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Llegué a Río de Janeiro y lo primero que había en el mostrador del hostel donde me hospedaba, en la zona de Leblon, era la invitación a una favela party. Había que inscribirse, pagar y una furgoneta pasaría por nosotros. No me motivó, pero mi compañera de viaje dijo algo cierto: “¡Es una favela, hay que ir por cultura general!!”. Me reí. Asentí. Nos apuntamos. Después de todo qué mejor lugar para una crónica.

Es otoño, domingo por la noche, pero aun sin la intensidad del sol Río de Janeiro arde. En Lemon Spirit, el hostel donde me hospedo en la residencial y segura zona de Leblon, se respira fiesta. Está llena de europeos que beben cervezas heladas y caipirinhas en la barra de la planta baja y hablan de sus paseos por el Corcovado, del Pão de Açúcar y del próximo país que visitarán dentro de su ruta por Sudamérica.

Bruno, el brasileño que atiende en la recepción, interrumpe para repartir entre los inscritos unas pulseras verdes fosforescentes  –igual a la de las discotecas- que identificarán a los turistas en la favela Río das Pedras (Río las Piedras), una de las primeras que fue militarizada por el gobierno brasileño y que hoy abre sus empinadas rutas a los turistas.

Tres furgonetas blancas llegan y una treintena de jóvenes estadounidenses, holandeses, belgas, suecos y tres latinos se suben rumbo a una inusual fiesta en la discoteca Castelo das Pedras (Castillo las Piedras), conocida en Río por ser una de las cunas de la música funk.

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La ruta es una carretera oscura, con escasa señalización y tramos de ripio. Lo único que se ve por las ventanas es la imponente vegetación del lugar y un cielo donde la luna apenas ilumina.

La favela Río das Pedras está formada por amplios cerros en los cuales se asientan viviendas chicas, con techos de zinc y paredes sin pintar; una postal similar al Cerro del Carmen, sin el colorido pastel y de las fachadas y sin las reglas municipales. Por la calle principal, los hombres van sin camisa mostrando sus cuerpos rayados por los músculos; las mujeres llevan vestidos cortísimos y sandalias altas, pese a que la lluvia convirtió en lodo el polvo que viene de las laderas y hacía imposible caminar sin salpicarse.

La vía se parece a una de las tantas de ingreso a Bastión Popular o El Guasmo, salvo que aquí casi todo está pavimentado y hay comercios y bares, que un domingo a las 23:30 permanecen abiertos.

Todos observan desde los vehículos, con recelo. Antes de bajar, el guía anticipa: “Esta favela está militarizada, no se pueden ingresar drogas ni armas, y quieren tener sexo, tiene que ser con protección”.  Un turista bromea: “¿A qué vinimos entonces?”. También advierte que la fiesta termina a las 04:00 y que deben buscarlo a él para regresar. Si no están a tiempo, el bus se irá y deberán volver por su cuenta.

La discoteca Castelo das Pedras está en la calle principal. Afuera, hombres mulatos, altos, descamisados, con cuadros marcados en el estómago, sonríen, lanzan besos a las rubias eruopeas y hasta le tocan el hombro. Todos, brasileños y turistas, son sometidos a revisión de guardias armados. Los turistas, como cuando los niños van sujetos a una soga de paseo por el parque, se mantienen en hilera hasta subir al primer piso. Los 65 reales (US$ 40) que cada uno pagó esa noche no solo incluían la movilización y la entrada; también el paso al área vip!

Castelo las Pedras es un galpón gigante. Entran 6.000 personas que en cada paso transpiran funk, una mezcla de hip hop y electro que en sus letras habla de la vida y los pesares en las favelas. Es el ritmo preferido de los futbolistas que salen de ahí y que suelen regresar en autos de lujo a la discoteca de su barrio.

El área vip parece más el graderío de un hipódromo. Hay boxes delimitados por barandas de metal para que cada grupo tenga su espacio. Llegan hasta la cintura y dejan libre todo el frente para observar lo que pasa abajo.

Los turistas miran con asombro: los hombres sin camisa son quienes se toman la pista. Nadie saca a bailar a ninguna mujer ni baila en pareja. Cada uno muestra sus dotes, con intensos movimientos de cintura, pelvis y piernas. Los cuerpos se contornean como formando ondas hacia la derecha y la izquierda; vibran, suben y bajan. No hay quien no los mire perplejo. Son atractivos y de cuerpos perfectos.

Ellas aceleran el movimiento, mueven sus pronunciadas caderas en círculos y emprenden con sus delineadas nalgas un rápido sube y baja hasta las cuclillas. Intentar imitarlas es como querer comenzar el gimnasio cada lunes. Pese a la buena intención, al final no se puede.

El ritmo contagia y hace que los espectadores dejen su área segura por una pista repleta de vibrantes cariocas. Los chicos están dispuestos a enseñar. Se acercan a ellas e intercalan su portugués con frases en inglés, francés o español hasta atinar con el país de dónde son. Sonríen, invitan a moverse y hacen que la desconfianza inicial se vaya.

Las brasileñas de Río das Pedras, enfundadas en minifaldas y blusas, son más cautas pero seducen con su paso, forman círculos de baile y danzan por igual con hombres y mujeres. No pierden la sonrisa y son amables con las turistas que les piden ver con detenimiento un paso de samba.  Luego intentan imitarlas y ellas las aplauden con cada logro.

En el escenario un DJ impone el funk, aunque a ratos lo interrumpe una samba o la voz de Shakira que canta Loca en portugués. Las conversaciones fluyen, los flashes de las cámaras, que temían salir por la inseguridad, ahora se enciende por toda la discoteca; los gustos tímidos se convierten en affairs. Suizas con brasileños, alemanes con cariocas, franceses con norteamericanas, ecuatorianos con holandesas, argentinas con brasileños. Besos y caricias se toman la pista, la zona vip, los rincones, los baños.

Rueda mucha cerveza en lata, se siente la adrenalina y la pasión. Una suiza ebria huye del cortejo de un británico y cuenta que su amiga se ha conseguido un brasileño esa noche y que ella quiere uno igual. La amiga sale del baño, la mira y sigue besándose con un moreno de 1,80 que la sujeta con fuerza de la cintura.

En la pista hay euforia, baile, destrezas, funk y mucha sensualidad. Los cuerpos descamisados transpiran e invitan a más de una a que los toque. Los tocan. Se ríen. Coquetean. El ritmo se mantiene hasta que el reloj marca las 04:00.

El vehículo espera. La fiesta terminó, pero para otros acaba de empezar. La suiza no se da por vencida. Al pie de la furgoneta que la llevará de vuelta a Lemon Spirit, intercambia miradas con un brasileño que a los cinco minutos la despide con besos apasionados. Sube celebrando con gritos; hay quienes lo hacen danzando o “falando” en portugués. Otros arriban de la mano, miran la lluvia y derrochan caricias en el asiento. El funk acaba, pero la diversión continúa en un hostel, al otro lado de Río, con la misma emoción. Era verdad que no se permitiría ni porro ni merca pero sí el sexo con protección.