**Nota del Editor: Este es un extracto de un proyecto editorial a mediano plazo de GkillCty.com. Esta es la historia de Giovanni, contada por él mismo.

 

Despierto. Es viernes. Un viernes espantoso, al que había precedido una tormenta de ansiolíticos y heroína en el patio mugriento de algún vecino acomedido. Abro los ojos. Tengo sangre seca y oxidada en mis zapatos de suela blancos; mi cabello largo y enredado, como la espera de los condenados a muerte. Me llevo la mano pesada a la cabeza, justo donde supongo está la herida, aún latente y apenas dolorosa. Al contacto de los dedos con la piel desgarrada, se me dibuja una sonrisa ligera y enfermiza en el rostro.


Recuerdo el bar despedazado y el escupitajo en la cara de mi novia, por andar conversando con uno que me parece un pseudointelectual. El cabezazo en su nariz:

¿Eres guapo? ¡Pues ya no lo eres!

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Intento levantarme del suelo. De mi chaqueta caen tabletas vacías de Diazepam y dos cigarrillos rotos por la mitad. Quiero encender uno, busco fósforos y aparece en mi bolsillo un encendedor que no es mío. En el otro, un numero telefónico de una tal Magnolia. Junto con eso, la bofetada en Do mayor de mi novia se me marcó, indeleble, en la mente; boto la colilla y una lágrima inmunda cae en la tierra. Mi mente continúa divagando, ahora me centro en las hormigas que trabajan, incasables, en sus ramitas y hojas secas. Me siento detestable. Con las manas cortadas y sucias de sangre me restriego la cara, pero solo logro mancharla más. ¡Así es mi vida!

Quiero curarla, lavarla, pero mientras tanto debo lidiar con la amalgama de horror y extravagancia que pudren mi alma. Me retuerzo del dolor estomacal, la languidez, la imagen de los vidrios destrozados salpicando violencia se apoderan de mis músculos.

Vuelvo a reír en medio de un llanto necesario. ¡Qué lamentable! ¡Qué mal nacido! Y de la nada eructo un grito, que es conjurado con el olor a sopa casera. Veo el reloj y son las doce y cuarenta. Dejo ir a mis pensamientos, indultándome la mente. Al fin, me levanto y con mis harapos salto del muro a la calle. Caigo en un basurero improvisado de esos que la buena vecindad infecta: aromas putrefactos, cáscaras descompuestas de frutas cítricas. ¡Caramba! ¡Qué bello! He caído en mi otro pseudónimo y alucino escorias. Encuentro un cuarto de botella de licor seco, no pienso en mi garganta lacerada y alzo mi codo al sol implacable. Bebo y las pepas vuelven a dilatar mis pupilas.

Salgo de aquello empuñando una fotografia mía junto a mi novia. Voy hablando conmigo mismo (¿con nadie?) y la gente en mi camino se aparta. Doy asco. Me fortifica. ¡Llámenme Don Bizarro! grito en la cara los que me mira con pánico ¡Y me encanta! La bipolaridad de mis emociones juega a las canicas: a los cinco minutos estoy llorando, berreando para ser preciso, maldiciendoo mis vergüenzas, el trastorno que llevo tatuado en la frente, el arrepentimiento y las ganas terribles de abrazarla. Me desplomo en el suelo, caigo con el abdomen en un charco de semen, mi propio semen. Embarrado en mi propio semen, romppo en llanto de amargura y escupo espuma ácida. Siento que muerte acaricia mi cabeza. Mugre, sudor, sangre, semen, saliva, lágrimas, alcohol y todo lo nocivo del cuerpo.

De una espeluznante historia mal narrada soy interlocutor insano y precisamente cuando va a empezar otro delirium tremens aparece un joven vida modelo; de esos ejemplares amanerados, tan normales. Me escupe y con tono arribista me espeta ¡Por gente como tú este país se ve tan mal!. Me río y alzo la mirada, el sol dificulta ver quién es (aunque eso no importe), me levanto y con una carcajada que siento deliciosa le respondo con el sarcasmo que caracteriza a un adicto ¡Qué afortunado eres! ¡Y en qué momento tan adecuado llegaste, además! No se pudo dar cuenta del animal desesperado que me he permitido ser ¡Tu podrido planeta! Cuando pronuncié “podrido” regresaron mis fuerzas y no sé qué me impidió golpearlo en su boca engreída. Un poco de sangre ajena no hubiese estado mal. Lo empujo y cae al suelo, meto cuatro dedos hasta mi garganta y le vomito encima, lo baño con los residuos de mi angustia, de mi postración. Un chillido ulular aberrante brota de mis pulmones y cuando termino de vaciarle mis entrañas le ordeno Levántate y ve, dile al mundo que hay quienes queremos morir y no podemos cambiar solos, no se metan con la fuerza purulenta de almas desvalorizadas encerradas en mentes brillantes.

El llanto vuelve a mis ojos, el imbécil responde gimiendo No sabía que estabas tan mal

Ahora tengo una botella en la mano, la tomo por el pico y me la alzo entera, mientras me pregunto ¿Serán mis penas, mi impotencia o tu sistema? ¿La estupidez de tu sociedad oportunista? En fin ¡Me da igual: Reviento el frasco de vidrio en mi cabeza y en slowmotion me baño en sangre. Se oyen gritos, voy cayendo de rodillas. Justo antes de darme con la cara en el pavimento, reconozco los zapatos de mi amada acercándose a mi desastre corporal, a mis vestigios. No me desmayo, solo estoy cansado, muy agotado. Tengo hambre, necesito descanso, quiero saberme vivo, pienso preciso de ti, de tus palabras, dame agua, límpiame en todos los sentidos, enjabona mis huesos, hasta el tuétano, toca mi piel, bésame el cerebro.

Mientras ella me abraza sin reparar en mi condición infrahumana, paupérrima, sus lágrimas diluyen la sangre. Apenas tengo fuerzas para decirle que la necesito para curarme el alma. Mis heridas son secundarias, quiero que me ayude a vivir entre dibujos, letras, sonidos chocantes y risas anecdóticas de alguien que buscó comida en los basureros. Alguien que fue arrollado por autos de lujo y se levanto a refunfuñar. Alguien que vio, sintió y contó todo lo puerco y hediondo de este mundo.

 

Giovanni Burneo Lupino