Esa noche de noviembre yo había ido al bar del Chino como todos los viernes para encontrarme con Sergio. Pero ese día en particular tuve un mal presagio. Como los gatos intuyen la muerte y las gaviotas adivinan la llegada de una tormenta, la sospecha de algo terrible me carcomía. Era una premonición, un latido en el vientre. Recuerdo que toda la tarde mi mano vibró con un ligero temblor que, a ratos, la hacía moverse sin que pudiera impedirlo. Todo el día mi corazón palpitó a un ritmo distinto, tan rápido como cuando estoy a punto de llegar al orgasmo. Había oscurecido. Me estaba bañando y vi por la ventanilla cómo el cielo se movía oscuro e improbable, y las nubes blancas danzaban como meciéndose en una hamaca siniestra.

Tenía el vestido negro, el de tirantes que tanto le gustaba a Sergio, sobre la cama. En mi interior la angustia de pensar que él me dejaría aumentaba. Nuestra última pelea había sido tan brutal que yo suponía que él iría al bar sólo para pedirme que no lo buscara más, que dejáramos de vernos. Éramos amantes desde hacía dos años. Él estaba casado, tenía dos hijos pequeños y una esposa gorda y severa. Yo lo amaba. Pero nuestra relación era dolorosa, mi sentimiento me atrapaba en un estado compulsivo y mis rabietas por celos eran constantes. Yo odiaba su quietud, su estado de larva insensible, su pasividad que interpretaba como indiferencia. Mientras iba en el taxi rumbo al bar intentaba calmarme recordando la última vez que hicimos el amor. Su cuerpo, como un monte empinado, hervía bajo el mío. La sensación del placer dormitaba entre sus párpados, y su voz era como un leve susurro de algodón. No quería perderlo. Pero, poco después, mis gritos alterados me regresaban a la realidad. Él me dejaría y con razón. Le dije que lo mataría si no dejaba a su mujer. Lo llamé bastardo, cerdo e hijo de puta. Le rasguñé la cara y lo golpeé con mi zapato en la espalda sin que él hiciera nada por detenerme. Él solo me dijo cálmate, me dio un beso en la mejilla, y se fue. Me dejó sola, con mis absurdas lágrimas saltando como demonios por mis ojos. Nunca vi en su mirada ira ni dolor, nunca vi nada. Era como una piedra apacible, a la que  podía patear sin quejas. Una roca filuda que me desgarraba por dentro. Como si tuvieran vida propia, los quejidos rodaban por mi garganta. Llegué al bar y saludé al chino. Miré a todos lados, pero Sergio no estaba. Empecé a desesperarme. Pedí un gin tonic, llamé a su celular. No contestó. Pasaron diez minutos. Me terminé el trago. Salí para fumar, caminé por la calle en medio de putas. Sentí que ellas tenían más dignidad que yo, las envidié, creo que hasta las maldije. Volví al bar, otro gin tonic. Me lo tomé sin respirar. Estaba mareada, fui al baño. Me miré en el espejo y me sentí fea, demasiado flaca, patética, un sinsentido en dos patas. Me imaginé como un gusano lleno de torpes arrugas. Tenía treinta años, pero me sentía más vieja que Estela, la mujer de Sergio, que debía andar por los cuarenta y dos. Saqué un poco de coca que tenía en una fundita y me lo embutí todo. Me limpié la nariz, lamí la funda y la boté. Eran las once de la noche cuando salí del baño. Le pregunté al Chino si había visto a Sergio. Me dijo que sí, que estuvo bebiendo una cerveza con un par de tipos hacía hora y media. Justo ahí, me señaló una mesa vacía. Pagaron y se fueron. Llamé al celular de nuevo. No hubo respuesta. Me tomé de un tirón el tercer gin tonic, pagué y salí. Estaba dispuesta a ir a casa de Sergio, así en la madrugada, así borracha. Le diría a su mujer la verdad de una vez por todas. La furia me asfixiaba como una enorme boa constrictor. Si en ese momento hubiese tenido delante a Sergio le abría sacado los ojos con mis propias manos. Odiaba la quietud de sus ojos impávidos, su lividez, su calma.

 

Caminé hacia la avenida para tomar un taxi. No había nadie, todo estaba oscuro y quieto. Miré el reloj, era la una menos veinte. De pronto, sentí que alguien venía detrás. Volteé y vi a dos hombres que llevaban capuchas, a unos diez metros. Apreté el paso. Ellos también. Intenté correr, pero en menos de un minuto, estuvieron encima de mí. Me tiraron al piso, me taparon la boca. Me subieron a un carro que estaba parqueado cerca. Me pusieron una bolsa de tela negra con dos agujeros para que respirara en la cabeza y me doblaron en el asiento para que nadie me viera por las ventanas. El enojo se transformó en espanto. Pensaba que iba a morir, pero que antes de eso me torturarían. La certeza de la desgracia que tuve durante todo el día me sepultó como una roca a un mosquito. No veía nada. Pero debían ser tres hombres, el conductor y los dos que me atacaron. Apenas podía respirar. En la radio se escuchaba mi canción favorita, The blowers daughter. Estaba aterrada, pero escuchar la voz de Damien Rice me calmó un poco. Ninguno de los tipos hablaba. Anduvimos unos quince minutos en total silencio, aunque pudieron ser solo cinco o sesenta, es imposible calcular con exactitud el tiempo en esas circunstancias. No me atreví a abrir la boca, el miedo me impedía moverme. El carro paró en seco, me bajaron. No me quitaron la funda de la cabeza. Empecé a gritar, a preguntar quiénes eran, qué querían. Nadie me contestó. Sentí una poderosa cachetada. Y empecé a llorar. Mientras más lloraba, menos podía respirar. Me ataron las manos. Les rogué que no me hicieran nada, intenté arrodillarme, les dije que si querían dinero podíamos ir a mi casa. Nadie me respondió.

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Tal vez estábamos en un solar vacío. El silencio era aterrador. Al lado, estaba el carro con el motor encendido, del parlante salía despedida una y otra vez la canción de Rice. Era enloquecedor. Uno de los tipos me desnudó, y el otro empezó a penetrarme de pie. No hubo risas, insultos ni gritos. Solo silencio y mis lágrimas que corrían mojándome la cara debajo de la funda. Me penetraron dos tipos durante unos diez minutos cada uno. No me tocaban, mi cuerpo para ellos era solo un agujero para perforar. Después me subieron al auto, y me tiraron desnuda al asiento de atrás. Yo seguía llorando sin hacer mucho ruido. No me desataron ni me quitaron la funda negra de la cabeza. La sensación de no ver a mis victimarios me producía tanta impotencia que habría querido morir en ese instante. Nadie más subió al asiento de atrás. Escuché cómo cerraron la puerta, y el coche empezó a andar. Anduvimos unos veinte minutos. Y cuando intuí que todo había terminado, y que los tipos que me violaron no estaban dentro, me calmé. ¿A dónde me llevas?, le pregunté al hombre que manejaba, el único que no me violó. Si quieres te llevo a tu casa, contestó Sergio.