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En Guayaquil, por miopía de esta administración municipal, los ciudadanos pocas veces tienen la oportunidad de "adueñarse de la calle". No que no suceda: aún se pelotea en las calles, se improvisan tercenas en los portales, se tira biela sobre una jaba en una esquina. Otra de esas pocas veces es el concierto que organiza la propia Municipalidad en Urdesa con motivo de las fiestas fundacionales. Aunque exactamente no sepa cuántos años lleva, para todo urdesino es ya una tradición.

El de este año fue el sábado 23 y, aunque no estuvo repleto como el del año pasado (seguramente por el feriado), se vivió un ambiente especial, propio de esos instantes en que la gente sale a la calle, adueñándose de ella, se olvida de los remilgos generacionales, sociales y hasta musicales y comparte: se toma una cerveza, se come un chuzo; los más organizados llevan su güisquito y sus sillas playeras.

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Llegamos a eso de las nueve de la noche al famoso parque de Urdesa -sí, ese donde la gente solía parquear los carros, escuchar música y tomarse un trago en plan totalmente random y que, lamentablemente, tenía sus portones de hierro cerrados- ubicado en Circunvalación y Víctor Emilio Estrada y el aire, que soplaba frío, se había calentado un poco con el aroma inequívoco de las fiestas populares. Olía a choclo asado, a churro, a chuzo y a cerveza. Había algo de música en el ambiente, pero el volumen no era tan alto como para que el murmullo indescifrable de cientos de conversaciones sea acallado.

Era una escena poco común en estos día s de virulencia, miedo e intolerancia: la gente callejeando, tomándose un trago, preparándose para escuchar la música en vivo. Una fiesta popular, casi una feria de esas que se vuelven emblemáticas de cada ciudad.

Tocaron tres grupos: Cadáver Exquisito, un trío sin mucho éxito que intentó un par de covers y los legendarios Corvets.

A eso de las diez, los muchachos de Cadáver Exquisito salieron y se despacharon con cuatro o cinco canciones. Tienen un despliegue escénico de mucha fuerza y, sobre todo, un estilo propio. Nada de covers de karaoke ni poses copiadas. Para su mala suerte, el sonidista los usó de conejillo de indias (supongo que no se atrevería a ponerse a probar con unas leyendas locales como Los Corvets) y al principio se perdían un poco las letras. Eso no importó, la gente, que al inicio era poca y estaba un poco apagada, se enchufó con el pop sin pretensiones de Cadáver y se fue acercando a la tarima. Al final, hasta un par de señoras se animaron a alzar los brazos y aplaudir.

Luego, un trío con el poco imaginativo nombre de Los Tres ensayaron unos covers de esa música ochentera trillada, que uno de ellos arreglaba con una guitarra. No fue la expresión musical más hermosa de los tiempos, pero sirvió para que buena parte de la concurrencia -que para esa hora ya mayoritariamente superaba los cuarenta y pico- se animara a cantar en una especie de "bueno, si ellos cantan, ¿por qué yo no?"

Finalmente, Los Corvets aparecieron en escena. Los veinteañeros de los sesenta y setentas que llegaron se animaron: era a esto a lo que habían ido. A recordar un poco la adolescencia, a cantar como cuando tenían diecinueve, con la misma banda, que aunque ya entrada en años, los desafió a ser mejor público que el de la Saiba. El personal urdesino no se iba a dejar amedrentar y contestó con potencia.

El concierto es, sin duda, un acierto del Municipio. Sería interesante lo potencia y lo haga, quién sabe, una vez al mes para empezar. Así se fomenta la cultura de vacilar la calle, de recuperar la gallada y de entremezclar generaciones en apariencia distantes y hasta discordantes, pero que mantienen el germen del guayaquileñismo intacto: gente con buena onda, amiguera y que sabe apropiarse de la calle.

Nosotros, imbuidos por la alegría de recuperar la calle, dejamos los temores a un lado y nos fuimos caminando de regreso, sin que nos pase nada.