Tenemos tantas cosas que agradecer a Roberto Gómez (no el ex presidente de la Corte Suprema) sino el artista eterno de la mejor comedia latinoamericana de todos los tiempos, que su legado nos acompaña por ya varias generaciones. La mía creció con una CH en el corazón, de un superhéroe torpe pero buena gente, que al no contar con su astucia, terminaba siempre saliéndose con la suya.

Entre los distintos personajes creados por Chespirito, hay uno que sin duda se destaca, la Chimoltrufia. El nombre "verdadero" es María Expropiación Petronila Lazcurain y Torquemada de Botija. Una mujer desaliñada, mal vestida, que con sus alaridos melódicos prepara los alimentos para los peores ladrones de todo México, el Botija y el Chompiras.

La Chimoltrufia, conciencia honesta de los "cacos", tenía una facilidad discursiva, muy parecida a la de ciertos políticos, para hablar diez minutos sin decir nada, y concluir con una frase célebre: "Pos ya sabes que yo como digo una cosa digo otra, es que es como todo, hay cosas que ni qué, ¿tengo o no tengo razón".

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Esta frase lapidaria surgió el otro día en un twitt, en comparación con la justicia de este país, a propósito de varias resoluciones, unas que destituían jueces, otras que los volvían a sus lugares y otra que destituyó al presidente del consejo de la judicatura por destituir jueces y no volverlos a su puesto.

Lo que acaban de leer parece salido completamente de la boca de la chimoltrufia, pero no es así, es el escándalo judicial de la semana, que nos muestra con frialdad como las leyes y la doctrina jurídica se pueden utilizar para justificar cualquier cosa. Todo depende de lo que quieras defender y desde donde te posiciones.

El problema tiene una raíz profunda, pues desde que somos unos aprendices de leguleyos, no faltó el ilustrado profesor que nos enseño que entre dos abogados tres criterios, o que hecha la ley hecha la trampa, o que a la ley no hay que violarla sino seducirla. Todas estas frases que suenan y resuenan en el argot cotidiano de abogadas y abogados, se suman a una terminología llena de complejidades y latinazgos que buscan otorgarle al derecho un aire de ciencia oculta, y están dirigidos justamente a eso, a mantener a las leyes como una cosa de sabios, inentendible para el pueblo raso. El problema es que el caos judicial ha llegado a tal punto que ni los propios sabios de la abogacía, entiende para qué son ni para que sirven la ley, el derecho o la justicia.

Sin duda lo simbólico de la comparación de nuestra justicia con la chimoltrufia es muy acertada. El enredo jurídico que atraviesa el país, es muy parecido a las descabelladas peripecias que imagino Chespirito para sus distintos personajes, y en algunos casos creo que nuestra triste realidad judicial supera la disparatada ficción que imagino Roberto Gómez Bolaños.

El problema es que un sketch de Chespirito, nos dejaba siempre con una sonrisa y algo de alegría, mientras que la realidad de la justicia en el país, nos puede causar varias reacciones distintas, reír para no llorar, indignarnos hasta el sarcasmo, o simplemente rabiar, porque un juez como dice una cosa dice otra, porque la prensa nos dice que es como todo, porque el presidente de la judicatura nos dice que hay cosas que ni que, y al final todos nos preguntamos ¿tienen o no tienen razón?