión tranquila; y como tendero que quiere salir ganando, poco, pero ganando, libera mi licencia a cambio de mis centavos.

– Ándate, ándate.

Le doy la espalda, con paso lento avanzo hasta mi auto, abro la puerta, la cierro, me siento, meto la llave en el switch, enciendo el carro, embrago, pongo primera y arranco. Llego en tres minutos a casa, parqueo.

Mi libertad vale cuatro dólares con veintinueve centavos, digo para mí.

Veo que la guantera sigue abierta, sin ver meto la mano para buscar la matricula, mis dedos sienten un pedacito de plástico cuadrado, lo saco. No es el documento vehicular, es una cartilla plastificada con la imagen de la Virgen que meses antes había dejado allí mi abuela.

Esa noche traté de recordar el Ave María pero mi escepticismo me puso realista, no sirve de nada. Esa noche dormí con dolor de cabeza y soñando que mi abuela rezaba por mí.