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Nada exaspera más a la comuna beata que un dandy.

Si bien sus gustos y excesos distan de una persona de esas autocalificadas correctas y púdicas, es ese comportamiento de relevancia ególatra (que sólo los papas adquieren con el añejamiento) con el que el dandy se define como la antítesis de una sociedad primigenia.

El salpullido corroe a los benignos malditos, corruptos de alma que sobornan a la iglesia para seguir pecando, los forúnculos vespertinos que se ensalzan en su propio bodrio de hipocresía. Es la envidia que los carcome y por ende deben actuar: ejecutan una censura precautelar contra el insigne dandy para que deje de pasear por las calles. Lo encierran en su cuadro, le piden que envejezca y muera sin que nadie lo vea, sin que nadie siga su ejemplo, su mal ejemplo.  Creen haber tomado una medida ejemplar ante la molestia generada por el que actúa contra lo establecido, piensa fuera de los límites, se comporta de una manera propia y liberal.

Así, hubieran censurado a Oscar Wilde, escritor e intelectual homosexual que dio vida a un ser aún más mordaz y perverso que sí mismo: Dorian Grey.

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Hoy su cuadro se oxidaría en algún calabozo municipal, con la esperanza de que el tiempo desdibuje su rostro y envejezca hasta que no quede rastro de trementina que se pueda rescatar.

Reformatear el retrato por el facebook de Dorian Grey sería la solución.