Se cumplen ahora ya seis meses desde que aquel comerciante tunecino se inmoló frente al ayuntamiento la población de Sidi Bouzid en su paìs como señal de protesta por haberle clausurado su negocio. En ese entonces, la sociedad tunecina empezaba a mostrar su rechazo e indignación frente al régimen de Ben Alì, gobernante que desde 1987 mantenía un régimen autoritario y con acusaciones de corrupción que no lograban madurar.

Mientras, a través de Internet empezaron a convocarse manifestaciones en las calles de las principales ciudades en Túnez. El estado reprimió con fuerza ocasionando decenas de muertes. El desenlace fue un dictador y un primer ministro desterrados en pocos meses, la sociedad civil en oriente próximo parecía despertar frente a sus opresores.

El vecino próximo de Túnez, Egipto, fue contagiado con gran virulencia por las manifestaciones populares que ya en marzo crecían cada vez más rápido en El Cairo. Hosni Mubarak, dictador militar que igualmente había sumido a la otrora potencia árabe en un letargo indefinido ofrecía reformas y prebendas desde el gobierno para mitigar el incontenible descontento de la juventud egipcia en las principales calles y plazas. Wael Ghonim, ejecutivo de Google para la región árabe congregó a través de Facebook y Twitter a miles de personas que de forma inmediata corrieron la voz para salir a las calles de forma masiva. Así lograron organizar en pocos días multitudinarios reclamos que, entre cientos de muertos y millardos de heridos, lograron quebrar finalmente el gobierno de Mubarak. Se configuraba ya la llamada Primavera Árabe.

El 4 de junio el gobernante en Yemen dejó su cargo de un varios días de protesta, mientras que Siria y Libia atraviesan procesos similares, donde la población civil, sin líderes políticos hegemónicos intenta recobrar su libertad y dignidad. De forma similar, en España se da una muestra de protesta interesante a través de "los indignados" y el #15M.

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El internet y las redes sociales participan de forma protagónica en estos procesos políticos, al igual como lo hizo la imprenta hace 400 años, el teléfono hace 150 años, o el televisor hace 60. Se tratan de tecnologías que de forma revolucionaria provocan cambios en la sociedad, gestando un quiebre histórico difícil de predecir hasta hace poco.

El trasfondo de estos hechos merece toda nuestra atención. El fenómeno de la comunicación de redes globales implica justamente una suerte de red de redes, un entramado gigante donde los límites geográficos, sociales o económicos que configuran el orden conocido pierden cada vez más terreno frente a las ideas, principios y valores comunes dentro de un colectivo humano. Es la voz y la acción de la mayoría frente a la coerción de una minoría que cada vez tiene menos legitimidad en sistemas políticos que han quedado en deuda. Son esas voces conectadas de forma masiva y en tiempo real las que están delineando con nuevas formas el destino político del estado como organización. Esta es la democracia que estamos viviendo mientras se remoza, y estos son los rasgos que van configurando la participación de la sociedad, en el siglo XXI.