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El viento que se cuela al interior de la lancha y el agua que salpica desde los lados de la embarcación, chocan en mi cara y me refrescan. Es una mañana muy calurosa. Aunque son las 07:40 el sol intenso se impone sobre el inmenso cielo azul y se refleja sobre el Río Napo. Durante las dos horas que navegamos no solo es posible admirar las interminables franjas verdes que lo rodean sino también otros contrastados escenarios: niños de la comunidad de Pompeya jugando en las orillas y la llama artificial de un pozo de Petroecuador que desentona con el paisaje. Nos cruzamos con otras lanchas, turistas que recorren el oriente ecuatoriano, también con gabarras que cargan enormes camiones y autos en una gigantesca plataforma. No faltan las pequeñas canoas con amazónicos que nos saludan.

La lancha zigzaguea todo el tiempo. La profundidad del río es muy variada y los bancos de arena impiden que el recorrido sea recto.

Poco a poco el ruido del motor disminuye así como la velocidad de la lancha. Nos adentramos a un estrecho canal y llegamos a un pequeño muelle donde hacemos el trasbordo. El sitio se llama Añangu, es la zona que delimita el Parque Nacional Yasuní. La lancha es reemplazada por una canoa de fibra, esta embarcación ya no tiene techo y tampoco debemos protegernos con un chaleco. En la punta esta Jorge, nuestro guía comunitario, al final un chico tí mido que se identifica como remador, nada más.

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La amplitud del río Napo quedó atrás, de frente solo veo un reducido brazo de agua, se llama la Quebrada Añangu, también. La intensidad del sol se atenúa con una sombra repentina, las copas de los árboles forman un techo natural. Caña agria, palma real, ceibos de algodón, manzano colorado; cada minuto se suma una diferente especie a la vegetación que convierte a Yasuní en uno de los territorios con mayor biodiversidad en el mundo. «Este es un árbol maderable, muda de piel y esa corteza se utiliza para construcciones de casas», explica nuestro guía. Él pertenece a la comunidad Kichwa Añangu que habita en Yasuní.

El choque de los remos con el agua se silencia; el trinar de unas aves se intensifica. «Esas son las oropéndolas, las que tienen la espalda amarilla», nos cuenta Jorge mientras observa inquietamente su rededor. Encuentra el ave que acaba de describir y lo señala. Este otro se llama Martín pescador y aquel que suena de otra manera, continúa el guía, es el hoatzin. En una de las ramas se posa el característico pájaro café de cabeza azul que también lo conocen como ave prehistórica. Jorge no necesita verlos, le basta con escuchar las diferentes aves para identificar de cuál se trata. Su memoria alberga los nombres científicos, en inglés y en quechua. Lastimosamente muchas veces elige el idioma extranjero y cuenta que está acostumbrado porque la mayoría de turistas son de afuera entonces ha tenido que aprenderlos así.

La sinfonía que interpretan los pájaros es acompañada por los ruidos de bichos.

Junto a la canoa vuelan delgadas líneas rojas con largas alas, conocidas como libélulas hembras. También hay cientos de mariposas pero la que llama mi atención es la azul, por su tamaño y brillante y único color. Así como veo animales hermosos a mi rededor, de repente la canoa se detiene para que observemos un tronco, en él se posa una inmensa araña. El canal es tan estrecho que la canoa está muy cerca de todas las plantas y animales. A veces siento que estoy invadiendo su territorio y luego pienso que soy ingenua si pensara lo contrario.

Avanzamos por la quebrada, ya ha pasado más de una hora y media, pero el viaje no cansa. No es un recorrido para llegar a un lugar, el recorrido en sí ya es el lugar. Pareciera que cada espacio de Yasuní tuviera magia que ofrecer.

La canoa se detiene nuevamente y no entiendo porqué. Jorge nos silencia y señala la copa de un árbol. Un pequeño mono nos mira fijamente. Mientras el guía nos explica que es el ardilla, aparecen más de estos juguetones monitos. A ratos siento que nuestra presencia les molesta pero cuando brincan de rama en rama siento que se alegran de tener visitas y nos entretienen jugando.

Siento cómo el sol del medio día calienta mi cabeza y noto cómo la sombra natural va desapareciendo. El aspecto misterioso de la quebrad desaparece y puedo ver nuevamente el profundo azul. El color del cielo en la selva me hechiza; aunque amigos me preguntan porqué verlo tanto si al final es un cielo, siento que no entienden la pureza que emana.

Las copas de los árboles no están sobre mi cabeza, solo está el sol. La angosta quebrada se amplia y veo una grande y brillante laguna oscura. Llamada, también, Añangu. La superficie es tan plana que parece un espejo, los remos son lo único que perturban esa paz en la que vive. De repente asoman tres cabezas curiosas, me cogen desprevenida pero alegran aún más el recorrido. Son nutrias gigantes que con su respiración agitada -como de un humano cansado- se sumergen y vuelven a emerger como quien juega a las escondidas.

Interrumpimos el paseo en canoa y comenzamos a caminar. Atravesamos la espesa selva pero siempre nos guiamos por un sendero demarcado. Nos detenemos cada cierto tiempo para que Jorge explique las características de las plantas. «La corteza de este árbol es utilizada como medicina, cuando tenemos problemas de estómago o cuando las mujeres dan a luz y pierden mucha sangre, cocinamos tres libras de corteza con tres litros de agua y se toma ese concentrado de Chuchuhuasi». No deja de sorprenderme el conocimiento de este señor que lleva 20 años de guía comunitario. La comunidad a la que pertenece, extrae las medicinas de los árboles y plantas. También usan los tintes naturales para darle color a sus artesanía y mientras nos cuenta raspa una larga hoja, la enrosca y se va manchando la palma de la mano. El color es verdoso pero nos asegura que en unos minutos estará azul y que las mujeres de la comunidad lo utilizan para pintar bolsos y otros accesorios que venden.

Nos detenemos frente a un ceibo. He visto varios ceibos en mi vida pero jamás uno tan grande. El tronco es inmenso, no puedo aguantarme y me acerco a tocarlo, a abrazarlo. Nunca falta el bromista o ladilla que se burla con un Ay, la Pacha Mama. La energía del viejo árbol, de 250 años, es impresionante. Junto a este ceibo, los humanos han construido una torre, con 207 escalones, que permite llegar a un mirador, en la parte más alta del árbol de 40 metros. Subo y con la respiración entrecortada disfruto del paraíso que tengo enfrente. Una nube de copas de árboles se extiende al norte, sur, este y oeste. Todo lo que veo es verde, natural, auténtico, hermoso.

Desde ahí arriba el guía nos presta sus largavistas para identificar a más pájaros y monos que viven en las copas de los árboles. El sitio jamás deja de ofrecerte sorpresas.

De regreso la caminata es más larga pero nuevamente el camino es en sí un viaje. Veo los vino tinto, hongos que tienen forma de una copa, y que el guía explica que se pueden comer al carbón si se los enrolla con esta otra hoja. La veo y me recuerda a la envoltura de una humita. Jorge y el resto de la comunidad obtienen casi todo de la naturaleza. Pero la respetan. Ya no cazan, antes sí lo hacían por necesidad pero desde hace 10 años que se dedican al turismo y como parte de su filosofía no alteran nada del ambiente.

Son las 6:30 y el rojo y naranja han pintado el antes cielo azul. Las plantas que rodean la laguna se reflejan en la superficie. El paisaje se va transformando, el cielo se oscurece y es ahora una luna llena la que se posa en la inmensidad del cielo. Está tan brillante que es lo único que alumbra la laguna. Creo que el recorrido se ha terminado, estoy exhausta pero cuando Jorge ofrece seguir con el paseo, no me niego. Nos adentramos por otros canales, buscamos a las especies que solo salen por las noches. Jorge prende su linterna y alumbra su rededor, identifica un brillo amarillo intenso y se aproxima. A mi lado, no menos de un metro, veo la misteriosa mirada de un caimán negro. Si me asusto, no soy amiga de los reptiles, pero la tranquilidad de este me calma un poco. De alguna manera, con Jorge al mando de esta canoa, siento que nada puede pasar.

Me agacho porque noto que mi compañera lo hace. Jorge dice que es innecesario que los murciélagos que nos rodean jamás se chocarán con nosotros. De todas maneras tampoco soy fanática de ellos así que mantengo mi cabeza baja. Más ojos mirándonos, pero ahora desde la copa de los árboles. Son monos, pero de otra especie. Saltarines y juguetones también.

Nos alejamos de los oscuros canales y nos dirigimos al muelle, ahí donde está el Napo Wildlife Center, un lodge increíble que es administrado por la comunidad Kichwa Añangu. La jornada termina ahí, en la comodidad de los bungalows disfrutando de una cerveza que calma el calor que me acompañó todo el día. En la selva, todo el día hace calor, ni la noche regala viento, solo a veces y muy poco.

Los ruidos de insectos y pájaros siguen con su orquesta pero para mí forman un sonido que se parece al silencio. Se parece al silencio porque siento paz. Donde no hay agua potable, porque en el lodge tienen un sistema para tratarle, donde no hay luz eléctrica porque usan baterías solares y donde no llega la señal del celular. Yasuní es un lugar único en el mundo y está en Ecuador, es un lugar donde pude comprobar el verdadero significado de naturaleza.