En Ecuador, quizás Latinoamérica, el campo de fútbol tiene mucho de política y el campo de la política tiene mucho de fútbol. Es más, ambos campos se alimentan y están compuestos por elementos muy similares: un Estado-estadio y una población-hinchada, que refleja las características socioculturales que se han construido a través de la historia, razón por la cual se puede identificar fácilmente a la masa o proletario ubicado en general y tribuna, así como también a la élite o burguesía – y pequeña burguesía – ubicada en el palco y las suites. Entre esta población-hinchada se desarrollan dinámicas, se construyen subgrupos, identidades, representaciones y relaciones de poder, que rebasan esta revisión y serían dignas de una pequeña antropología política. En todo caso, lo descrito sería lo que en términos políticos llamaríamos sociedad civil.

Por otro lado, está la sociedad política que accede al poder bajo un régimen democrático cuestionable, como no puede ser de otra manera. Por supuesto en la futb(p)olítica ha regido un tipo de democracia representativa en la cual la hinchada-población elige a sus mesiánicos líderes que siempre vienen con eslóganes de cambio, reforma y revolución. Es así que la esperanzada hinchadanía elegirá con ilusión a su nuevo dirigente depor-político para ser presidente de su club-país. Obviamente, la figura presidencial, como se espera, lo abarca todo. Por su despacho pasarán todas las culpas y glorias de su club-país. A la persona en el cargo se le pedirán cuentas, se le endilgará la corrupción que cometa cualquier miembro del club-país, se le reclamará la dirección técnica del equipo-gabinete, entre otras cosas dignas del ansiado cargo presidencial. Debajo de esta figura estará el vicepresidente, listo para la d

estitución del primero, para así asumir el cargo que siempre pretendió. Muy pocas veces ocurre lo contrario. Por último, en la cancha-territorio se encuentran los jugadores-ministros quienes tratarán, a veces, de jugar en equipo y otras de hacer sus individualidades para ganarse puntos con el presidente. Al final de todo, es en la cancha, o sea en la pugna por la permanencia en el poder – como medio o fin – tanto contra el otro equipo-oposición, como al interior del equipo-gabinete, donde se dan las dinámicas más interesantes e insospechadas.

En la cancha, es donde se construye y deconstruye la democracia. Los jugadores-actores políticos podrían practicar el fair play; sin embargo más funcional es sacar un codazo, hacer un piscinazo dentro del área y levantar la mano cuando se comete una infracción para tratar de demostrar inocencia. En fin, al parecer ni en la política ni en el futbol, se gana con fair play. A la hinchadanía en general no parece preocuparle mucho; el «no importa que robe con tal que haga» está muy impregnado en la cultura ciudadana, lo cual es un déficit democrático real y peligroso en nuestro medio al momento de buscar empoderar a la hinchadanía y realizar tanto accountability social como vertical. Además cabe detallar la relación maniqueísta que tiene la hinchadanía con los jugadores-actores políticos. En un primer momento la hinchadanía considera a su equipo-gabinete como héroes; al otro, ya son villanos – no sin calificativos racistas, homofóbicos y clasistas -. El equipo-oposición no tiene ninguna oportunidad de tolerancia y respeto por parte de la hinchadanía. Serán hechos mierda en cualquier momento que sea posible. La cultura futb(p)olítica de la hinchadanía tiene mucho por recorrer, para que ayude en la construcción del camino tolerante y democrático que se espera que ésta luego defienda. En el momento en que la cancha esté sin mallas de protección que separen a la hinchadanía de los jugadores-actores políticos, sabremos que hemos mejorado.

Por último, supuestamente fuera, pero totalmente dentro de esta dinámica se encuentran dos actores: el árbitro (¿adivinan?) y la prensa. El primero, algunas veces, ha definido al régimen y, cuando puede, interviene para dar el veredicto acerca de quién se queda y quién se va: Fuerzas Armadas (¿adivinaron?) Digamos que tiene una intervención más selectiva, estratégica y con posibilidad de realizar cambios profundos en el régimen. El segundo, la prensa, quizás tiene un poder igual, pero está más al día a día, es más coyuntural. La prensa opina, influye, presiona y es corresponsable del desplome de carreras de jugadores-tanto de gabinete como de oposición. Muchos jugadores tienen méritos para salir abucheados, pero el punto es que si la prensa callase, el mal jugador seguiría y la hinchadanía, con su bajo nivel de participación, se quedaría simplemente mirando; sin embargo, cuando la prensa habla es porque piedras trae y, muy probablemente, cabezas rodarán.

Entonces, es así como se va configurando nuestra democracia representativa: Dalo Bucaram jugó en el Emelec, luego en la Selección, es hijo de un ex Presidente de la República y ahora Asambleísta Nacional; Eduardo Maruri, Pocho Harb, Luis Noboa buscaron la Presidencia de Barcelona como plataforma política y lo lograron de cierta manera; Rafael Correa, anuncia sus victorias democráticas electorales como verdaderas goleadas. Finalmente, la incógnita práctica más grande es ¿a qué realmente juega la futb(p)olítica? ¿Juega a ganar por una hinchada-población? ¿A ganar poder y prestigio? ¿A ganar bien común? ¿A ganar lucro privado? ¿Qué pasaría si el gol de una parte jugadora – gobierno u oposición – no significase la derrota del otro ni la victoria del uno? ¿Sino que más bien sea un juego de cooperación y repartición del poder mutua en el que cada gol sea celebrado por ambos? No lo creo imposible, solo falta un poco de amor. Lastimosamente nuestra historia política va rodando como balón, tratando de llegar a un arco democrático, pero al que, lamentablemente, luego del pase, siempre coge a nuestros jugadores en offside y a la hinchadanía tirando fundas de meado, en vez de estar buscando ser el equipo de jugadores-actores que se tomen la construcción democrática de pechito.

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