¿Puede un país recobrar la memoria yendo al cine?

Muy pronto la así llamada opinión pública se ha apresurado a emitir opiniones sobre "Con mi corazón en Yambo", documental de María Fernanda Restrepo sobre la desaparición y búsqueda de sus hermanos, Andrés y Santiago, a manos de la Policía Nacional hace veintitrés años. se han atrevido a comentarla hasta quienes no se han atrevido a verlo. A ellos, la obra les lanza en la cara las miserias de un pasado que fue, en todo rigor, peor. Otros, han querido arroparlo con su bandera política propia, como si un crimen de Estado justificase su ascensión al poder y sus prácticas, cuando realmente lo único que hace es explicarlas dentro del contexto histórico. También hay aquéllos que han preferido guardar un obsecuente silencio. Ninguno, según dicen, ha querido hacer política del documental, pero todos han intentado explicar –para bien o para mal– el presente a la luz del pasado, como si se estuviese repitiendo. “Este caso es tan público y a través del pronunciamiento del presidente Correa se ha armado todo un show mediático alrededor que no he podido ni siquiera parar”, dice Restrepo. Es decir, lo han hecho: han politizado la reflexión sobre el documental, que no es lo mismo que entender su dimensión política. Sin embargo, la reflexión que está ausente es la que María Fernanda nos propone, de una manera sutil pero clara, desde el inicio del documental: qué país queremos ser, a partir del país que fuimos y hacia dónde vamos, en base al país que somos. ¿El país que miró de reojo pero no se pronunció y aún apenas lo hace sobre la desaparición forzosa y el asesinato de dos adolescentes, pero más aun sobre la macabra maquinaria encubridora estatal? ¿Qué significa tener el corazón en Yambo, la laguna de la sierra central donde dicen algunos testigos, fueron lanzados los cadáveres de Santiago y Andrés?

Yambo no es ya más apenas una laguna. No importa si los cuerpos de Andrés y Santiago Restrepo Arismendi yacen en su fondo lodoso. Yambo es ahora un espejo. Un espejo al que el Ecuador tiene que asomarse para verse desnudo, de cuerpo entero y ponerse los dedos sobre las laceraciones: la xenofobia, la dependencia de la sociedad del miedo, la soterrada justificación de los excesos y, por sobre todo, el no querer hacernos cargo de la tragedia que como país atestiguamos silentes. Para María Fernanda Restrepo, el documental ha sido un proceso doloroso, pero que sirve para que la el país entienda algo casi obvio: el poder de la memoria. “No solo para mantenernos vivos, sino para construirnos mejor como país, para mejor como personas, para no olvidar”. Evitar el olvido es una tarea pendiente en un país que, , como en toda Latinoamérica, el  olvido es una peste.

En el ejercicio propuesto por Restrepo tal vez no nos reconozcamos. Es probable que insistamos en el descrédito de que todo está bien, de que aquí no pasa nada, cuando en realidad el problema en este país, desde siempre –y en el caso puntual de los hermanos Restrepo, desde mil novecientos ochenta y ocho– es que no pasa nada.  Esa es la pregunta que hace María Fernanda Restrepo ¿por qué no pasa nada hace veintitrés años?

En el recorrido personal en que intenta encontrar respuestas, “Con Mi Corazón en Yambo” trasciende su propósito documental. En una metamorfosis, catártica y hermosa, la pregunta se torna llamado. Igual que para María Fernanda, que cambió su vida desde el acicdente de sus hermanos. “Yo en realidad hubiera querido ser bailarina, toda mi vida, pero el accidente de tránsito que tuve con mi madre ya no pude seguir con ese sueño”. Su madre, Luz Elena Arismendi, murió en ese accidente. Se había entregado a la causa de encontrar a sus hijos. Dice María Fernanda que Luz Elena perdió el buen humor. “Su vida empezó a girar alrededor de eso, la consumía. La desesperanza la llenaba”. Pero al mismo tiempo,  fue una muer excepcional. Cuenta María Fernanda que la desaparición de Santiago y Andrés de inquietud se volvió un clamor angustioso y profundo. “No sé de dónde sacó fuerza para pararse de ese sillón, indagar cientos de cartas, tocar cientos de puertas, hablar con políticos, enfrentar a los policías”. Es el mismo despertar que precisa una sociedad que duerme el sueño narcótico del miedo. Hemos cerrado las persianas de los complejos para que no entre más la luz y vegetar este coma que nos han propuesto: vivir siempre aterrados no solo de lo que puede pasar, sino de lo que podría haber pasado. Más de uno ha encontrado justificación al asesinato de los hermanos Restrepo por el supuesto mantenimiento de una paz social. Una paz social que fue un parapeto, un castillo de naipes. Eso queda clarísimo en el documental de María Fernanda Restrepo: la familia feliz, que vivía dentro de los márgenes de aquélla supuesta paz social, un día, sin previo aviso, les llegó el fétido tufo del de poder y el castillito se derrumbó.

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El Ecuador, en su afán de mantener la calma que había contrabandeado por paz prefirió, a veces, olvidar -otras justificar– lo que hizo el Estado ecuatoriano, al delinear, justificar y luego encubrir a los autores y cómplices del asesinato de Andrés y Santiago Restrepo. Y así vivimos durante veintitrés años. Hasta que María Fernanda, pequeña y serena, llegó a tocarnos la puerta con el testimonio histórico bajo el brazo. Fueron cuatro años de trabajo arduo. De meterse por días en la investigación y salir de ella tantos otros para no abrumarse. “No fue un trabajo diario porque nos íbamos a volver locos, ¿no?”, dice María Fernanda. 

En “Con mi corazón en Yambo” se narra con precisión el destino de los asesinos de los hermanos Restrepo y sus encubridores. Gente dedicada a mantener a raja tabla una supuesta paz social. Era paz porque no eran nuestros amigos, nuestros hermanos, nuestros vecinos los muertos. Era paz porque los dos asesinados eran colombianos. Si en la isla de paz mueren dos niños inocentes y no pasa nada y la justificación es lo terrible que pudo haber sido el terrorismo que supuestamente se combatía, algo no está bien en este país.  Eso no es paz. Eso es apenas un reposo terrible, como el de quien vive solo porque está conectado a un respirador artificial. Emmanuel Mounier, filósofo personalista francés, decía “Una vieja costumbre de tranquilidad burguesa nos hace creer en el orden cada vez que el reposo se establece. La cuestión es saber si el mundo no está más bien hecho de tal manera que el reposo sea siempre un desorden.”

María Fernanda Restrepo no estaba dispuesta a que sus hermanos se enreden en la rueca del olvido. Hace siete años decidió hacer el documental. Fueron largos días de pensarlo, delinearlo, de intentar vivir en el presente. “Vivo colgada de épocas anteriores” dice. La historia de María Fernanda es una caída de boca con la memoria histórica. Es un espejo en el que vemos que el Ecuador de hoy es el mismo de los ochenta, solo que con ipads.

Si el Ecuador no se redime así mismo y reflexiona sobre estos males y entiende el legado histórico del caso Restrepo –y, por ende, la dimensión histórica, política y social del documental de María Fernanda– es muy probable que repitamos esas mismas atrocidades y errores.

Los seres humanos no podemos andar en rediles, encorvados y asustados por el mundo. Ya lo dijo Martin Luther King Jr. “Cada vez que hombres y mujeres enderezan sus espaldas están avanzando, porque nadie puede montarte a menos que estés encorvado”. Para eso llegó el documental de María Fernanda Restrepo. Para, a través de la memoria histórica, pedirnos que enderecemos la columna vertebral torcida de este país sobre la que cabalgan plutócratas y oligarcas, politiqueros y oportunistas. A recordarnos que las causas justas son de todos, así no sean las propias. A recordarnos que la lucha por las libertades y las causas propias es importante, pero que luchar por las ajenas es indispensable. María Fernanda dice que todo los días encuentra un motivo para ser Feliz. Ella y su familia pueden tener su corazón en Yambo. El resto del país tiene ahí su espejo.