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-Declaración de la propia inocencia

7:4 Señor, Dios mío, si consumé alguna bajeza,

o hay fechorías en mis manos;

7:5 si he pagado con perjurio a mi contrario

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o he despojado sin razón a mi aliado:

7:6 que el oponente me persiga y me alcance,

que comprima mi vida contra el suelo

y deje tendidas mis tripas en el polvo.

Intervalo-

Hoy amanecí impuro, trastocado. Con ganas sucias de golpear a alguien. Hoy me levanté inclemente y un poco torpe; repleto de toxinas y sudor acumulado. Nunca me enteré el por qué de su traición o por qué subyace en mí la más fuerte de sus plagas. Solo me entiendo comediante y desatinado. Con ganas de agradar al resto; conectado al cordón de esa alimaña.

Al amanecer me había orinado la cama. Mucha correa había yo de recibir. Lloré en la terraza hasta empapar los helechos. Oh no! Allí viene mi Tía! Esa mujer azul que atraviesa mis pupilas con lentillas de horror. Se acrecenta mi ardor, voy a implosionar. No voy a respirar, aún así voy a respirar.

Si quiero sobrevivir y permanecer en vilo, debo recordarme que soy una cosa. Evoco que en el útero fui abandonado, me gritaron por las trompas. Solo fui un eco… Regresé maravillado a nadar en aquel líquido amniótico, fueron chapuzones de savia. En aquel momento pensaron los neonatólogos que tendría vitiligo. Fue una falsa alarma, realmente fue solo un huésped pedigüeño.

Al cabo del tiempo me volví tardo, solo miraba oblicuamente. Ya hasta era orgánico; confundían mi olor con el abono de la tierra espesa. No iba a respirar, aún así respiraba.

Pasó el tiempo y perduré debajo de la mesa de noche. Conectado a mis pantuflas, un tanto discreto. Sin pavor, con jesuitismo incandescente. Quería que me viera la vecina masturbarme, estirarme el intestino grueso hasta excretar. Yo pensaba ser un héroe momentáneo de esa señorita mojigata, esa que se tira pedos debajo de las sábanas y los huele indolentemente. Deben oler bien, creo también querer pedorrearme bajo las cobijas.

Unos días después me encontré en la ducha vapuleado y deshonrado. Esa mañana insistí con la idea de ser histrión y solo la espalda me dieron. Debí comerme todo el jamón y la legumbre. Un batiburrillo infecto, mal cocido. Pasaron las horas y yo no me despegaba del retrete, se me salió mi alma sin pena. Mi corazón sin faja. Mi glande sin resquicio.

Tiene que pasar el tiempo, asumo. Sino sería un difunto. Un espectro bonachón.

Ya en el teatro, con poca audiencia, privada de chucherías; debía producirme… elaborarme. Ya era dueño de un parlamento que sería acompañado por una radio, modesta pero parloteadora. Decía todo lo que yo ignoraba e ignoraba lo que yo ignoraba. Cada una de mis intervenciones pertenecía a aquel trasto; sin duda llegué a purificar mis intervenciones solo sumido en la idea de que "ella" lo haga.

Así pasaron los minutos. Fui abucheado. Y con horror me di cuenta que era valeroso, era un héroe. Porque querían más de mí y de mi energúmeno habitat. Ellos se rascaban las criadillas y ellas las ladillas. Todos en conjunto formamos una gran prole. Siempre y cuando repirara, y grácil respirara.