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@guscocov

Mi pasión por Emelec nació hace ya mas de 30 años y debo confesar que desde el inicio fue enfermizo, y es que los del bombillo no podemos ser hinchas, eso simplemente no se nos da.  Somos enfermos!

Al estadio empecé a ir en secundaria cuando el padre Juan Valpuesta, sacerdote jesuita del Colegio Javier, llevaba a un grupo de estudiantes a galeta del Estadio Modelo.  Imposible olvidarme como los viernes mi profesor de matemáticas Vicente Villegas Coello me hacía pasar al pizarrón solo para preguntarme quien jugaba el domingo y ponerme 0 cuando no sabía quien jugaba o si mi predicción del clásico era a favor del Emelec.

Luego, ya graduado de Universidad volví al ya renovado Capwell y la sensación es difícil de describir.  Entrar a ese estadio con Chicho, Joaquín, Renato, Mauricio y sentir como latía al son de los saltos de la gente mientras alentábamos al equipo todavía me hace poner la piel de gallina.  Con el paso de los años se unió mi esposa y luego, como todo padre responsable convertí a mis hijos en dos pequeños enfermos del bombillo. Pero este largo camino al lado del bombillo no termina y gracias a la invitación de Fernando Ampuero (@ampuerof) decidí ir por primera vez en mi vida con la Boca del Pozo.

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Los preparativos comenzaron el miércoles y ya empezábamos a ponernos de acuerdo con la hora, el lugar, quien compraba las entradas, etc.  El viernes ya teníamos las entradas, y el sábado nos encontraríamos para caminar desde bellavista hasta el Estadio de Barcelona.  Los que vivimos esta fiesta del estadio tenemos nuestros rituales, cábalas, amuletos o ritos que debemos preparar meticulosamente para no invocar una mala vibra. Yo por mi lado, no puedo usar camiseta gris, simplemente me da mala suerte; tengo que comprar una funda de manicris y un chupete; que puedo decir, es parte del ritual. Otros dejan su camiseta de Emelec encima del monitor de la computadora desde la noche anterior como Efrén Avilés (@EfrenAvilesM).

A las dos de la tarde nos encontramos cual acordado y empezamos nuestra caminata al estadio en medio de un mar de personas todos caminando en el mismo sentido, algunos de amarillos y otros de azul.  Ya al llegar al estadio nos encontramos con la primera calamidad; un hincha azul había sido apuñalado en el brazo, a pesar del temor no pude controlarme y simplemente aplaste el obturador de la cámara y documenté el incidente.  En todo caso, ya estábamos en el estadio y procedimos a hacer una fila que parecía interminable para entrar a tribuna junto con la boca del pozo.  Mientras esperábamos, matábamos el tiempo recordando experiencias pasadas ya sea en este estadio o en algún otro; nos acordábamos del gol de Beninca, que el de Vidal Pachito, que el de Paredes con pase del Cuqui… y con cada historia un “nuevo amigo” se involucraba en la conversación y una nueva historia se contaba.

Finalmente la fila empieza a moverse y entramos al estadio.  Como me lo hubiera esperado, una tribuna completamente llena te recibía con los cánticos de una barra que nunca paró de alentar.  Es difícil tratar de describir con palabras lo que era estar allí.  Todos parados uno al lado del otro, incómodos, apretados, con calor, humo y olores de todo tipo, insultos, cantos, barras, gritos de aliento o de furia; para algunos debe ser inconcebible pensar que alguien en su sano juicio disfrute ese ambiente, para quien vive el fútbol sería imposible vivirlo de otra forma. Miles de directores técnicos parados en esa tribuna preguntando en voz alta por qué no hacer tal cambio o el otro, gritándole al jugador que de un pase o que patee al arco, reclamando una decisión del árbitro o aplaudiendo una jugada que pudo ser y no fue.

Pero esta vez, el partido no sería nuestro, ni bien empezaba el partido nos hacían un gol que nos congelaba la sangre con el único consuelo que el partido estaba entero y que lo podíamos empatar. El tiempo pasaba y el equipo no empataba; los jugadores se desesperaban pero era más el deseo que el juego. Pasó algo muy raro, a pesar de no parar de cantar con la boca del pozo todo el partido, sentía un silencio total en medio de esa bulla; era esa sensación de perder el clásico.  Y es que el cásico no es cualquier partido, es uno que justifica la existencia del fútbol en el país, un partido que no se parece a ningún otro así traten de inventar nuevas rivalidades, un partido que a pesar de no tener mayor trascendencia en la actual tabla de posiciones se lo vive como si fuera el último. Que me perdonen por lo que voy a decir, pero en Ecuador existe el clásico y luego todo lo demás.

El segundo gol no me dolió tanto como el primero; daba lo mismo perder por uno o por dos goles. El equipo se había lanzado con todo a tratar de meter un gol para empatar como sea, “tripa o suerte” dirían los taurinos. Y así terminó el partido… a esperar en ese estadio media hora mas hasta que nos dejen salir, media hora más en este lugar que nos restregaba la derrota cada segundo!

Ahora empezaba la procesión de regreso a bellavista para luego ir a casa, derrotados, con bronca y amargado! Ese fue el último clásico del año, ahora toca esperar hasta la próxima temporada para la revancha y esta historia se volverá a repetir, es que solo hay una cosa cierta y es que sin importar cuantas derrotas, volveré a ir al estadio a alentar al bombillo.  Soy un enfermo y me gusta!

Gustavo Uscocovich