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Dicen que la gente quiere ver basura. Que a la gente le dan lo que quieren. Que si los medios tradicionales están llenos de contenido superfluo, morboso y rosa es porque es lo que vende.

Nada más falso que eso.

Y no es “whisful thinking”, es una cuestión estadística. La teoría de la  “larga cola” lo demuestra.

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Según esta teoría, lo “popular” o “trendy” (para utilizar un término de moda) constituye apenas el 47% de los contenidos. El 53% restante, o sea la mayoría, son contenidos específicos. Eso, en resumidas cuentas, significa que los grandes públicos tienen interés en material “difícil de encontrar”, poco mediático o especializado. Es la minoría (ese cuarenta y siete por ciento) la que está fijada volumétricamente en los vampiros arrepentidos –a propósito de los cuales me remito a Dumas Mora “el arrepentimiento es la conciencia de los idiotas”; Paulo Coehlo –a propósito de quien debo citar un reciente estudio que señala lo perjudicial de su calaña-; o Justin Bieber –a propósito de quien debo decir que nunca había visto un andrógino tan popular–.

La gente (y el Ecuador no es la excepción) está centrada en dar con lo otro. Da lo mismo si un muchacho ecuatoriano está buscando las últimas ediciones de algún comic de manga japonés, o si un lector quiere dar con “Democracy Matters” de Cornel West, o si un abuelo quiere dar con la versión remasterizada de “Blancanieves” el musical de Radio City Music Hall, para enseñárselo a sus nietos. Lo importante es crear plataformas centralizadoras de esos contenidos.

Jeff Bezos, creador de Amazon, lo vio con claridad. Supo que lo único que necesitaba para crear la mejor librería digital (hoy convertida en la despensa de pueblo posmoderna: hay de todo, desde clavos hasta escopetas) era tener disponibles los contenidos que el cincuenta y tres por ciento de su público buscaba: contenido específico. Supo, además, que lo precisaba era establecer una red de conectividad para que ese público se conectase con otros públicos que buscaban otros contenidos específicos. Y conectando esos pequeños públicos cumplió dos propósitos: darle a la gente lo que verdaderamente quiere y, en el camino,  volverse multimillonario.

Y digo lo de multimillonario porque quiero sacar de la discusión ese factor, tantas veces alegado por los medios: que si no crean contenidos vulgarones y sosos, no venden y van a quebrar. Falso. Lo que pasa es que los medios simplemente no están dispuestos a darse el trabajo de producirlos, porque es mucho más complejo: requiere contratar personal más calificado (y por ende más caro), sentarse a pensar mejor los contenidos de los programas y, por sobre todas las cosas, mantenerse en la búsqueda de la creación de públicos. Y tanta cosa, ¿pa qué?

Porque ese es, en resumidas cuentas, el mayor desafío de la gestión cultural: crear los públicos. No desde la arrogancia de empezar a “educar” un público ontológicamente ignorante, sino algo mucho más humilde –y también más sencillo–: encontrarlos. Atraer la atención de todos esos pequeños nichos hacia una plataforma central que amalgame, de la manera más auténtica posible– los gustos y necesidades de esos pequeños nichos que desdeñan al zoquete de Arjona, privilegiando a Charly García pero que lo mismo se comen un ceviche de pescado en la Caraguay y luego ven el Barcelona Athletic de Bilbao en la final de la Copa del Rey española.

Eso es hermoso, no sólo porque permite que diferentes públicos específicos desarrollen y compartan empatías que no coinciden en su totalidad, pero que pueden gozar juntos, de forma parcial e informada; sino, además, porque los creadores de contenidos estarán en la constante búsqueda (inclusive con fines pecuniarios) de nuevos espacios y nuevos productos para robustecer la calidad del caudal mediático local.

Todas estas reflexiones las vengo haciendo hace algunos meses, pero me resultaron evidentes por estos días previos al carnaval que disfrutamos. Es que el miércoles siete de febrero estuvimos Fabián Darío Mosquera, Clara Medina y el suscrito en un dossier sobre periodismo cultural (organizado por el ITAE y moderado por Lupe Álvarez) y estuvimos discutiendo la problemática de esa rama del quehacer mediático en el Ecuador.

Mi postura era, por supuesto, una diatriba intensa – y bien fundamentada, mal (pero mejor) que lo diga–  en contra de la estructura piramidal de los medios tradicionales. Los representantes de esos conglomerados mediáticos nacionales salieron al paso a justificar la pobre calidad de la páginas de cultura de sus medios: “hay que reconciliar lo que los editores generales quieren publicar”; “tenemos que ver la manera de introducir los contenidos verdaderamente culturales con los de espectáculos”; y, por supuesto, la muletilla dilecta de todos “es lo que la gente quiere ver”.

Nadie en los medios tradicionales, por comodidad o facilismo, ha pensado en crear puntos de conexión entre los públicos específicos y, como siempre, los dueños de los medios tradicionales son demasiado blandengues como para poner los chimbilines en riesgo por una apuesta de contenidos que satisfaga las necesidades de esa “ciudadanía informada”.

Es tan cierto esto, que a semana seguida, el jueves 16, estuvimos con el mismo Fabián Darío Mosquera, el amigo Arturo Cervantes (cronista local, de paso colaborador habitual de esta página) y la admirada María Fernanda Ampuero, en una mesa sobre la “Crónica en el Ecuador” organizada por Palabralab (gestora cultural dirigida por Adelaida Jaramillo, que hace un trabajo encomiable) y la discusión terminó siendo la misma, sólo que en un ámbito más específico: ¿por qué no hay un espacio para ese riquísimo género periodístico-literario que es la crónica en los medios tradicionales? Los intentos de respuesta fueron variadísimos, pero al final de cuentas, gracias a la intervención de María Fernanda –que dijo que gkillcity tiene unos huevos como catedrales, lo cual no sé si es bueno o malo–, llegamos a la conclusión de que, últimamente,  el medio que mayor acogida tiene para la crónica es este conglomerado digital ciudadano.

Yo, avocado por los diferentes comentarios que se vertían y preguntado por Mosquera sobre el proceso de selección de los textos que se publican, dije que una de las mayores sorpresas para  este individuo que juega al editor es recibir crónicas de periodistas profesionales que disfrutan el oficio –y de paso lo hacen superlativamente– que no encuentran espacios en la prensa tradicional. Mencioné que en ese camino habíamos ideado las “crónicas del barrio” (todas escritas por estudiantes de comunicación de la Universidad Católica de Guayaquil, a quienes yo llamo una “pequeña milicia de plumas furiosas”, dirigidas por José Miguel Cabrera) y, además, destaqué el trabajo de gente como Diana Romero, Isabela Ponce y Pily Estrada (quien no es una periodista profesional, a diferencia de Diana e Isabela, pero cuyos trabajos sobre arte publicados en gkillcity han calado en públicos no necesariamente especializados en esa materia).

En ese camino, esta pobre página parece haber creado un espacio heterogéneo, que desde el mes pasado registra cuarenta mil visitas mensuales (diez mil más que el promedio de dos mil once) y que, a paso lento, y equivocándose y, por lo mismo, criticándose durísimamente, pero continuando siempre con el esfuerzo, intenta generar esa cadena de conexión entre esos públicos que buscan contenidos específicos en una misma plataforma.

En resumidas cuentas, la idea se compone de dos premisas sencillas: que los creadores de contenidos dejen de tomar por tontas a sus audiencias (desterrando para siempre aquella triste frase de Melvin Hoyos que dijo que la gente no estaba preparada para “decodificar ciertos mensajes”) y que, por esa razón, se tomen la molestia de desarrollar contenidos mejor trabajados, dirigidos a públicos que amalgamen intereses específicos para no tener que recurrir a los facilismos sosos que pululan hoy en día en los medios locales.

Ésa es la apuesta de GkillCity. El “secreto” dirían algunos. “El secreto”. Como si el agua tibia todavía estuviese por ser inventada.