Yo, tecnócrata.

Harto de ser constantemente menospreciado y vilipendiado por todo tipo de gentuza que cree que puede hacer siempre lo que le viene en gana, he decidido  sacrificar unos minutos de mi tiempo para presentarme. Por  hoy, voy a dejar de crear formularios interminables para que los llene gente que no conoceré jamás.

Yo soy un tecnócrata. Muchos no saben bien qué mismo es eso. Para hablar de mí, primero habría que entender qué es un burócrata.

El burócrata es una creación de la modernidad. Un día, cuando los que agarraron gusto por cortarle la cabeza a los gobernantes, se convirtieron en gente igualita a ellos, a alguien se le ocurrió que debían existir funcionarios que se aseguren de hacer operativas las decisiones del gobernante. Éste entonces decidió delegar un poquito de poder en ciertos despachos, quizás considerando que así era menos probable que, llegado el momento, vayan por su cabeza.

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Y nació el burócrata: un instrumento que, en teoría, sirve para organizar los todo-racionales procesos administrativos, económicos, políticos, educativos y hasta ideológicos, dentro de un estado o cualquier organización pública o privada. Eso en teoría; en la práctica, el burócrata es mucho más que eso.

Hay gente que cree que un burócrata es una persona. Pobres diablos. El burócrata es todo menos eso: es un espacio. Un artilugio. Un aparato. Y hace que todo funcione o malfuncione, siempre a propósito. Y sostiene un papel importante en la humanidad: sin el burócrata, la vida en la tierra sería imposible. Claro, habrá quien discuta eso diciendo que durante milenios la humanidad funcionó sin burócratas. Ningún burócrata sabe cómo pudo haber sucedido eso, sobre todo porque ellos no leen historia, ni ninguna de esas cosas inútiles.

Un día, un tipo disque inteligente llamado Max Weber, en medio de todo el barullo que armó Carlos Marx (no Carrasco, que ese es mi ídolo), dijo que “la dictadura del proletariado corre el riesgo de convertirse en una dictadura de la burocracia”. Desde ese día nos han estado jodiendo: que los mandos medios tienen el poder; que para qué sirve el burócrata; que el funcionario es un incompetente que no sabe del mundo fuera de su escritorio y su cubículo; que nosotros somos muchos e innecesarios.

¿Nosotros dije? No, no, eso es un error grosero: Yo soy un tecnócrata. La diferencia fundamental y casi exclusiva entre un burócrata y yo, es que sé manejar a la perfección Word y Excel; y alguito de Access y Power Point, que te hace ver profesional si sabes qué fondo ponerle a tus diapositivas; por tanto, mi capacidad de complicarle innecesariamente la vida a las personas se expande al mundo de las computadoras, el interné y toda esa vaina.

La gente no entiende que soy necesario para asimilar la vida hasta en un plano filosófico. ¡Ay de la sociedad que llegare a funcionar sin un ejército de autómatas que traben procesos, que pierdan documentos, que generen matrices con indicadores infinitos…! ¡Tener un constante dolor en el culo es parte de la vida! Me imagino que la vida sin los de mi gremio sería tan intolerable como el mundo que mi yunta Lionel Hutz se imaginó alguna vez en Los Simpsons:

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Pero se preguntarán qué hago yo, un funcionario en toda regla, perdiendo tiempo, tratando estos temas. Es que realmente me siento incomprendido, ofendido, agraviado. Y los tecnócratas también tenemos nuestro corazoncito. ¿Ustedes creen que no entro en pánico cuando se acaba la tinta para el sello? ¿Suponen que no lloro de angustia e ira cuando un encargado de procesos escribe “ex funcionario” y “ex – funcionario”, indistintamente en un mismo documento? ¿Creen que no me deprimo cuando se daña la copiadora? Pues les informo: yo también sufro. Y eso que sienten ustedes cuando acuden a una oficina y los hacen ir de ventanilla en ventanilla inútilmente, soy yo sufriendo a través de ustedes.

Pero ya me puse muy dramático. Es cierto todo lo que dije, pero esto de complicarle la vida a la gente es más que un ejercicio de poder. Es un trabajo que alguien debe hacer. Y qué bueno que ese alguien sea yo. Verán, hay tres motivos fundamentales por los que hacemos lo imposible para que gente como ustedes se sientan miserables cada vez que deben lidiar con un tecnócrata:

1. Porque odiamos a la gente;

2. Porque si no fuéramos así, nos ignorarían por completo, ni siquiera para hablar mal de nosotros nos tomarían en cuenta; y sobre todo,

3. Porque podemos.

Y la verdad, yo no entiendo a esos que se oponen al orden, a la rigurosidad, a la higiene procedimental que los tecnócratas proponemos. Quiero levantar mi voz de protesta contra toda esa gente que no realiza ninguna actividad seria y funcional en su vida. Filósofos, artistas, psicoanalistas, teóricos del derecho, o de las ciencias sociales… ¿para qué sirven? ¿Cómo van a servir para algo si el fruto de su mal llamado “trabajo” no es cuantificable, evaluable mediante mediciones precisas contrastadas con medias estadísticas o, en última instancia, ponderables en relación a los mandatos de los superiores? Eso, señores, no es trabajo digno. A uno lo quieren poner a leer miles de páginas de textos inútiles, o a admirar figuritas en lienzos que no sirven para maldita sea la cosa. Yo digo: para filosofía, la del garrote; para pintura, la de tono “gris funcionario” que debería tener toda fachada (¡Vamo’ ahí señor alcalde!). Para obra de arte, el retrato de mi jefe mirándome fijamente; para psicología, la que sirve para controlar la conducta; para política, la de la evaluación.

La evaluación. Joya incomprendida, núcleo viviente de nuestra labor… hay algunos, pobrecitos, que por su trabajo están forzados a llenar los documentos de evaluación de su organización o de sí mismos. Se preguntan cuándo acabará la evaluación. Ilusos. Ignorantes. La evaluación no terminará nunca.

Sin más que decirles, me retiro a mis mazmorras cubiculares, desde las cuales manejo el mundo sin correr el riesgo de que me corten la cabeza. Los que caerán son otros. El barullo este de la crisis económica mundial arrancará unas cuantas cabezas. Pero yo seguiré aquí hasta el día de mi jubilación. Así que mientras llega el día… ¿Cómo es que se dice ahora? Ah, sí:

“hasta la victoria siempre” o “más ciudad”. Como quieran, me da igual.

Tecnócrata 202846354 – XRT

IMPORTANTE: Para evitar cualquier mención deshonrosa de su madre o cualquier otro ser querido, el autor de este texto aclara que no es un tecnócrata y dista mucho de serlo.