Es muy famosa la frase del legendario e insigne Einstein en la que sostuvo que existían dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Si bien estoy convencido de su afirmación, respaldad por la ciencia, creo que la segunda infinidad —aunque indudablemente real— no es el problema más grande de los humanos. Creo, humildemente, que el peor enemigo del hombre es la ignorancia. Porque los estúpidos no son ignorantes. Somos más personas ignorantes y menos estúpidos, aunque estos últimos, a veces, parezcan inteligentes y por eso la apariencia de que son más.

La ignorancia, en cualquier aspecto y ámbito, trae malos resultados y nefastas consecuencias. Por ejemplo: a) en el Medioevo se pensaba que los ataques epilépticos eran posesiones demoníacas, razón por la cual, en vez de algún tratamiento psicológico, se sometía a los enfermos a procesos de exorcismo; b) a los esquizofrénicos se los sometía a lobotomías que los paralizaban completamente; c) Ciertas religiones no permiten transfusiones de sangre lo que acarrea, hasta el día de hoy, la muerte. Muchos más ejemplos de este tipo en Sagan, Carl, The Demon-Haunted World: Science as a Candle in the Dark, Random House, New York, 1995.

El Ecuador, como es lógico, no ha sido la excepción –incluso me atrevo a decir que es un caso paradigmático de concentración de ignorancia– y la ignorancia de todos nosotros, a lo largo de nuestra historia, ha tenido terribles consecuencias. Especialmente en el ámbito de la política, nosotros, los ecuatorianos, hemos demostrados sistemáticamente que somos unos ignorantes. Ignorantes para elegir, para organizarnos, para definir nuestra organización social y hacerla funcionar. Es más, pocas personas saben cómo funciona realmente el Estado, sus instituciones y cuál es su papel dentro de una sociedad democrática. Desde 1830, todavía no hemos logrado encontrar un esquema estatal que funcione para nuestra sociedad ni que se ajuste a nuestra idiosincrasia.

Siempre elegimos con esperanza, para luego darnos cuenta que nos equivocamos, razón por la cual necesitamos rectificar, hacemos tabula rasa, volvemos a empezar, para de nuevo darnos cuenta que nos hemos equivocado y tenemos que, una vez más, desconocer todo y hacer una reingeniería de todo el esquema estatal. Ese es el resumen, más o menos simplificado, de nuestra historia republicana.

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No deseo ser destructivo con mi (auto) crítica, razón por la cual me veo en la obligación de proponer algunas pautas que podrían considerarse como soluciones frente a esta crisis del intelecto en la que vivimos sumidos. En ese sentido, es notorio que la ignorancia cultiva y propensa el populismo político. Una turba ignorante es fácil de convencer con falsas promesas y bonitas palabras. No se necesitan hechos, resultados, beneficios o evidencia sino solamente un «balcón» o «una cadena radial todos los sábados» desde donde se pueda convencer a los incrédulos.

Si no fuésemos ignorantes no nos dejaríamos convencer con alegatos absurdos, con ocurrencias graciosas o con carismáticas palabras. Por el contrario, exigiéramos evidencias concretas, palpables y reales que permitan satisfacer esa necesidad interna de todos los seres humanos de exigir razonabilidad y coherencia en las decisiones de un Estado. Pero no. Como sociedad, somos ignorantes. Si no, ¿cómo podemos explicar, entre muchas otras decisiones propiciadas por la vehemente ignorancia, que hayamos arrastrado a Alfaro, elegido a Velasco Ibarra 5 veces como Presidente, tumbado a 3 presidentes desde el retorno a la democracia, reinventado la organización estatal más de 20 veces, y, en la actualidad, dejarnos vapulear por el poder de turno? ¿Cómo podemos explicar las decisiones de los gobiernos si no es por la afirmación de que funcionan, en tanto y cuanto, el pueblo permanezca ignorante?

Para eliminar nuestra ignorancia como sociedad, lo primero que debemos hacer, aparte de fomentar la educación en todos sus niveles, es aceptar nuestra actual situación. Saber y reconocer que, como sociedad, somos el equivalente a un adolescente pre-púber. A lo sumo, a uno que está en la emblemática «edad del burro». No más allá.