Tonta Eva que se dejó tentar por la serpiente, estaba claro que el “fruto prohibido” no era más que “fruto de su imaginación” y comer algo que no existe, sólo podría generar una realidad  intangible: El hombre.

Eva no sabía que entablar una relación, y mantener un hombre al lado, iba a ser tan sencillo como caminar sin zapatos sobre un piso de baldosas mojadas. ¡Obvio! En ese tiempo sólo había césped.  Adán no podía bacilar, no había con quién, así que se dedicó a su mujer, a ser buen amante, a hacer muchos hijos y a disfrutar del paraíso.

Poco a poco y dada su naturaleza carnal, lo tangible fue el sexo, todo lo que los sentidos absorbían se sentía bien.  Lo que involucraba sentimientos y un poco más de trabajo se anuló al pasar de generación en generación, fue el proceso de mitificación del hombre.

Algo hicimos mal, la serpiente se vengó poniendo cromosomas X en las manzanas, y las mujeres superaron la población masculina por mucho.  Nos condenaron a enfrentarnos entre nosotras, a ser varias mujeres luchando por rezar frente al pedestal del hombre, frente a su estatua, todas queriendo prender una velita, poner unos sueltitos (si es carro, departamento o negocio propio, mejor). Las ánforas son enormes, normalmente más grandes que el pedestal, y el pene de mármol es frío y pequeño, pero alcanza para todas. Al menos eso creen.

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La moneda se inserta y como estatua humana de centro comercial, se mueve, despliega sus alas, muestra su musculatura, devela sus habilidades y determinante, hace la elección. La mujer elegida coloca la escalera, le da la mano para ayudarlo a bajar de su pedestal; el mantiene su postura rígida.  Queremos Aprovechar para que repare todo en casa, para que abra frascos atascados desde la eternidad, mueva muebles, revise el auto; pero nos complace sexualmente y eso basta.  La monedita no cubre horas extras o tiempo para escuchar problemas ni resentimientos femeninos de esos que tanto odian, para eso está el confesionario y el cura (la indeferencia) que nos manda a seguir rezándo al santito.

Está científicamente comprobado (por mí) que los pies de algunos hombres,  sobre la tierra, se mojan, se queman, se lastiman.  Hay que regresarlos al pedestal, y devolverlos limpios; luego ellos mismos son los encargados de sacarse brillo y no usan lustre, sino palabras, leyendas, mitos, se llenan de cualidades, se admiran y felicitan a sí mismos. Sus grutas, es decir sus cuentas en las redes sociales y celulares, se llenan de cuadros y frases de agradecimiento por el milagrito.

No estoy sola, lo que pasa es que los hombres no existen.  Son seres mitológicos creados por nosotras mismas.  No es justo conformarnos con algo que sabemos que no nos merecemos, la postura mitológica de algunos hombres  es en realidad un caparazón para no esforzarse por conocer a la mujer íntegra e inteligente.  Las mujeres así asustan, esas no prenden velitas ni dan diezmos, ellas exigen reciprocidad, retroalimentación y respeto, ellas andan por la vida como yo, buscando una gárgola estrellada o un hombre que haya saltado del pedestal y con eso haya roto su coraza fría. Alguien con quién compartir y no alguien a quien compartir.