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Keisai Eisen. Passion in the Snows of Spring (Detalle) 1822

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Como quiteño es fácil y tentador decir que la recatada y escurridiza confesión de Antonio Ricaurte es un referente excepcional del machista ecuatoriano. Su video es un chisme con todos los elementos necesarios para ilustrar la mentalidad paternalista quiteña: desesperado por salvar el pellejo, el concejal, supuestamente arrepentido, se retrata como víctima de los “ofrecimientos” de Carla Cevallos, a quien tras aconsejarle “respetarse más”, decide insultar llamándola “ofrecida”. La indignación del público era esperada. El rechazo a Ricaurte es importante pero más relevante es la actitud de muchos hombres de reducir al machismo a instancias aisladas como esta o a fallas personales de un hombre “irrespetuoso”, en vez de entender su actitud como una manifestación orgánica de la cultura paternalista a la que pertenecemos.

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Más allá del furor mediático que generó, el video de Ricaurte nos incrimina a todos los hombres quiteños. Esto puede sonar incómodo y fuera de lugar para quienes, como yo, encontramos las palabras del concejal ofensivas e inaceptables. Pero el problema está más allá de la manera en la que cada uno de nosotros expresa y vive individualmente su masculinidad. El insulto es apenas una manifestación —tal vez la más escandalosa— de la lógica paternalista que en el Ecuador ha establecido una norma de comportamiento muy propicia para la discriminación y la violencia.

Aunque nunca fui muy bueno para cumplir con las expectativas propias de un machito, del patriarcado aprendí a hacer un “hombre”. Con tiempo se me inculcó el ideal de varoncito decente que “mea parado”, con voz forzadamente ronca e infestada de gallos. Lo aprendí a  pesar de los militantes esfuerzos de mi madre y padre feministas que me educaron de forma muy distinta: en la casa se nos decía que no debíamos temerle a las emociones sino que debíamos aprender a describirlas y analizarlas. Así mismo, teníamos la libertad de elegir la manera de expresar nuestro género en las preferencias de vestimenta, juegos o fantasías. No nos imponían estándares. Así entendí el género como algo fluído y cambiante. Pero a pesar de todo lo que aprendí desde niño en la casa, para el mundo exterior —el de mis amigos, el del colegio, y el de la calle— era mi adherencia a las normas de la masculinidad la que determinaba mi valor como persona. Así que aspiraba a un modelo de “varón” fijo y predecible de falsa temeridad y arrechera inclaudicable. Cualquier desviación del rígido referente masculino, ya sea gesto, comentario o gusto, era despreciable y, consecuentemente, inferior.

Así mismo, los hombres nos hemos beneficiado de una cultura y un mundo donde se ha valorado más nuestra experiencia que la de las mujeres o la de cualquier expresión de género ajena a la expresamente masculina. Por eso desde chiquitos se nos repiquetea explícita e implícitamente que, mientras lo masculino es fuerte, racional y estable, la feminidad es debilidad, dependencia y emotividad. Nosotros —quienes cumplimos con los requisitos asignados por nuestros penes— somos el referente a seguir. Y si nos equivocamos, no es nuestra culpa.  

Los exabruptos agresivos  del concejal desnudan una de las caras más desagradables de esta lógica que aceptamos como normal cuando se muestra gentil y decorosa. Cuando -—enfocándonos en el que dirán de la política— hablamos de “bochorno ajeno” y de “caballerosidad”, o de respeto hacia las damas porque “una de ellas podría ser nuestra madre”, apelamos a los conceptos machistas y paternalistas que en su conjunto condicionan la visión masculina prevalente de la mujer como pertenencia o como un ser inferior. Esta situación está latente en las sociedades de muchos países —como Estados Unidos— pero explota cada cierto tiempo cuando hay escándalos como el de la filtración de las de selfies de actrices desnudas. Cuando eso ocurrió, hubo un grupo de machistas —como el columnista del New York Times, Nick Bilton, y el comediante inglés Ricky Gervais— que dijeron: si no quieres que te roben tus fotos en pelotas, no te las tomes. Dicho de otra manera: la culpa es, naturalmente, de las mujeres “por ofrecidas”.

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Ricaurte representa un discurso prevalente, no una excepción. La responsabilidad del patriarcado la cargamos todos quienes nos hemos beneficiado de este privilegio. Esto hay que decirlo con episodios como estos, la otra cara de una misma moneda. Y por eso, si logramos superar la fijación con el mero chisme, la honestidad del turulato testimonio del concejal puede sernos muy útil.

Debemos estar alertas: Ricaurte podemos ser todos.

Bajada

El machismo del concejal es el reflejo de la mayoría de los quiteños [aunque no queramos aceptarlo]