Blanco o negro. Las tendencias políticas en el Ecuador se van a los extremos de la tabla cromática. Si algo es irrebatible a este Gobierno es la polarización a la cual nos ha arrastrado. Situación que, quizás, sea un resultado normal de un proceso de confrontación irracional humano VS humano alrededor del mundo, pero que sin duda, en los últimos 5 años adquirió en nuestro país un nivel descomunal que sin darnos cuenta, nos consume lentamente y ubica, queramos o no, de un color u otro.

La concepción actual del sistema de cosas solo se promueve en dos sentidos. Eres: correísta o anticorreísta, gobiernista u oposición, pelucón o chiro, serrano o costeño, medio privado o medio público, nacionalista o vendepatria, capitalista o comunista, de los unos y de los otros, aliancista o socialcristiano y un sinnúmero de calificativos que se pelean por ser los buenos y malos, en un batalla que se repite hasta el cansancio. Cada hora, cada día, en cada esquina. Es casi como una definición de ser, una marca que cada individuo debe poseer para tener una significancia dentro del panorama político de la nación.

Pero, como decía en el primer párrafo, las consecuencias de nuestra revolución ciudadana se apega a una polarización continua que vivimos hace siglos y es parte de la cotidianeidad. No solo es cuestión de políticos y periodistas. Esto es un modus vivendi: En nuestra casa mama y papa son los malos y yo el bueno, en el barrio hay el vecino que es de lo peor y nosotros lo mejorcito, en la escuela había profesores turros y otros perfectos, para los hombres hay mujeres zorras y otras para casarse (y engañarlas con las zorras), para el sistema hay mujeres lindas y el resto, hay mujeres flacas y el resto, hay hombres bien machos o maricones, hay católicos y protestantes, hay cielo e infierno, hay un mundo terrible y otro perfecto que no conocen, Y así puede pasarme la vida enumerando blancos y negros, llenos de extremos, que hacen de la vida una cinta métrica de 0 a 100 sin cincuenta.

A través del tiempo, esta ilusión de un mundo perfecto donde nuestros semejantes no encajan y nosotros sí (y viceversa) ha llevado a la humanidad a momentos de gran convulsión. Vivimos de guerras, protestas, robos, asesinatos, justicias falsas, miserias, enfermedades, dolor. Una polarización absurda que nos ha llevado al sinsentido de la “eliminación” de lo que nos parece oscuro, porque lo más irónico de todo, es que todos nos creemos en la luz. Es la figura eterna de víctimas y victimarios, juego compulsivo de la raza homo sapiens.

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Todos somos parte del montaje. Basta detenerse un momento al día, imaginariamente pararse detrás de un muro y observar. Este patrón se repite sin cesar, no para, solo aumenta paulatinamente. Hágalo como ejercicio o moda: póngase atento detrás de su protección mental y mire cuantas veces al día se encuentra entre gente que se cree buena y la otra mala; que toma partido, que acusa con el dedo, en un intercambio ataque y defensa que parece no tener fin. El hombre vive enfrascado en una discusión eterna y absurda de cómo debería ser el mundo, cuando apena es capaz de verse como es él mismo, y entenderse.

Si le sorprende lo que puede notar con esta actuación, comprenderá mi desidia por los modelos políticos actuales. Son y serán una repetición calcada de lo que como sociedad aceptamos naturalmente como único, y nunca ha funcionado. La polarización es un evento cultural, social, político económico, religioso, que vertiginosamente se ha acelerado en todo el planeta y está a punto de ebullir, en un proceso culminante que nadie sabrá qué resultados traerá para el mundo, pero que en definitiva será una replicación fractal de lo que sucede desde el núcleo más pequeño: el individuo.

¿Cómo zafarse? Bueno, la naturaleza sabia nos entregó la escala de grises. Hay un sinnúmero de tonalidades que nos permiten ajustarnos a lo que creemos, sentimos y experimentamos, sin perjuicio del uno o del otro. No hay necesidad de establecer bandos, podemos conjugar lo mejor de cada uno. El enfrentamiento no ha dado otro resultado que más lucha. ¿No están cansados de eso? ¿Quién dijo que debemos de pelear, combatir, destruir, para avanzar?¿Acaso el odiarse mutuamente es sinónimo de evolución?

Ser gris no significa estar en neutro, sin definición. No, eso es algo que el sistema imperante de confrontación constante te lleva a creer para seguir alimentándose de ti. Ser gris es encontrar un equilibrio, un espacio común donde podemos nutrirnos de lo bello de cada Ser y aceptar lo imperfecto. Ser gris es soltar las cadenas de la polaridad dominante, porque para ser libre hay que romper los preceptos, acabar con las ilusiones de separación, terminar con las luchas de poder, culminar con los prejuicios y matar los rencores. No se puede ser mejor que otro, tan solo diferente. Y esa es una lección que a mí me cuesta a cada minuto entender, pero le voy dando.

Dicen que cada pueblo tiene los Gobiernos que se merecen. Hoy si revisamos el espacio público compuesto por medios, redes sociales y diferentes formas de intercambio de información, nos daremos cuenta que Correa es el punto culminante de un patrón que arrastramos como ecuatorianos hace años. Antes de culpar a un solo hombre, mirémonos fijamente al espejo reflejando como nos tratamos, y como tratamos a los demás. Ese auto examen será preponderante al momento que el caldo comience a hervir. Estamos próximos a un enfrentamiento lamentable de tú a tú entre hermanos y solo queda escoger entre las armas o la palabra para disuadir.

Fotos: Vilorio NG