La santidad de la vida está construida sobre una falacia. La premisa de que la vida tiene valor por sí misma se basa en el terror colectivo a la muerte. Es decir, mi vida tiene valor, para mí, por lo tanto accedo al supuesto consentido que tu vida también tiene valor. Y no solo para ti, si no para mí también. Para que de esa manera, bajo esa fórmula, mi vida también tenga valor para ti.

Es un gran sistema. Funciona. Claro, es un sistema que se suspende en caso de guerra, enemistad tribal, mal reparto, sexo con el hermano/a del cónyuge, etc., etc. En todo caso, lo interesante sería observar qué es lo que verdaderamente le da valor a la vida, más allá de haber logrado sortear un posible aborto, haberle hecho el quite a una T de cobre o haberse escurrido por el muy afamado caliche para posteriormente salir airoso del parto materno.

Todo eso se me vino a la mente luego de una conversación sobre el control de la natalidad que tuve hace poco. Al yo exponer mi punto, dentro del cual si fuésemos menos todo sería mejor, fui rebatido inmediatamente con el argumento de que yo tenía la suerte de estar vivo, y que si hubiese seguido mi receta, probablemente no lo estaría.

No quise ser pesado y argumentar que si no estuviese vivo no lo sabría, y debo confesar que me gusta estar vivo y ver la vida fluir a mi alrededor. Me gusta la gente. Me gusta ver cuando ponen un letrero afuera de a casa para vender morocho o cuando se paran en la calle con un letrero que dice “Sí hay cangrejo”. La vida cobra valor en quienes no duermen, en los que se adueñan de sus días. Cobra valor en los que pintan mientras el resto duerme, en los que escriben siempre sin soñar en ser publicados, en los que defienden al resto aún a costa de sí mismos. Etc., etc. Supongo que esa es mi conclusión: la vida tiene exactamente el valor que uno le da a través de sus actos. Ni más ni menos. Si no haces nada, tu vida vale verga. Si haces algo, tendrá el valor que le entregues. Es por eso precisamente que quienes tienen una vida de mayor valor es quienes están dispuestos a entregarla por lo que creen. ¿Quién puede tener una vida más fuerte y valiosa que quienes están dispuestos a darla por algo que creen o consideran fuerte y valioso? Esa gente es la que comúnmente se conoce como ‘peligrosa’.

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Y esto no conlleva un ápice de romanticismo, ni es una apología al terrorismo. Es simplemente un hecho real: si alguien está dispuesto a morir por ti, o por tu libertad, o por cualquier razón, ¿Quién es más valioso tú o él/ella? La vida de quien tiene más valor, es natural y lógicamente, más valiosa de quien no lo tiene. Es Darwinismo puro. No hay vuelta que darle. Parece increíble, sobre todo hoy en día, pero la frase “por cualquier medio que sea necesario” no solo es un mantra filosófico, si no una realidad bajo la cual viven unos pocos, unos elegidos, que sin duda ganarán el reino de los cielos.  Ahora, yo no he dicho que soy uno de ellos. Solo estoy ejemplificando una teoría acerca del valor de la vida.

Y ese es el valor que tienen las vidas de los muertos del 30 de Septiembre. A mí personalmente me parecen muertos valiosos. Hay que ser un cobarde de alta estirpe para querer entregarle esos muertos a una tercera persona. Es robarle la independencia y la dignidad de quienes decidieron defender algo en lo que creían.

Y ese día, el día que en que los policías se volvieron locos, ciertas personas decidieron salir a la calle a defender algo en lo que creían.  Eso se llama pelear por lo que uno cree. Si uno no cree en algo, tiene derecho a quedarse en su casa.

Negar el valor de las muertes del 30-S es como negar el valor de los muertos del 15 de Noviembre de 1922. Cuando la gente sale a la calle, sus vidas cobran valor. Cobran un valor superior a quienes se quedan en su casa viendo todo por la televisión, o venteándose en sus hamacas, dependiendo de la época.

Cuando una persona decide defender o atacar un sistema con el propio pellejo, eso le da valor a su vida. Un valor que antes no tenía y es una vida que tiene más valor que la de quienes no lo hacen.

Salud.