@xaflag

En esta edición de gkillcity.com dedicada a Guayaquil en sus fiestas octubrinas, quiero referirme al supuesto «liberalismo guayaco». Libertad es una palabra que nunca se ausenta del discurso oficial de sus autoridades locales, que una y otra vez nos cuentan que Guayaquil es una ciudad de «progreso en libertad» (ver acá), «cuna de libertad» (ver acá), pueblo de «hombres y mujeres libres» (ver acá) que, con cita plagiada a Sartre, no está sino «condenado a ser libre» (v. acá): poco más o menos, que en Guayaquil está uno impedido de no ser libre. Mi hipótesis, frente a esta incesante cantilena, es que quienes la proclaman no creen realmente en Guayaquil como ciudad de libertades, sino que la quieren «liberalsirijilla», o sea, con una idea de liberalismo que Ned Flanders podría suscribir.

Seamos claros: un liberalismo en serio defiende la autonomía moral de los individuos, esto es, el que todos y cada uno de ellos tenga la libertad de desarrollar su personalidad siempre que no afecte los derechos de otras personas y presupone, en consecuencia, que existen comportamientos sobre los cuales cada persona (y sólo ella) puede decidir. En un texto clásico del liberalismo, Sobre la libertad, John Stuart Mill escribió:

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«Ningún hombre puede, en buena lid, ser obligado a actuar o a abstenerse de hacerlo, porque de esa actuación o abstención haya de derivarse un bien para él, porque ello le ha de hacer más dichoso, o porque, en opinión de los demás, hacerlo sea prudente o justo. Éstas son buenas razones para discutir con él, para convencerle, o para suplicarle, pero no para obligarle o causarle daño alguno, si obra de modo diferente a nuestros deseos. Para que esta coacción fuese justificable, sería necesario que la conducta de este hombre tuviese por objeto el perjuicio de otro. Para aquello que no le atañe más que a él, su independencia es, de hecho, absoluta. Sobre sí mismo, sobre su cuerpo y su espíritu, el individuo es soberano» (Pág. 26-27).

Una persona de pensamiento liberal consistente con este principio de no agresión de Mill debería postular la legalización de las drogas, de la eutanasia y de la unión homosexual, por ejemplo.

Pero el «liberalismo guayaco» está muy lejos de postular semejantes ideas, porque no se toma su propio discurso en serio: tanto que invocan a la libertad en la retórica, para negarla en la práctica. No sólo porque (como bien lo aprobaría todo un Ned Flanders) no se defiendan postulados liberales como la legalización de las drogas, la eutanasia o la unión homosexual (o, para peor, que se manifieste en contra, ver acá y acá) sino porque se restringe de manera arbitraria derechos (ver acá y acá) y libertades básicas de los ciudadanos en el espacio público (ver acá y acá) que ningún liberal que se precie de serlo admitiría que se restrinjan. Este martes en radio Atalaya, el que es el equivalente moral de la esposa del reverendo Alegría en nuestra ciudad y el encargado administrativo de promover su «cultura», Melvin Hoyos, explicitó las razones por las cuales se pudo imponer la censura previa en Guayaquil: porque «no puedes exigirle a la gente que no puede hacer ese proceso individual [de reflexionar], no puedes exigirle que lo haga y son la mayoría, y si esa mayoría va a llevarse una idea equivocada del arte, se va a llevar una idea equivocada del espacio

donde se va a llevar a cabo la exposición, se lleva una idea equivocada de todo lo que está alrededor de ese tema, entonces, lo que estamos obteniendo es negativo, no es positivo» porque los de esa supuesta mayoría «no entienden nada, no entienden nada de eso realmente».

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El mensaje implícito de Melvin: la mayoría no está en capacidad de usar su libertad ‘correctamente’. Yo, como autoridad, estoy en la obligación de impedirle que se haga daño. Léanlo en el contexto de la cita de Mill y, por favor, ríanse de Melvin Hoyos, que para eso está.

Pero, justo es precisar, el patético caso de Melvincito de despreciar a los demás (porque negarle la posibilidad de reflexionar por sí misma a una persona y, en consecuencia, desconocerle su autonomía moral es el mayor de los desprecios que puede hacérsele a ella: es reducirlo a la condición de eterno menor de edad o de bestia) para justificar su acto es solamente un botón de muestra: no se trata solamente de las políticas públicas de las autoridades locales, sino de la forma de pensar de una generación, que podríamos identificar como de «la vieja guardia». Para esta generación, la libertad que tanto invocan encuentra límites en términos anchos como «la moral», «el orden» o «las buenas costumbres», invocaciones que pueden resumirse en la manida frase «no confundas libertad con libertinaje» (siendo que «libertinaje» es todo aquello que no encaja en sus estrechos márgenes morales: el rechazo a lo diferente). Rara vez razonan su postura en un diálogo: para sustentarla, apelan a la tradición, al uso de la fuerza (que se expresa en una relación vertical de poder, en el que la contracara del «aquí se hace lo que digo yo» del que manda es el «yo sólo cumplo órdenes» de sus subordinados) o a la descalificación de su adversario (que no suele privarse de despreciar a los demás -desprecio del que Melvin hizo gala en radio Atalaya- ni de apelar a los estigmas regionalistas, homofóbicos o de clase -lo cholo como lo que debe ser evitado, todo un siempre). Su mirada sobre las cosas suele ser en blanco y negro (que mezcladitos, ¿sorprende a alguien?, resulta en gris), critica en otros los que también son sus defectos («no seas bocasucia, hijueputa») y descree que los demás puedan hacer algo de buena fe o por defensa de principios («hay ahí gato encerrado» / «a mí no me hacen cojudo»). En resumidas cuentas, el perfil de esta generación de «la vieja guardia» es el de un moralista de rasgos autoritarios. O sea, precisamente, lo contrario de una persona liberal.

Las buenas noticias: a esta forma de pensar de «la vieja guardia» (apertrechada en las autoridades locales y en los viejos caducos que escriben columnas de opinión en los medios tradicionales) la desplazará el Internet. La opinión pública se encuentra cada vez más en las creaciones de los internautas y en los intercambios fluidos de las redes sociales. El perfil de nuestra generación (por oposición a la generación de «la vieja guardia») es haber tenido una formación cultural distinta (mucho más horizontal que vertical), sin temor reverencial a las autoridades, abierta al conocimiento y con posibilidades de expresión amplias y diversas, acostumbrada a no conformarse, a cuestionar(se), a buscar respuestas y a ofrecer razones. Todo un relevo generacional, aupado por la tecnología.

El Internet, eso sí, no acabará ni con la hipocresía, ni con la intención de daño a terceros, ni con las falacias en el debate de ideas. Pero lo que sí hará el Internet y ya lo está haciendo, con su pluralidad de voces y su diversidad de opiniones y su amplia posibilidad de expresarlas y debatirlas, es contribuir a que se exponga la hipocresía, la intención de daño y las falacias en el debate y que se llame por su nombre al hipócrita, al dañino y al falaz: es el ciclo de la omertá el que resultará fracturado. Y con ello resultará fracturado este «liberalismo guayaco a lo Flanders» que, de manera tan turra como aleve, nos lo quieren entucar como libertad.

Yo creo en las posibilidades del liberalismo guayaco, si es que empezamos por identificar a quienes no lo postulan ni lo practican. Y si todavía les queda alguna duda, pregúntenle nomás a Mostacho El Facho: él sabe.

 

Xavier Flores Aguirre