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Ahí estaba yo, corriendo a la estación para llegar a tiempo. Maldita puntualidad Suiza. Se abren las puertas de los vagones. Sale el que tiene que salir, entra el que tiene que entrar. El tren sale a las 17h47, ni antes ni después. No sale cuando le da la gana al conductor, nadie te dice "Ya mismo sale el tren, suba nomás, mientras más rápido se llene más rápido sale". Yo subí con mis latas de cerveza. Abrí una y me senté.

Iba al OKTOBERFEST con unos amigos y tenía que encontrarlos en Zúrich primero. El tren en su recorrido bordeó el inmenso lago de Lemán, conocido como "lago de Ginebra" que llega hasta más allá de Lausanne, donde vive la comunidad más grande de ecuatorianos en Suiza. Sentado en el tren, el lago a mi derecha tenía un color turquesa, precioso, adornado con los nevados de los Alpes. La típica foto de Suiza. Estaban hasta las vaquitas comiendo pasto con sus campanitas colgándoles del cuello, uno que otro campesino suizo cortando el césped para que las vacas se lo coman, sean ordeñadas y su leche sea transportada a una pasteurizadora, la procesen, le echen agua, la vendan en el supermercado, la compre tu madre, te la tomes y luego la orines. Tal cual "Mi agüita amarilla".

A mi izquierda solo se veían las montañas a través de las ventanas y la gente que estaba sentada. Como siempre hay de todo: punkeros, estudiantes, empresarios, doctores, etc. Todos en el mismo vagón. Unos iban, otros venían ¿A dónde o de dónde? Nadie sabe, tampoco interesa. Dos estaciones más adelante se subió uno de esos chicos que hacen el servicio militar, que en Suiza es obligatorio. También subió con su cerveza. Se sentó frente a mí. Me miró. Conectó su IPod, destapó su cerveza, yo destapé otra y brindamos. Eso fue todo, ¿Para qué mayor comunicación? Él siguió con su música y su cerveza, yo con mi cerveza, mis reflexiones y mi libro.

Ya en Friburgo, que es la ciudad en donde hablan francés y alemán indistintamente, se subieron dos chicas. Seguro estudiantes de la universidad. 19 o 20 años aproximadamente. Una era sencillamente preciosa. Rubia, cabello ondulado, ojos color turquesa, del color del lago que había ya dejado atrás, nariz perfecta, una sencillez en sus gestos al hablar y una risa que contagiaba al resto del vagón del tren.

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Fue hermoso verla, me sentí como el personaje Gustav en el libro Muerte en Venecia contemplando la hermosura de Tadzio. La diferencia era que en la obra de Thomas Mann, Gustav tenía unos 60 o 70 años y se enamoró de un chiquillo de unos 15 o 16. Acá era yo con 33 y ella con unos 19. Pero no era solamente su belleza física (como tampoco en el libro), era todo lo que representaba, toda esa vida por delante, ese vivir solo el presente; una presente y profunda comprensión de la Belleza, como la que canta Aute. Me recordó mucho mi época de mochilero.

En Zúrich ya me esperaba Meli. Me recibió con un muy fuerte abrazo y nos fuimos a caminar. Primero paramos en un bar que parecía más bien un jardín. Me invitó la primera cerveza. Hablamos de todo un poco. Esos 15 minutos en los cuales resumes 10 años de vida y el resumen se centra básicamente en las mismas preguntas de siempre. ¿Tu familia? ¿Tu hijo? ¿Tu trabajo, tus estudios, tus planes; qué sabes de fulano, qué sabes de zutano? Unos viven, otros mueren, así es. Y sanseacabó.

 

Nos fuimos a otro bar. Había música en vivo, algo así como un funk jazz. Pedimos otras cervezas, pero como hacía tanto calor, nos las fuimos a tomar a la calle, junto a otra gente que había ahí. En la Langstrasse (Calle Larga), al lado de un cabaret y putas, al lado de un restaurante, al lado de una tienda de Rolex con las vitrinas expuestas; al lado de un bar latino, al lado de una pizzería, al lado de un cine porno, al lado de otro restaurante. Así va la Langstrasse, como va la vida y como íbamos nosotros emocionados de vernos después de tantos años.

Ya casi a la media noche volvimos a la estación de trenes, la Hauptbahnhof, esta vez a ver a Ivanov y Martha. Desde Ecuador ya lo habíamos planeado así. Y así sucedió. Fuimos a un Kiosco, pedimos unas cuantas Carlsberg y brindamos. Lata de cerveza en mano fuimos a esperar el tren que nos lleve a casa de los padres de Martha, donde nos recibieron con mucho cariño, cervezas y vino. Había que despertarse al día siguiente a las seis de la mañana.

En el bus que nos llevaba a München vendían cervezas como preámbulo para el OKTOBERFEST. Pedimos tres primero y tres después. A la tercera ronda los suizos ya estaban gritando y botando cervezas en el bus. Igual siguieron vendiendo cervezas. Pasamos un túnel cuyo nombre no recuerdo, pasamos la frontera austriaca y entramos a Alemania. Buen inicio.

El OKTOBERFEST que se empieza a celebrar desde mediados de septiembre es un Disney World de la Cerveza. Uno entra a un gran campus donde hay un parque de diversiones. La montaña rusa, la rueda moscovita, los pulpos, etc. Niños caminando por ahí y por allá, subiéndose a los gusanitos, carros chocones y todos esos juegos en que se suben los niños porque son para niños. Todo rodeado de restaurantes y bares llenos de gente que ha venido de todo el mundo y alemanes disfrazados de alemanes de la época medieval. Bárbaros. La fiesta empieza más o menos a las diez de la mañana. Nosotros llegamos a las once. Ya estábamos tarde. Así que nos fuimos directo a las carpas cerveceras. Ahora bien, le llaman carpas, pero realmente son galpones gigantes en donde entran de 7.000 a 9.000 personas por carpa. Hay como unas 10 en la explanada, aparte de todos los bares que hay afuera al aire libre. Dicen que a este evento asisten unas 7 millones de personas durante el mes que se celebra. Doy crédito de aquello.

Intentamos entrar a estas carpas. Todas estaban llenas, todas. Dimos vueltas y vueltas. Finalmente un guardia muy amablemente nos dejó entrar en una por una puerta trasera. Tuvimos mucha suerte. Adentro es la fiesta. La música, los alemanes y las alemanas con sus vestidos del medioevo que se llaman dirndl, todo el mundo con su jarro de litro de cerveza en la mano. Mejor dicho todos los que estaban sentados, porque persona que estaba parada no le servían cerveza.

Así que comenzamos a buscar asiento. Dimos vueltas y vueltas y vueltas en ese galpón donde todos se estaban divirtiendo menos nosotros y otros cuantos que también daban vueltas hasta encontrar un asiento. Ya a la cuarta vuelta, cansados y hartos de ver cómo todos celebraban y cantaban menos nosotros, decidimos salir, decepcionados. Camino a la salida, estaban unos italianos, unos cantando y gritando parados en la mesa, otro medio caído en la silla. Había un espacio mínimo y nos dejaron sentar con ellos.

 

Fue lo mejor. Uno de los italianos podría haber sido fácilmente un protagonista de alguna película de Pasolini. Cara chata, ojos verdes saltones, mirada intensa, cabello castaño despeinado y una boca grande tipo Mick Jagger o Steven Tyler. No paraba de reírse. Como aun no nos traían las cervezas, nos dieron de las suyas hasta que nos atendieran. "Salud. ¿De dónde son?". "De Ecuador". "Ahhhh, Ecuador. Bastardi, filo da putana" nos comenzaron a gritar. "Los Italianos también somos bastardi. Salud" y nos abrazaban, nos daban más de sus cervezas, así nos dieron la bienvenida a la fiesta. Comenzamos a gritar parados en la mesa, moviendo las manos como en el estadio, Filo da putana, Filo da putana, filo da putana.

Llegaron nuestras cervezas y unos irlandeses, también a sentarse en esa mesa loca, del otro lado, justo donde unos alemanes habían dejado el espacio. Los italianos no paraban, ahora el grito era Ecuador, Ecuador, luego Italia, Italia. Estos italianos estaban demasiado borrachos y brindaban tan fuerte con los jarros que los quebraban. Uno, ya demasiado borracho, quiso tomar del jarro roto y ya cuando iba a tomar la cerveza lo pudimos detener a tiempo. A otro se le cayó el jarro en la mesa y se regó toda la cerveza. Ya no podían más. El último se acostó sobre la mesa y se cortó la mano con los trozos de vidrio roto que había por doquier. Vino seguridad y se los llevó. Pobres, se fueron del OKTOBERFEST. Así como sucede en la vida. Unos van, otros vienen; unos nacen, otros mueren; pero la fiesta continúa. The show must go on.

Llegaron dos chicas, una de Groenlandia y una de Japón, dos alemanes que no pasaban de los 17, más los irlandeses, ya teníamos mesa llena nuevamente. Los chiquillos alemanes se tomaron dos jarras y se fueron borrachos a más no poder. Unos rusos los reemplazaron.

Había música, bulla, fiesta. Todos cantando y saltando sobre las mesas, jarro de cerveza en mano. Las meseras llevando en cada mano 4 litros. Brutal. Estábamos, en definitiva, cantando música alemana, estúpidamente estúpidos, bailando bailes estúpidos y tomando como estúpidos. Brillantemente estúpidos.

De repente la música paró. Una chica se puso de pie sobre la mesa toda la carpa cantaba "Ein Prosit, ein Prosit der Gemütlichkeit,  ein Prosit, ein Prosit  der Gemütlichkeit". Que es algo así como brindemos por nuestra jovialidad. Se tomó el jarro de litro de cerveza de una sola, sin parar. Luego se cayó directamente al piso inconsciente. Le siguió otro, hizo lo mismo sin desmayarse. Luego otra chica, tampoco se cayó. Todos festejaban cada vez que alguien tenía el valor de intentar tomarse el jarro entero.

Más música, más baile sobre las mesas, las alemanas con su rubia cabellera, sus vestidos provocadores, sonrientes, cervezas iban y venían. A veces la más avezada de las meseras venía hasta con 9 jarras en las manos. No se puede creer si no se lo ve.

Después de 4 o 5 litros nos fuimos. Suficiente con lo que vimos. Queríamos descubrir el mundo afuera del galpón cervecero, ver qué había en otro lado. Borrachos decidimos ir a la montaña rusa. No sé cómo no terminamos vomitando. Luego, dando vueltas, nos separamos y nos perdimos, es decir, Martha se perdió y quedamos Ivanov y yo. Eran ya casi las 19h00.

Nos paramos en un sitio fijo a esperar y nada. Esperamos, esperamos y esperamos. Nada. Esperamos como cuando estás en el vientre y esperas nacer. Te pegan nalgadas. Si lloras estás vivo, sino, más nalgadas, y más y más. Si a la tercera tanda de nalgadas no lloras, estás muerto. Ya no tienes que esperar más. That was it, game over. Si lloras, entonces te tocará esperar a morir de otra forma y mientras mueres, esperas crecer, esperas que te den el biberón, esperas ser grande para ir a la escuela. Esperas el bus escolar, esperas que se acabe el año para pasar al siguiente, así hasta que te gradúas. Esperas que la chica te diga que sí, esperas, esperas, esperas levantarte para ir al trabajo, luego esperas terminar el trabajo para ir a tu casa, o verte con tus amigos, esperas para luego ir a la casa a dormir, para esperar que sea un nuevo día y hacer lo mismo de nuevo con la esperanza de que algún día se acabe. Esperas que las cosas cambien, que sean mejores días, que no te boten del trabajo, ganarte la lotería, esperas que ya no tengas que esperar más. De lo que se trata es de evadirte, evadir el tiempo libre para evitar estar contigo. Ves la tele, te vas a beber, te vas con tus amigos. Lo que quieres es no estar solo, porque no te soportas, porque te da miedo enfrentarte, entonces esperas que algo pase.

Así estuvimos esperando una hora y nada pasó. Martha no llegó así que nos fuimos a seguir esperando que algo pase, pero con otra cerveza y en otro lugar. Fuimos a un kiosco Pedimos salchichas alemanas, distintos tipos. Comimos. Cada vez probábamos una cerveza distinta. Una miel en la boca.

De repente, mientras seguíamos disfrutando de nuestras cervezas, otros italianos. Ahora estaban enojados con unos gringos. "Maledetto Filo da putana" les gritaron y les tiraron un jarro de cerveza en la cara. Por suerte no pasó a mayores. Antes ya habíamos visto cómo la seguridad había tumbado a unos alemanes de casi dos metros de alto. Nos fuimos.

Borracho, ya en la noche, les daba la bienvenida a los alemanes. "Wilkommen in München", les decía, "Enjoy the party", y no podía faltar el clásico. "We wish you a merry Christmas, we wish you a merry Christmas, we wish you a merry Christmas, and a happy new year!!!". Borrachos, todos cantábamos la navidad.

Finalmente nos fuimos de este fantástico parque cervecero y vimos un parque abierto al aire libre. Nos acomodamos y nos quedamos dormidos hasta que unos gitanos nos despertaron. Eran casi las 12 de la noche, hora de irnos, les estábamos quitando sus puestos. Nos levantamos, caminamos divagando, encontramos a Martha que andaba por ahí cerca de casualidad. Tomamos el bus y nos fuimos de vuelta a casa.

El mejor parque de diversiones al que he ido en mi vida.

estaba yo, corriendo a la estación para llegar a tiempo. Maldita puntualidad Suiza. Se abren las puertas de los vagones. Sale el que tiene que salir, entra el que tiene que entrar. El tren sale a las 17h47, ni antes ni después. No sale cuando le da la gana al conductor, nadie te dice "Ya mismo sale el tren, suba nomás, mientras más rápido se llene más rápido sale". Yo subí con mis latas de cerveza. Abrí una y me senté.

Iba al OKTOBERFEST con unos amigos y tenía que encontrarlos en Zúrich primero. El tren en su recorrido bordeó el inmenso lago de Lemán, conocido como "lago de Ginebra" que llega hasta más allá de Lausanne, donde vive la comunidad más grande de ecuatorianos en Suiza. Sentado en el tren, el lago a mi derecha tenía un color turquesa, precioso, adornado con los nevados de los Alpes. La típica foto de Suiza. Estaban hasta las vaquitas comiendo pasto con sus campanitas colgándoles del cuello, uno que otro campesino suizo cortando el césped para que las vacas se lo coman, sean ordeñadas y su leche sea transportada a una pasteurizadora, la procesen, le echen agua, la vendan en el supermercado, la compre tu madre, te la tomes y luego la orines. Tal cual "Mi agüita amarilla".

A mi izquierda solo se veían las montañas a través de las ventanas y la gente que estaba sentada. Como siempre hay de todo: punkeros, estudiantes, empresarios, doctores, etc . Todos en el mismo vagón. Unos iban, otros venían ¿A dónde o de dónde? Nadie sabe, tampoco interesa. Dos estaciones más adelante se subió uno de esos chicos que hacen el servicio militar, que en Suiza es obligatorio. También subió con su cerveza. Se sentó frente a mí. Me miró. Conectó su IPod, destapó su cerveza, yo destapé otra y brindamos. Eso fue todo, ¿Para qué mayor comunicación? Él siguió con su música y su cerveza, yo con mi cerveza, mis reflexiones y mi libro.

Ya en Friburgo, que es la ciudad en donde hablan francés y alemán indistintamente, se subieron dos chicas. Seguro estudiantes de la universidad. 19 o 20 años aproximadamente. Una era sencillamente preciosa. Rubia, cabello ondulado, ojos color turquesa, del color del lago que había ya dejado atrás, nariz perfecta, una sencillez en sus gestos al hablar y una risa que contagiaba al resto del vagón del tren.

Fue hermoso verla, me sentí como el personaje Gustav en el libro Muerte en Venecia contemplando la hermosura de Tadzio. La diferencia era que en la obra de Thomas Mann, Gustav tenía unos 60 o 70 años y se enamoró de un chiquillo de unos 15 o 16. Acá era yo con 33 y ella con unos 19. Pero no era solamente su belleza física (como tampoco en el libro), era todo lo que representaba, toda esa vida por delante, ese vivir solo el presente; una presente y profunda comprensión de la Belleza, como la que canta Aute. Me recordó mucho mi época de mochilero.

En Zúrich ya me esperaba Meli. Me recibió con un muy fuerte abrazo y nos fuimos a caminar. Primero paramos en un bar que parecía más bien un jardín. Me invitó la primera cerveza. Hablamos de todo un poco. Esos 15 minutos en los cuales resumes 10 años de vida y el resumen se centra básicamente en las mismas preguntas de siempre. ¿Tu familia? ¿Tu hijo? ¿Tu trabajo, tus estudios, tus planes; qué sabes de fulano, qué sabes de zutano? Unos viven, otros mueren, así es. Y sanseacabó.

Nos fuimos a otro bar. Había música en vivo, algo así como un funk jazz. Pedimos otras cervezas, pero como hacía tanto calor, nos las fuimos a tomar a la calle, junto a otra gente que había ahí. En la Langstrasse (Calle Larga), al lado de un cabaret y putas, al lado de un restaurante, al lado de una tienda de Rolex con las vitrinas expuestas; al lado de un bar latino, al lado de una pizzería, al lado de un cine porno, al lado de otro restaurante. Así va la Langstrasse, como va la vida y como íbamos nosotros emocionados de vernos después de tantos años.

Ya casi a la media noche volvimos a la estación de trenes, la Hauptbahnhof, esta vez a ver a Ivanov y Martha. Desde Ecuador ya lo habíamos planeado así. Y así sucedió. Fuimos a un Kiosco, pedimos unas cuantas Carlsberg y brindamos. Lata de cerveza en mano fuimos a esperar el tren que nos lleve a casa de los padres de Martha , donde nos recibieron con mucho cariño, cervezas y vino. Había que despertarse al día siguiente a las seis de la mañana.

En el bus que nos llevaba a München vendían cervezas como preámbulo para el OKTOBERFEST. Pedimos tres primero y tres después. A la tercera ronda los suizos ya estaban gritando y botando cervezas en el bus. Igual siguieron vendiendo cervezas. Pasamos un túnel cuyo nombre no recuerdo, pasamos la frontera austriaca y entramos a Alemania. Buen inicio.

El OKTOBERFEST que se empieza a celebrar desde mediados de septiembre es un Disney World de la Cerveza. Uno entra a un gran campus donde hay un parque de diversiones. La montaña rusa, la rueda moscovita, los pulpos, etc. Niños caminando por ahí y por allá, subiéndose a los gusanitos, carros chocones y todos esos juegos en que se suben los niños porque son para niños. Todo rodeado de restaurantes y bares llenos de gente que ha venido de todo el mundo y alemanes disfrazados de alemanes de la época medieval. Bárbaros. La fiesta empieza más o menos a las diez de la mañana. Nosotros llegamos a las once. Ya estábamos tarde. Así que nos fuimos directo a las carpas cerveceras. Ahora bien, le llaman carpas, pero realmente son galpones gigantes en donde entran de 7.000 a 9.000 personas por carpa. Hay como unas 10 en la explanada, aparte de todos los bares que hay afuera al aire libre. Dicen que a este evento asisten unas 7 millones de personas durante el mes que se celebra. Doy crédito de aquello.

Intentamos entrar a estas carpas. Todas estaban llenas, todas. Dimos vueltas y vueltas. Finalmente un guardia muy amablemente nos dejó entrar en una por una puerta trasera. Tuvimos mucha suerte. Adentro es la fiesta. La música, los alemanes y las alemanas con sus vestidos del medioevo que se llaman dirndl, todo el mundo con su jarro de litro de cerveza en la mano. Mejor dicho todos los que estaban sentados, porque persona que estaba parada no le servían cerveza.

Así que comenzamos a buscar asiento. Dimos vueltas y vueltas y vueltas en ese galpón donde todos se estaban divirtiendo menos nosotros y otros cuantos que también daban vueltas hasta encontrar un asiento. Ya a la cuarta vuelta, cansados y hartos de ver cómo todos celebraban y cantaban menos nosotros, decidimos salir, decepcionados. Camino a la salida, estaban unos italianos, unos cantando y gritando parados en la mesa, otro medio caído en la silla. Había un espacio mínimo y nos dejaron sentar con ellos.

Fue lo mejor. Uno de los italianos podría haber sido fácilmente un protagonista de alguna película de Pasolini. Cara chata, ojos verdes saltones, mirada intensa, cabello castaño despeinado y una boca grande tipo Mick Jagger o Steven Tyler. No paraba de reírse. Como aun no nos traían las cervezas, nos dieron de las suyas hasta que nos atendieran. "Salud. ¿De dónde son?". "De Ecuador". "Ahhhh, Ecuador. Bastardi, filo da putana" nos comenzaron a gritar. "Los Italianos también somos bastardi. Salud" y nos abrazaban, nos daban más de sus cervezas, así nos dieron la bienvenida a la fiesta. Comenzamos a gritar parados en la mesa, moviendo las manos como en el estadio, Filo da putana, Filo da putana, filo da putana.

Llegaron nuestras cervezas y unos irlandeses, también a sentarse en esa mesa loca, del otro lado, justo donde unos alemanes habían dejado el espacio. Los italianos no paraban, ahora el grito era Ecuador, Ecuador, luego Italia, Italia. Estos italianos estaban demasiado borrachos y brindaban tan fuerte con los jarros que los quebraban. Uno, ya demasiado borracho, quiso tomar del jarro roto y ya cuando iba a tomar la cerveza lo pudimos detener a tiempo. A otro se le cayó el jarro en la mesa y se regó toda la cerveza. Ya no podían más. El último se acostó sobre la mesa y se cortó la mano con los trozos de vidrio roto que había por doquier. Vino seguridad y se los llevó. Pobres, se fueron del OKTOBERFEST. Así como sucede en la vida. Unos van, otros vienen; unos nacen, otros mueren; pero la fiesta continúa. The show must go on.

Llegaron dos chicas, una de Groenlandia y una de Japón, dos alemanes que no pasaban de los 17, más los irlandeses, ya teníamos mesa llena nuevamente. Los chiquillos alemanes se tomaron dos jarras y se fueron borrachos a más no poder. Unos rusos los reemplazaron.

Había música, bulla, fiesta. Todos cantando y saltando sobre las mesas, jarro de cerveza en mano. Las meseras llevando en cada mano 4 litros. Brutal. Estábamos, en definitiva, cantando música alemana, estúpidamente estúpidos, bailando bailes estúpidos y tomando como estúpidos. Brillantemente estúpidos.

De repente la música paró. Una chica se puso de pie sobre la mesa toda la carpa cantaba "Ein Prosit, ein Prosit der Gemütlichkeit,  ein Prosit, ein Prosit  der Gemütlichkeit". Que es algo así como brindemos por nuestra jovialidad. Se tomó el jarro de litro de cerveza de una sola, sin parar. Luego se cayó directamente al piso inconsciente. Le siguió otro, hizo lo mismo sin desmayarse. Luego otra chica, tampoco se cayó. Todos festejaban cada vez que alguien tenía el valor de intentar tomarse el jarro entero.

Más música, más baile sobre las mesas, las alemanas con su rubia cabellera, sus vestidos provocadores, sonrientes, cervezas iban y venían. A veces la más avezada de las meseras venía hasta con 9 jarras en las manos. No se puede creer si no se lo ve.

Después de 4 o 5 litros nos fuimos. Suficiente con lo que vimos. Queríamos descubrir el mundo afuera del galpón cervecero, ver qué había en otro lado. Borrachos decidimos ir a la montaña rusa. No sé cómo no terminamos vomitando. Luego, dando vueltas, nos separamos y nos perdimos, es decir, Martha se perdió y quedamos Ivanov y yo. Eran ya casi las 19h00.

Nos paramos en un sitio fijo a esperar y nada. Esperamos, esperamos y esperamos. Nada. Esperamos como cuando estás en el vientre y esperas nacer. Te pegan nalgadas. Si lloras estás vivo, sino, más nalgadas, y más y más. Si a la tercera tanda de nalgadas no lloras, estás muerto. Ya no tienes que esperar más. That was it, game over. Si lloras, entonces te tocará esperar a morir de otra forma y mientras mueres, esperas crecer, esperas que te den el biberón, esperas ser grande para ir a la escuela. Esperas el bus escolar, esperas que se acabe el año para pasar al siguiente, así hasta que te gradúas. Esperas que la chica te diga que sí, esperas, esperas, esperas levantarte para ir al trabajo, luego esperas terminar el trabajo para ir a tu casa, o verte con tus amigos, esperas para luego ir a la casa a dormir, para esperar que sea un nuevo día y hacer lo mismo de nuevo con la esperanza de que algún día se acabe. Esperas que las cosas cambien, que sean mejores días, que no te boten del trabajo, ganarte la lotería, esperas que ya no tengas que esperar más. De lo que se trata es de evadirte, evadir el tiempo libre para evitar estar contigo. Ves la tele, te vas a beber, te vas con tus amigos. Lo que quieres es no estar solo, porque no te soportas, porque te da miedo enfrentarte, entonces esperas que algo pase.

Así estuvimos esperando una hora y nada pasó. Martha no llegó así que nos fuimos a seguir esperando que algo pase, pero con otra cerveza y en otro lugar. Fuimos a un kiosco Pedimos salchichas alemanas, distintos tipos. Comimos. Cada vez probábamos una cerveza distinta. Una miel en la boca.

De repente, mientras seguíamos disfrutando de nuestras cervezas, otros italianos. Ahora estaban enojados con unos gringos. "Maledetto Filo da putana" les gritaron y les tiraron un jarro de cerveza en la cara. Por suerte no pasó a mayores. Antes ya habíamos visto cómo la seguridad había tumbado a unos alemanes de casi dos metros de alto. Nos fuimos.

Borracho, ya en la noche, les daba la bienvenida a los alemanes. "Wilkommen in München", les decía, "Enjoy the party", y no podía faltar el clásico. "We wish you a merry Christmas, we wish you a merry Christmas, we wish you a merry Christmas, and a happy new year!!!". Borrachos, todos cantábamos la navidad.

Finalmente nos fuimos de este fantástico parque cervecero y vimos un parque abierto al aire libre. Nos acomodamos y nos quedamos dormidos hasta que unos gitanos nos despertaron. Eran casi las 12 de la noche, hora de irnos, les estábamos quitando sus puestos. Nos levantamos, caminamos divagando, encontramos a Martha que andaba por ahí cerca de casualidad. Tomamos el bus y nos fuimos de vuelta a casa.

El mejor parque de diversiones al que he ido en mi vida.