Tengo un pie semi reconstruído. Tengo un clavo de unos treinta centímetros de largo sujeto con dos tornillos. Tengo un rectángulo de piel menos, que me quitaron de la pierna para injertarla en el pie. Tengo un dedo fracturado por enderezar. Tengo cicatrices, tengo moretones, tengo hinchazón. Tengo dos muletas y un injerto de hueso pendiente. Tengo la palabra médica de recuperar todos los movimientos y poder bailar toda la noche.

Pero si no hubiera llegado a una clínica privada en Guayaquil, muy probablemente, no tendría nada. No tendría pie izquierdo, no tendría clavo, no tendría un rectángulo de piel menos que ya empieza a sanar, no tendría la esperanza de volver a bailar toda la noche.

El 3 de noviembre pasado, iba sentada en el asiento de atrás de un auto que se dirigía hacia Manta. Me quedé dormida, porque hasta entonces viajar en carro me arrullaba. Del sueño, desperté casi mutilada.

Mi trasero estaba en el espacio entre los asientos. Mi pierna derecha hecha un arco. Mi pie izquierdo colgaba de mi canilla. Mi cara estaba roja. Me tomé una foto: Todo, excepto ojos y ojeras estaba inundado de sangre, brotante de heridas causadas por los vidrios rotos. Tomé un abrigo, cubrí mi pie colgante. No necesitaba ver mis entrañas, ni las caras de susto de quienes se acercaban a preguntar decenas de veces el nombre y la edad; y a prometer que la ayuda llegaría pronto.

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Zona: Puerto Cayo.

Hecho: Accidente de tránsito, choque frontal.

Hora del accidente: Alrededor de las 13:15.

Hora de llegada de la ambulancia: Alrededor de las 14:00.

Hora de llegada al Hospital del IEES-Manta: Alrededor de las 15:00.

Hora de atención en el Hospital del IEES-Manta: Nunca. Casi tres horas después, me transfirieron a una clínica privada en Portoviejo (a la cual llegué casi a las 20:00) porque, parafraseando a un hombre de bata blanca, yo no colaboraba con ellos.

Mi NO colaboración consistía en: llegar consciente, gritar de dolor porque no me habían suministrado ningún medicamento para ello, exigir atención, notar que no había ningún médico especialista, notar que los residentes se miraban las caras sin saber qué hacer, escuchar que decían no tener el teléfono celular del traumatólogo al que debían llamar… Volver a gritar, no callarme mientras me abandonaron en una sala, por no sé cuánto tiempo.

Llegó otra mujer con bata blanca.

– (Lean con dejo, pesadumbre y timbre agudo, alarguen las últimas vocales y después de cada oración medio suspire y, como decía mi abuela, chupe las muelas): Haaay yaaa… Yaa noo griteee

— (Con voz grave, casi gutural, apretando las muelas o mostrando la úvula): ¡Pero me duele! ¡Me duele! ¡ Y no me han puesto nada! ¡No llega un doctor! Me dueleeeee…

– Pero no griteee, que no nos deja trabajaaar

— ¡Pero hagan algo entonces! ¿Dónde está el doctor? ¿Por qué nadie lo llama? Me dueleeee… Me dueleeeee… (Mientras le apretaba la mano al paramédico de la ambulancia del Cuerpo de Bomberos y le suplicaba que no me deje sola, que me lleve en la ambulancia a otro lugar).

– Aaayyy que estaa muchaachiiitaa de mieerda que noo se callaa.

— Es que me dueleee, me dueleee y no han hecho nada.

– Aaayyy y quèee! Gritaando se te vaa a pasar

— ¡Grito porque me duele! (¡¡¡Maldita sea!!!)

– Ya ya ya… Si quieres gritar, grita entonces. Ya, grita lo que quieras.

—¡¡¡ Auxiliooooooooooo!!! Sáquenmeee de aquì. Por favooor (Mientras escribo, es inevitable no revivir esos momentos y sentir que me falta el aire).

Tiempo después, mientras el buen paramédico-bombero aguantaba los apretones en su mano y acariciaba mi cabello, llegaron más seres con bata blanca. No sé si fue la misma mujer de voz aguda quien se acercó a mi rostro con una gasa, pero alguien empezó a rasparme. Mi rostro tenía vidrios incrustados y me raspaban con una gasa.

Grité. Grité y seguí gritando.

— ¡Me dueleee! ¡Me ardeee! ¡Déjenmeeee! Déjenmeeeeeee!

Me dejaron, por suerte.

Tiempo después. Llegó un hombre, y en su bata blanca pude leer "Dr. Guzmán". Pero era el mismo que no me había atendido antes, solo que ahora recién se acercó lo suficiente como para leer su apellido. Me dijo: Como usted no colabora la vamos a transferir a la Clínica (…) de Portoviejo.

"Como usted no colabora…", es la frase que me sigue retumbando en la memoria. Sí, acto seguido me retumba la frase: ¡hijos de puta! (frase por convencionalismo, porque no tengo nada en contra de las putas ni de sus hijos).

Ahí me atendieron, casi dos horas después. El traumatólogo tardó una hora en llegar, para recién llamar a la anestesióloga. Cerraron mi tobillo colgante. Lo demás, quedó igual.

Al día siguiente, ya con mi familia cerca. Me trasladaron a Guayaquil, donde los médicos (que estaban ahí, que nadie tuvo que llamarlos) deshicieron la operación practicada en Portoviejo. Tenía tierra dentro la "cirugía", me dijeron los especialistas (reconocidos), y los clavos no sujetaban nada, lo confirmaron las radiografías.

Pasé un mes y dos días internada en esa clínica, me llevaron unas 15 veces al quirófano. Por cuatro días, tuve un catéter en la columna vertebral por donde pasaba anestesia continua, para intentar controlar el dolor, que a veces era más fuerte. Por unas dos semanas, tuve un suero con medicación continua para el dolor, solo dos veces menor a la morfina. Por una semana más, aproximadamente, cada cuatro horas me inyectaban anestésicos.

Debido a la exposición prolongada (no atención en el IEES de Manta y negligencia en Portoviejo) la piel se infectó, tuvieron que cortar parte de ella y después hacer un injerto. Corría el riesgo de perder el pie, de no volver a bailar toda la noche.

Yo no colaboré con aquellos seres vestidos de blanco y hoy tengo esperanzas. Pero me duele pensar qué sucede con los miles de ecuatorianos que colaboran con ellos, que aceptan sin gritar la atención de la seguridad social, la atención pública. Qué pasa con aquellos que se desmayan y no pueden gritar cuando los abandonan en una habitación vacía. Qué pasa cuando el paramédico no se queda contigo. Qué pasa si tu familia no te lleva a un lugar mejor.

Como periodista, he escuchado cientos de historias de pacientes no atendidos (recordarlas me animaba a gritar en el IEES), historias feas, tristes, indignantes. Pero al vivirlo, sé que ninguna palabra cabe para describir el horror de la experiencia.