¿Para qué sirve una estatua? ¿Para honrar a un muerto? ¿Dar abrigo a pájaros callejeros? ¿Llenar las plazas públicas con el mismo sentido estético con que se cubren las paredes con cuadros que se ajustan al espacio?

Hay que estar de vacaciones para hacerse tantas preguntas inútiles. Y así estaba yo, de vacaciones, como estás cuando solo tienes una maleta y, aunque sepas que vas a vivir en ese país, tus cosas -tu casa- aún no han llegado.

Caminaba por la Avenida da Liberdade cuando me encontré con la estatua de un hombre en uniforme, con una espada en la mano y un pergamino en la otra. Me acerqué a ver la placa y decía: ‘A Simón Bolívar, El Libertador, Héroe de la independencia sudamericana’. Pero Bolívar no se parecía al Bolívar de los cuadros. Era bajito, como cuenta la leyenda, pero regordete. Y su cara, su cara era copiada de la de Francisco de Miranda, la de aquel retrato en el que su cabello aún es negro y corto.

Como está cerca de la estación Avenida del metro, me cruzo con Bolívar cada vez que paso por esa zona. Y cada vez le encuentro parecido con algún personaje, pero nunca con Bolívar. A veces me parece que el peinado se lo copiaron a José Luis Rodríguez, El Puma. Otras veces, que su mirada es igual a la de Vladimir Putin. Alguna vez me pareció que tenía la quijada de Lord Byron. Pero siempre vuelvo a la teoría de que el escultor quiso ser bromista y esculpió a un joven Francisco de Miranda en vez de a Simón Bolívar. No sería la primera estatua cambiada, ni en Lisboa ni en cualquier otra ciudad.

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Lisboa tiene, sí, la leyenda de una estatua hecha a la medida de un personaje y colocada en el pedestal de otro. Esa historia es una de las favoritas de los lisboetas. En frente al Teatro Dona Maria II, en la plaza Rossio, un pedestal se eleva casi tan alto que los edificios de tres y cuatro pisos que rodean la plaza. Es difícil ver bien la figura que está allá. En la base del pedestal dice que es Don Pedro IV (Don Pedro I para los brasileños, el heredero de la casa de Braganza que declaró la independencia de Brasil frente a Portugal).​

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La representación de Don Pedro I en Brasil es la de un joven delgado y apuesto, con una barba escasa. Desde abajo, lo poco que consigo ver del rostro de la estatua es que luce una barba estilo Papá Noel. Luego me cuentan que no es don Pedro IV (o I, si leen el libro ‘El imperio eres tú’, de Javier Moro, quien ganó el premio Planeta al novelar la vida del monarca). ¿Quién es? Su cuñado, Maximiliano, el Emperador de México hasta 1867. Dice la leyenda que la estatua encomendada para halagar al monarca austríaco en tierras mexicanas, estaba de paso por el puerto de Lisboa cuando llegó la noticia de que su muerte violenta. ¿Quién iba a querer en México la estatua de Maximiliano?, se preguntaron entonces y, alguien decidió que, ya que la figura se había quedado sin destino, sería una solución barata para hacerle un homenaje a Don Pedro. Nada como comprar en oferta. ¿Qué no se parecían? Ese era un detalle menor: al final de cuentas, todos los reyes se vestían más o menos igual.

Si le preguntas a un historiador, te dirá que, en las fotos que se le han tomado a la figura, queda claro que los escudos en los botones, el collar y la constitución que lleva en la mano son portuguesas. Pero eso nunca te lo contarán en la calle. En Lisboa les encantan las historias absurdas y mucho mejor si es para burlarse de la realeza, propia o ajena. No creo que exista otro país donde se jacten de la idiotez de sus gobernantes como lo hacen los portugueses. Eso que Pedro IV (o I), se salva a veces porque su carrera de monarca fue ejercida en Brasil.

En Portugal, las estatuas de los reyes sirven para hacer bromas. Pero yo me inclino más por decir que las estatuas son los refugios –y baños públicos- de las palomas que viven en las plazas. Que lo diga la estatua de Don Maximiliano/Don Pedro, siempre con pájaros en la cabeza…