Odiar las fiestas de Quito casi que se me da al natural, tengo la sospecha de que el odio a esta celebración absurda está en mis genes. Desde que recuerdo, entiéndase, en el colegio, porque ahí es donde se socializa con los personajes más exóticos y variados posibles, me perturbaba profundamente ver las aulas vacías con el pretexto de irse a los toros. Y ahí entra mi primer punto. Detesto las corridas. Me parecen sangrientas, no entiendo en dónde está el disque arte al que hacen alusión los taurinos, me da pena el pobre animal, el toro claro, el otro no está ensangrentado, ni a medio morir, me aterran los aplausos y los gritos, las risas y la celebración; los rostros de la gente se me hacen deformes, al estilo de El Grito de Munch, pues me parece que dos mil años después, no hemos evolucionado ni medio centímetro, si aún existe gente que disfruta una carnicería igualito que hace fuuu disfrutaban el circo romano. Y entonces aparecen los llamados antitaurinos. Peor. Da ganas de decirles, si así ayudan, dejen no más. Argumentos generalmente enfocados en temas económicos, lo cual no tiene nada que ver con la razón esencial por la cual las corridas son deplorables, pues realmente el problema no es que criar toros de lidia te de plata, el problema central, desde mi punto de vista, es que la tortura y muerte de un animal como show sea tomada como tradición, promocionada como evento central de una ciudad que tiene bastante otras cosas de las cuales enorgullecerse. Entonces insultar, escupir, golpear y agredir a quienes entran a la Plaza de Toros, es pedir el fin de la violencia con más violencia, por ende, ilegítimo. Pedir que detengan la tortura al toro, incitando a la agresión contra quienes asisten, es incoherente. ¿Llamarse longos para detener a los taurinos? ¿Dividir a los malísimos españoles versus los pobres ecuatorianos conquistados? ¿Irrumpir en una elección de reina para gritar como locos consignas que ni se entienden? Así, no ayudan, dejen no más, gracias.

Segundo, detesto el “ambiente de la Plaza”. Porque obvio, todos y cada uno de los personajes snob que he conocido en mi vida, se refieren así al bullicio, desorden y gentío que se aglutina a diez calles a la redonda de la Plaza de Toros de Quito, entre los que están convencidos de tener hartísima sangre española en las venas, y que andan de a jeans, camisas de cuadros, botas, cinturones y sombreros de cuero, añorando la conquista, buscando en sus raíces algún antepasado sevillano o madrileño que les haga pensarse mejores que los demás, y alegando que los toros son parte de nuestra tradición. Qué tradición me pregunto yo. Aún nadie logra darme una respuesta coherente. Entonces, continuando con este “ambiente”, de borrachos en cada esquina, embadurnados de vómito y orinas, adolescentes que no pueden sostenerse sobre sus piernas por la cantidad de trago barato que consumieron, colegialas que ya ni sienten que hace rato la falda del uniforme deja ver bastante más de lo que debería, viejos verdes que aprovechan para morbosear a las colegialas, cientos de vendedores de vino en cartón, de ese vino que deja un olor insoportable en cada rincón de la ciudad en los quince días siguientes, gritos, contaminación, y olé.

Tercero, si mezclamos a los snobs y las corridas, encontramos una multitud de ignorantes, pues poquísima gente será la que realmente entienda algo de este llamado arte, si es que hay algo que entender, quizás en cuanto a los orígenes, la leyenda del minotauro en el laberinto, que recuerdo alguna vez evocada en una clase de literatura para explicar algo del arte taurino, el enfrentamiento de la fuerza entre el ser humano y la bestia… Algo bastante primitivo a mi entender, pero que de algún modo puede tener una explicación más profunda que el simple espectáculo de sangre y muerte que ve una persona tan simple como yo, para quien es inconcebible que una multitud disfrute, con cualquier razón solapada, de la agonía de un toro, o cualquier otro animal.

Cuarto. Durante las fiestas de Quito, la ciudad se vuelve violenta; aumentan los accidentes de tránsito, los asaltos, las peleas entre borrachines y todos los actos de agresividad que una mente volátil como la mía puede imaginar. Y el saldo es desastroso. Todos los años, desde que me acuerdo, al menos una persona amigo de un amigo de un amigo o prima del amigo del primo, muere. Simple estadística. Entre tanto muerto que hay, alguno tiene que ser medio conocido. Con ese aire de violencia e inseguridad que se respira particularmente en estas fechas, en las que al son de las bandas de pueblo y el trago barato, los ánimos y el falso orgullo de ser quiteño, se exacerban al punto de no diferenciar entre el festejo y la idiotez, las ganas de salir de mi casa, se vuelven inexistentes.

Quinto. La elección de las reinitas. Yo soy de las que piensan que quien sea puede hacer lo que buenamente le parezca con su vida, su cara y su cuerpo. Básicamente aplicado a los concursos de belleza, como lo es el de Reina de Quito. El tema es que usualmente las candidatas son horrendas, con unos cuerpos de chihuahua parado, con esos copetes de los ochenta que les hacen, un maquillaje de señoras, y unos trajes bien fieros. De las respuestas a las preguntas que les reparten de antemano, como para que se aprendan de memoria, mejor ni hablar, porque al ser un concurso de belleza, sinceramente, eso es lo que menos importa.

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Sexto. Las chivas, las tan detestables chivas, y sus oficinistas o estudiantes al borde del coma etílico. La música a todo volumen que recorre la ciudad. El ruido que se suma con las sirenas de policía o ambulancia que irán a recoger a los que caigan, producto de la impericia de los conductores o los efectos del alcohol y los noticieros que darán cuenta posterior de todos los muertos y heridos. La cantidad será igual o superior al año anterior, y así, cada año, estas fiestas nos recuerdan que durante esos diez días no habrá paz, en ningún lado, por más que intentes huir, las chivas te encontrarán.

Entonces, los primeros días de diciembre, procuro huir de la ciudad, que el resto del año es tan linda, en donde se puede comer rico, pasear bien y sentirse a la altura de los cielos.

Pero tranquilo, para los ermitaños como yo, especies de grinch de las Fiestas de Quito, siempre habrá algún vecino convencido que esta es la mejor fiesta del año, y armará todo el relajo, con borrachos, pleitos y música guarra incluida, o no faltará el comedido que quiera armar la elección de Quiteña Bonita en el lugar de trabajo, barrio, universidad o incluso guardería de los niños, para que una bella quiteña se sienta más bella que el resto, porque un trío de gatos así lo decidió.