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“¡Me muero por tener esta lavadora! ¿Me la puedes comprar?”. Desde la percha de la juguetería, una brillante y rosada lavadora a pilas me mira desafiante. Le tomo una foto y se la mando por celular a mi esposo. “Mira lo que quiere tu hijo ahora”, le escribo con una sonrisa en los labios. Mi hijo jamás ha pateado una pelota, no le gustan los carros, las espadas o los piratas. Él prefiere las princesas, jugar con niñas, usar vestidos y pelucas, bailar ballet frente al espejo y pedir el juguete para niñas que viene en la cajita feliz de McDonalds. Por cierto: adora el color rosado.

Mi hijo es un niño de género creativo.

Los niños de género creativo no están conformes con los roles y estereotipos que la sociedad les asigna a los sexos (hombre y mujer). Son pequeños  que crean su identidad a partir de una combinación de naturaleza, crianza, y cultura. Los padres de niños de género creativo somos progenitores que les permitimos a nuestros hijos ser como son y los apoyamos en la creación de su propio género, mientras los ayudamos a transitar por un entorno a veces hostil, fuera de la burbuja familiar.

Con ellos no hay certidumbres, ni respuestas fáciles. Soy plenamente consciente de que la identidad de género y orientación sexual son atributos separados y distintos. Mientras crece, mi hijo podría cambiar su identificación como niño. O tal vez no. Su manera de ser afeminada podría significar que es gay. O quizá podría convertirse en un amante de las mujeres. Nadie lo sabe y francamente me da igual. Esto no se trata de mí y de lo que me hace sentir cómoda. Esto se trata quién es él y su libertad para expresarlo.

Los padres de género creativo luchamos constantemente con nuestros propios sentimientos de ambivalencia y confusión. Tememos por nuestros hijos y por lo que el mundo allá afuera pueda hacerles. Sin embargo, basta con mirar hacia el pasado reciente: el de las vidas ocultas, el del odio a uno mismo, para ver el precio que millones de seres humanos han pagado por la invisibilidad cultural. Si permitimos que el miedo se instale en nuestros corazones y lo proyectamos hacia nuestros hijos, les hacemos a ellos —y al mundo— un flaco favor. La libertad no es gratis y si ellos están dispuestos a pagar el precio, debemos aceptar que en ocasiones enfrenten retos que resulten dolorosos.

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Confío en mi hijo y en su anciana sabiduría. Pese a nuestros intentos por protegerlo haciéndole saber que es posible que se encuentre con personas que le teman o lo rechacen, él no se disculpa ni tiembla. Su identidad es a prueba de balas y cuando conoce a un adulto o a un niño, lo primero que hace es poner el cuerpo: les dice exactamente cómo es él.

Lo que hace mi hijo no es poca cosa: provoca un enfrentamiento con la “conciencia” del status quo basada en un miedo antiguo, en la ignorancia y en el odio.

Por eso nuestra misión en esta aventura es apoyarlo y jamás reprimirlo; tratar de tener un corazón lleno de aceptación y celebrar con él cada momento de su propia creación como un ser humano pleno.

Mi hijo es feliz. Él sabe quién es.

Y claro que puede tener su lavadora.

Bajada

¿Qué es el género creativo?