Cuando salimos éramos los últimos del bar. Caminamos por las estrechas callejuelas del antiguo barrio Gracia en Barcelona. Era un viernes o sábado cualquiera. Aún temperatura otoñal, es decir, un frío totalmente soportable. Mientras caminábamos rumbo a casa, suficientemente borrachos como para dar por terminada la noche, compramos unas últimas cervezas (que nunca son las últimas) a los que conocen como marroquís o paquistanís. Son vendedores ambulantes de cerveza en Barcelona, que para no ser capturados por los municipales, esconden las cervezas en las alcantarillas para que además se mantengan frescas. No éramos los únicos, dentro del mar de gente que salía de los bares e inundaba las callejuelas de Gracia, también había algunos que compraban cervezas. Un eight pack para tres nos pareció suficiente ración. 

Cuando ya estábamos acercándonos a la casa, alejados de la muchedumbre y multitud y éramos prácticamente los tres, apareció frente a nosotros un hombre algo mayor. Tenía aspecto de por-diosero, vagabundo, errante. Le faltaban algunos de sus dientes del maxilar superior y otros del inferior. Venía con un andar lento, un cigarro encendido y vestido de obrero de tren. Me imaginé inmediatamente que llegaba de trabajar de alguna obra de construcción, quizás en el metro de la ciudad, quizás en la estación de trenes reparando rieles, no lo sé, tampoco se lo pregunté cuando tuve la oportunidad. Quizás es mejor así, no haber preguntado.

Venía con su lento caminar y se acercó a los tres risueños que veníamos caminando en sentido contrario. Preguntó a las chicas si sabíamos dónde había un bar abierto. Le contestamos que estaban todos cerrados, que si tenía suerte podría encontrar alguno que estén a punto de cerrar, pero que creíamos que ya no había mucho chance, a lo que nos respondió con una mirada algo triste y algo desesperada. “Lo único que quiero es tomarme una cerveza”  con su acento catalán. Quedé tan conmovido con su deseo que no pude más y le di de la mía. La aceptó como un famélico acepta un bocado de comida. Me brindó su cigarro. Yo que no fumo lo acepté y fumé de él. Me devolvió la lata casi vacía y le devolví su cigarro. Siguió su camino, nosotros el nuestro. Me terminé lo que restaba de la cerveza.

Mis amigas no dejaban de mirarme con cara de asco y asombro. “¿Cómo puedes seguir tomando de esa cerveza?, yo no tomo de esa lata. Qué asco, ¿cómo puedes terminarte esa cerveza como si nada?” honestamente no tenía nada que decir ni explicación que dar. Me sentí tan bien de haberle compartido mi cerveza a ese buen hombre que era todo lo que necesitaba en ese momento.

PUBLICIDAD

Días después, en otra reunión con más gente, entre cerveza, aguardiente y vino, salió a relucir el tema y comentaron cómo yo había sido capaz de compartir mi cerveza con ese “pobre hombre,  mendigo pordiosero que quién sabe qué enfermedades tendrá, que qué habrá hecho con su boca antes”. Lo pienso, lo pienso y lo vuelvo a pensar.  En el estado en el que estaba y en la circunstancia dada lo volvería a hacer una y otra vez, siempre.

Andrey Maldonado Karpov